Las delicias patagónicas

Todo ocurre en el extremo sur de la Patagonia, ese paisaje desolado en que abunda el viento y escasea la gente. Lo que engarza allí el director Carlos Sorin son tres episodios muy menudos, pequeños vaivenes de la vida donde un anciano escapa de su casa para ir en busca del perro que ha perdido, mientras un cuarentón que trabaja como viajante de comercio prepara una sorpresa para la viuda que corteja y una madre joven y solitaria concurre a un estudio de televisión aspirando al premio que ofrecen en un programa. Nada supera el nivel de ese anecdotario mínimo, en que las tres historias se mezclan a medida que los personajes se cruzan por el camino y avanzan hacia sus metas.

La primera virtud de la película es el pudor y la levedad con que aplica un tono de comedia de costumbres a su itinerario, porque en las tres historias hay rasgos de humor y de sabrosa observación ambiental, pero hay también una reserva emocional y hasta unas elipsis para eludir lo descriptivo, todo lo cual desemboca en un plano nada alejado del encanto popular, el realismo fragante y hasta el ocasional —y quizás involuntario— lirismo. Es notable el partido que un realizador talentoso y prudente puede extraer de un planteo cuando se niega a resbalar hacia la trascendencia, el tono postizo y la pretensión formal que han hipotecado tantos emprendimientos del cine argentino (y también uruguayo).

La segunda virtud del trabajo de Sorin es la naturalidad que consigue obtener de las situaciones y de la actuación de un elenco casi por completo no profesional, poblado por intérpretes con escasa o nula experiencia previa cuyo rendimiento parece siempre muy aplomado, a veces divertido y por momentos intenso. Eso corre con la debida soltura gracias en parte al libreto de Pablo Solarz, escrito sin retórica alguna, con frases cortas, creíbles y ocurrentes, pero también en parte gracias a la insólita capacidad del director para conducir actores, área en la que consigue el portento de superar cualquier riesgo de inseguridad, exceso o artificio. Particular estima merece en ese plano el viejo Antonio Benedictis, que no sólo es montevideano sino que es un mecánico jubilado, jamás había actuado en cine (o en ningún otro medio) y resulta un intuitivo de poderosa máscara y cabal comprensión del papel. Pero todo el resto del reparto tiene similar nivel, desde Javiera Bravo hasta el porteño Javier Lombardo, que aquí es casi el único ejemplar con carrera previa en teatro y televisión.

La tercera virtud es el compás con que avanza un relato triple que podía correr el peligro de fragmentarse, demorarse o borronearse. En ese ramificado desarrollo, Sorin y su montajista Mohamed Rajid demuestran los beneficios del fino hilado de sus historias, que enhebran como buenos tejedores para que el interés del espectador se mantenga siempre atento a las menudencias que ocurren en todas ellas y a cada paso. Tiene su sesgo de emoción el caso del anciano y su perro, porque allí hay una entrelínea que sólo se conocerá cerca del final y explica el mutismo en que el viajero se mantiene todo el tiempo. Tiene en cambio un colorido satírico el ingreso de la muchacha en televisión, donde la conducta de otras competidoras, el estilo del animador y una regateo final entre dos mujeres exhiben un sabor casi parodial donde se delata el sentido del humor que Sorin sabe agregar a sus otras cualidades. Y tiene por último el sesgo jugoso de la picaresca ese periplo del viajante con una torta de cumpleaños que sufrirá finalmente un destino inesperado.

Casi nada parece sobrar ni faltar en esta propuesta que levanta el ánimo del espectador, no sólo ante el camino de sensatez, de valor humano y de trasluz social que puede tomar un cine rioplatense de hoy, sino aún frente a la solvencia, la discreta maestría y la clave agridulce que pueden jerarquizar una idea. La película sabe obtener un saldo muy apreciable del carácter de sus personajes, esa fauna de la meseta patagónica ubicada a medio camino entre el candor, la sagacidad y la rudeza. Pero además saca visualmente un partido muy revelador del paisaje, cuya desolada inmensidad envuelve como dato ilustrativo el comportamiento de una docena de pobladores que van y vienen entre sorpresas, desengaños y pequeñas gratificaciones, igual que en la vida.

critica | JORGE ABBONDANZA

HISTORIAS MINIMAS

Director. Carlos Sorin.

Libreto. Pablo Solarz.

Fotografía. Hugo Colace.

Montaje. Mohamed Rajid.

Música. Nicolás Sorin.

Elenco. Javier Lombardo, Antonio Benedictis, Javiera Bravo, Laura Vagnoni, Enrique Otranto, Mariela Díaz.

* Argentina 2002.

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