Uno de los tantos trazos reveladores de la identidad esencial de las corrientes totalitarias es el lugar preeminente que ocupa el odio, ya no solo como estrategia sino como una de sus propias vísceras. Por eso se lo cultiva, se lo cuida, con la cotidiana tenacidad del hortelano. Así puede estar en línea de cacería de los adversarios, que siempre los convierte en enemigos.
Es una de sus armas predilectas. Varias son las razones que inspiran esa elección. El odio casi siempre descarga sobre el otro el peso de los propios fracasos y resentimientos, tanto más que lo nutre, inagotable, una cerril intolerancia. Alardea ésta de su soberbia, pero en verdad, está siempre llena de temores. De ahí su empeño por imponerse a mamporros. Algunas veces ese odio se objetiva en un símbolo, que permanentemente lo reavive, otras, en un escenario donde el vilipendio más hiera y a más alcance, o en un eslogan, un mote que lo margine de la condición humana. Esa perversión totalitaria tuvo su expresión más abyecta, más cruel, bajo el nazismo, cuando impuso al judío que exhibiera su condición de tal con "la estrella de seis puntas, recortada en una tela amarilla". Y en el centro con caracteres bien visibles la palabra judío. Lo que muchos, en otras circunstancias hubieran ostentado con orgullo, era ahora cencerro que anunciaba al leproso. Era un llamado para que allí pudiera cebarse la crueldad, engreírse la violencia, dispararse el desprecio y ver de privarlo así de su dignidad humana, para convertirlo en un cadáver moral, en ese caso como la preparada antesala del exterminio físico.
Otras veces el odio busca escenarios donde objetivar la voluntad de aplastar. Ciertos procesos de los regímenes comunistas particularmente bajo la era estaliniana, que no desaparecieron del todo en la Cuba de Fidel, han sido también otras elaboradas formas de escraches. Generalmente esos regímenes se han movido en oscuros corredores para eliminar a sus rivales, que siempre son los que simplemente piensan distinto. Eligen entonces un escenario público, un proceso donde todo está previamente concertado. Bien ajustadas están todas sus piezas, que mil formas tiene el terror para montar la farsa. Hay jueces, acusadores y reos. Son sólo rótulos. Cada uno fingiendo un papel distinto, pero todo en definitiva apunta a una competencia para acumular cuanta infamia es posible contra el reo, quien es, a la vez, uno de los más empeñados en demostrar, que es aún más infame de lo que lo pintan. De lo que se trata es de la muerte moral, que en esos casos ha sido seguido por la física. La muerte moral que el terror y el miedo extendió a quienes fueron sus amigos, y a sus más cercanos familiares.
Otras veces, el odio siempre intolerante, se trasunta en el mote que se hace eslogan. Tiende a marginar de su condición humana al adversario. Son "los gusanos" de que habla el tirano cubano, para referirse a los que se le oponen. Algunos de sus seguidores de allá y de aquí, lo repiten con ejemplar obsecuencia. Su designación invita a aplastarlos.
Nuestros escraches lejos están de aquellas bárbaras expresiones, totalitarias, pero rescatan de ellas el odio, la intolerancia, y el desprecio por el ser humano. Se invoca la justicia, aunque más se aviene con la ley de Lynch. Además, ¿qué tuvo que ver la justicia, con los escraches sistemáticos al Dr. Batalla en su barrio de la Teja, a la directora del liceo del Cerro y a De los Campos ya herido de muerte, para no citar sino algunos ejemplos? No es la justicia, es una mentalidad.
No ha estado demás recordar entonces a aquellos sus lejanos progenitores.
Por Enrique Beltrán