La actividad editorial uruguaya, que es un fenómeno comercial, comete sistemáticamente, un delito cultural y continuado de homicidio: deja de reeditar libros estupendos y de ese modo los condena a muerte sin parar.
Hay excelentes autores desaparecidos por desescritos, según resolución empresarial.
Una gran obra que no está en librería va borrándose del mundo; por eso cada tanto es bueno buscar una pala, cavar contra los años y recuperar un título preferido; explicar de nuevo porqué vale y sigue valiendo.
En nuestros días, cuando presenciamos desastres tan graves como los lamparones de silencio que han cubierto a los fusilamientos en Cuba, consuela ocuparse de un libro valioso que trasmite un ejemplo notable de reciedumbre.
Hace diez años, Ernesto González Bermejo publicó una colección de artículos magistrales; un tomo de 200 páginas editado por Fin de Siglo, que en su momento no tuvo toda la crítica que merecía y que ahora busqué inútilmente. Se quedó sin sostén físico y sólo perdura prendido a la memoria menguante de quienes lo leímos y admiramos en su momento. Bermejo murió poco después de la aparición de su obra ("Cuatro pasos por el mundo") y con el autor se fue la presencia de su texto.
Hay muchos escritores mediocres, cuya actuación en el mundillo culturoso, llama la atención hacia lo malo que escribieron; y esa fama mínima, larga calumnia, se extingue con su sostenedor. Pero no es caso de González Bermejo. Si el paisito suprime su obra sin darle la permanencia que merece, en ese desprecio estará su castigo: las nuevas generaciones se quedarán sin una lectura que por momentos es preciosa y sin la cual la historia reciente se hace más impenetrable.
COMENTE en esta pagina, cuando el lanzamiento:
—"Hace tiempo, años, que no leía un libro uruguayo tan bien escrito. No es poca cosa. Pero hay más que buena escritura, en "Cuatro pasos por el mundo". El volumen se compone de 25 reportajes, —uno de los cuales es una obra maestra— y la relectura me afirma en lo que dije.
En "Huayanay", González Bermejo cuenta un viaje a la justicia remota, en Perú, internándose en la Cordillera hasta un lugar que no es de este mundo: un suburbio del imperio inca que sobrevive todavía.
El artículo explica poco esa rareza y se limita a elegir hechos. Aparece entonces a trasluz (y sin que nadie lo haya nombrado) el fénix Lope de Vega con su "Fuenteovejuna".
—¿Quién mató al comendador?
—Fuenteovejuna...
—¿Quién mató? —así pregunta un fiscal de verdad, un recién llegado que estudió en Lima, —con cuello y corbata— y los hechos remotos contestan desde el fondo prehistórico:
—"No fuimos nosotros, no fueron ellos, no fui yo, no fue ninguno. Lo mató la "Ushanan Jampi" (la justicia que hace justicia, la comunidad). "Los que fueron, no fue ninguno de ellos".
—¿Cómo? - piensa el fiscal, desconcertado.
González Bermejo no describe ni aclara. Deja suceder y atiende a la realidad; es un clásico. El juicio entero de ese homicidio es un acto vivo.
Se requiere mucha literatura de la buena, para comprimir un drama desaforado en siete páginas y transformarlo en "sucedido que se ve", como si uno hubiera estado; o más (más patente). El pueblo que vive en una cultura impenetrable para nosotros, hizo justicia según dispone la tradición milenaria.
Los maestros enseñaban en la Facultad de Humanidades: La buena narrativa no alude, presenta. Homero elige y traba, compone, hace orquestaciones, pero los hechos son ellos mismos y están ahí transparentes, "sucediendo cada vez que se lee", así decía Paco Espínola. "Cuando el Dios baja a la isla de Calipso, echa una mirada a todo alrededor, que ni Dios la echa" - agregaba en su estilo fingidamente apaisanado.
Ni los diarios noticieros, ni la historia, ni aún los ramalazos de la música andina, consiguen trasmitir con tanta verdad, lo de adentro de adentro del Perú; tan desolado y tan fuerte, con tanto hedor a cosa inca. González Bermejo elige y traba homéricamente.
No exagero cuando digo que este relato debiera figurar como ejemplo de maestría en los cursos de "Ciencias de la comunicación". Cumple decenas de funciones periodísticas (!) en muy poco espacio.
Y no baja la excelencia de la escritura en los otros artículos (cuando el reportero habla con Fidel Castro, Picasso, García Márquez, el Che Guevara, Atahualpa Yupanqui, Juan Rulfo, Jomeini, Stalin, Naná, Omar Cabezas, Salvador Allende). Aunque no siempre la presencia de esta gente fuera de lo común, alcance la épica de los cholos de Huayanay.
HABLO DEL 45 Y DEL 60. Me asombró a lo largo de la lectura de estas 200 páginas, mi reacción inesperada. Iba reconociendo al prototipo uruguayo de la década de los 60: un duro de la camada de los duros, que son todos iguales y algunos más iguales que otros; y veía perfilarse un auténtico profesional que además de escribir ejercía la furibundia; tan compatriota y tan foráneo como todo eso. Pero no sentía rechazo ni me aburría; pensaba, con cierto horror metafísico, estos son los que ocuparon el mundo después de nosotros.
Es inquietante verse póstero de uno mismo. Pero no duele. Y si se aguanta el primer cimbronazo, el contraste en vez de agobiar, duplica. Entusiasma sobrevivir y ser otro sin haber cambiado; porque el tiempo cambió.
Me resultó bueno mirar la generación del 45 hundida en el pasado, a distancia histórica de mi mismo. Un ángulo de cámara, una panorámica y allá lejos y hace tiempo: nosotros vistos a través de un parricida de acción directa.
Claro, para leerlo bien (para darle el adelanto de atención que todo libro necesita) ayuda mucho que el amante de la utopía llegue cansado de la violencia y se haya sentado a escribir.
Aquí, uruguayos de varios colores, bien podemos comprender (ahora) que este hombre haya estado decidido; fue un raro y ahora es un ex-portador de la revolución; se presenta, lo miramos y trae la guerra en la mano, pero colgando como un trapo.
La muerte de las pretensiones del otro, inclina a escucharlo. Se bajó de la soberbia, echó pie a tierra y ya no cree que es dueño de toda la razón científicamente concebida (y con contestaciones prontas, amartilladas para pulverizar cualquier objeción).
Al verlo así, humanizado, nosotros por reciprocidad, empezamos a darle atención y adelantamos el crédito necesario para que cada relato se realice.
—Diga, que yo escucho - y las cartas de triunfo de la izquierda piafante (aun la mas ultra) y la exaltación de sus mitos, y la unción de sus acólitos y la sacralización de sus ídolos y la "biblia" que los inflamó y aun las detonaciones del convencimiento, todo cobra un brillo satinado, conmovedor. Nadie es enemigo de algo que ya no amenaza. Y, además: ¿Quién que ejerza la inteligencia, no está redondo de darse vueltas, después de 1989?
Al marxismo no lo derrotaron los antimarxistas, lo derrotó la realidad; y esa está ahí, existe por igual para todos, para marxistas y para no marxistas. Los que pelean aún ahora contra el marxismo, pelean contra fantasmas (seres que perdieron la posibilidad de ser reales).
"Cuatro pasos por el mundo" formó parte de un arsenal; tal vez cada una de sus partes, cada reportaje, fue pensado en medio del fragor de matar por la causa, o morir por ella. Pero el tiempo y la nobleza de los materiales (el arte de escribir) y las noticias definitivas del este de Europa (los años 90 que hemos vivido y el nuevo siglo) licuaron el fuego y el humo y las cosas intencionales dejaron de ser inmediatas, se hicieron históricas y ya no reclutan guerrilleros, funcionan como una máquina de efectos calculados; se hicieron arte. Varió pues la intención, sin variar la letra. El futuro modificó el pasado, que como se sabe es imprevisible.
El tango de Antonio Machado dice: "Te enviaré mi canción:/ Se canta lo que se pierde/ con un papagayo verde/ que la diga en tu balcón". La década brava, por perdida, empieza a hacerse literatura.
En este rehacer ahora (desde más allá de la esperanza que ellos tuvieron) aquel estallido bélico desbaratado, suena a réquiem y toca no se qué instrumento interior, nada plañidero, pero removedor.
STALIN Y LA GUERRA FRIA. En Gori, el pueblo donde nació Stalin, González Bermejo se detiene ante "su estatua, la última de la Unión Soviética" y cuenta:
—"En el Congreso de los vencedores de 1934, Serge Kirov había obtenido la mayoría para ser designado Secretario General del Partido Comunista Soviético. Stalin mandó matar filas enteras de congresales (la guardia de oro comunista) hasta volcar la votación a su favor. Después mandó atropellar a Kirov con un automóvil. Y después hizo matar al chofer del automóvil.
Eso lo supe en 1966.
¿Por qué lo escribo recién ahora, 26 años después? Mi silencio fue cómplice como lo fue, y mucho más, el de los dirigentes comunistas uruguayos, igualmente enterados, mejor enterados que yo.
La trampa en que caí fue la misma en que cayeron, de buena fe, muchos socialistas y comunistas en el mundo: frente al imperialismo, frente al capitalismo rapaz, la única esperanza de la humanidad venía del socialismo. Había que callar mucho de aquello que pudiera debilitar esa esperanza, considerarlo ante los demás —y en lo posible, ante uno mismo— como "desviaciones inevitables" y enmendables. Denunciarlas era "hacerle el juego a la derecha"; todo era de "buena guerra" para preservar la virginidad de la utopía.
En este malabarismo incurrimos muchos bienintencionados, incluso algunos que ahora no vinieron al velorio del "socialismo real" y nos dejan a los demás la penosa tarea de enterrarlo. Que así sea. Este también es mi muerto.
COMENTO: En su momento escribí sobre González Bermejo: "No puedo no admirar a un hombre capaz de escribir así".
Ahora redoblo el sentimiento cuando presencio aquí y ahora la actitud de no denunciar lo inadmisible en Cuba porque sería "hacerle el juego a la derecha", como si todo fuera de "buena guerra para preservar la virginidad de la utopía". ¿Qué guerra se puede hacer ahora, a partir de Cuba, en el mundo atroz que impone EE.UU., que cuenta con todo el poder? ¿Qué utopía quieren defender a propósito de un fracaso sin levante y un régimen que mata por que está a punto de morir? Silenciar los atentados contra los derechos humanos y contra la vida que se producen en Cuba, es callar demasiado. Empeora a nuestra gente. Naturaliza lo que más repudiamos.
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* Ernesto González Bermejo, "4 pasos por el mundo", 202 págs. Ed. Fin de siglo. Montevideo, 1992