La antesala del Carnaval del 2003 tuvo como epicentro un nuevo enfrentamiento entre importantes dirigentes sectoriales de nuestros partidos históricos. Como si estuviéramos en franca campaña electoral y en un país que vive sin mayores dificultades, nuestra ciudadanía asistió a una sumatoria de reproches protagonizados por conspicuos dirigentes que nadie puede negar tanto su trayectoria como su incidencia en el accionar público.
Mientras por un lado no se quería participar de una reunión de coordinación convocada por el otro, se acusaba a la otra parte de tener poca legitimidad interna a la hora de realizar determinadas afirmaciones. Todos los titulares periodísticos hacían hincapié en estos enfrentamientos y analizaban con preocupación el futuro.
Mientras tanto los uruguayos seguían con su día a día. Unos evaluaban cuándo cosecharían su girasol, otros calculaban cuándo hacer reposición de su rodeo frente a las buenas perspectivas sectoriales de la carne. Pero muchos compatriotas vivían la angustia de tener que optar ante las diferentes posibilidades educativas para sus hijos y otros hacían malabares para presentar de la mejor forma su currículum que le permita acceder a los escasos puestos de trabajo. Y ni qué hablar, por supuesto, que también existían aquellos miles y miles de compatriotas que los desespera la sobrevivencia cotidiana y otros, los más jóvenes, que se encontraban en la fila de la oficina del pasaporte.
Sin dudas que en los lugares donde se toman decisiones trascendentes, enfrentamientos de esta naturaleza fueron atendidos con especial preocupación y alejaron por el momento cualquier inversión en un país que, estando en cenizas, comienza una repentina y prematura campaña electoral.
Todas las críticas hacia el sistema se vieron abonadas y consecuentemente no faltan quienes aprovechen estas querellas para poner en tela de juicio la legitimidad de la democracia para enfrentar un momento como el que se vive, generalizando estas actitudes al resto de los integrantes de esas colectividades políticas.
Las crisis no se solucionan con inercias políticas como esas, menos aun en un panorama acuciante de fragilidad en el que nos encontramos. Aunque para algunos el almanaque electoral empiece a acuciar, la única manera de poder recomponer las certidumbres más elementales, es propiciando un clima que estimule al sector privado a poder arriesgarse nuevamente. Va de suyo que ese clima, debe conllevar a que los principales actores políticos sean previsibles y razonables, permanentemente dispuestos a buscar entendimientos.
Si reclamamos con razón soluciones para las deudas, transparencia en los procedimientos, eficiencia en los destinos de nuestros tributos y una mayor justicia a la hora de pedirle un esfuerzo a nuestros compatriotas, es obvio que nuestras actitudes deben acompañar estas peticiones.
Somos conscientes de lo que significa un año preelectoral, máxime teniendo en cuenta lo difícil que será la futura elección, donde el desgano y la apatía reinan en la mayoría de la población, pero aprovechemos las no pocas oportunidades que tenemos en este 2003, para que con trabajo y capacidad de entendimiento, se evite a toda costa ingresar en una retórica permanente que adelante la tradicional paralización que acompaña a los gobiernos durante las campañas electorales.
Actitudes como las referidas profundizan la devaluación de la política ante los ojos de la ciudadanía. Subestimar esa realidad es ofender la inteligencia de nuestros ciudadanos, a no asustarse si después la gente reacciona.