CONSULTORA SERAGRO
En efecto, el año pasado se sembró muy poco y muy mal, y sólo una gran primavera, seguida de un mejor verano, permitieron ocultar los riesgos crecientes que ahora se vislumbran. Podría pensarse que así como la agricultura resolvió (mal que bien) sus necesidades de fondos, igualmente podría resolverse el tema forrajero.
La financiación de los cultivos comerciales (cereales u oleaginosos), no se parece en nada a la de los cultivos forrajeros permanentes, como las praderas o mejoramientos extensivos, dado que éstos habrán de brindar su producción en períodos extensos. Una pradera se siembra en otoño, por lo que la preparación de tierras se debería estar llevando a cabo en estos momentos, no más tarde. Si todo anda bien, los primeros pastoreos podrían lograrse a fines del invierno, si el piso lo permite. Por lo menos hasta la primera semillazón, la pradera requiere de cuidados que impiden cosechar totalmente la oferta de forraje inicial; en este primer año se juega la correcta implantación de las especies permanentes, lo que habrá de determinar el tiempo de vida de la pastura.
En nuestro país, con la agresividad que tienen las malezas, y las variaciones de los rigores del clima, las praderas no duran más de 3 o 4 años; no se les debe llamar "permanentes", porque no lo son. En Nueva Zelanda, que fue la guía que utilizaron los pioneros en la introducción de la tecnología de praderas (leguminosas y fósforo), las pasturas duran decenios, y algunos tréboles brotan espontáneamente, en un ciclo de renovación y crecimiento de los volúmenes y de la calidad del forraje de largo plazo. Pero en las condiciones de clima y suelo del Uruguay, este sistema no perdura, y la importante inversión que implica, debe amortizarse en períodos relativamente breves. Como, entre nosotros, la siembra de praderas está frecuentemente asociada a cultivos comerciales, los beneficios del sistema de rotaciones agrícola—ganadero deben evaluarse conjuntamente, porque se influencian recíprocamente en forma positiva.
Los cultivos permiten ayudar a amortizar los costos de implantación de la pradera, y ésta aporta fertilidad al suelo para favorecer las siguientes siembras que se realicen en esa chacra. Desde el punto de vista financiero, el productor diversifica su fuente de ingresos, quedando menos expuesto a los avatares del clima o de los mercados, que se alternan frecuentemente, en uno u otro rubro.
IMPACTO. La lechería uruguaya, el rubro más exitoso del ámbito agropecuario en cuanto a los aumentos de productividad a largo plazo (triplicó sus volúmenes y mejoró sustancialmente la calidad del producto a lo largo de 25 años), es hija de las praderas. La difusión generalizada de las praderas con leguminosas en la cuenca lechera, a lo largo de la década de los 70, permitió iniciar un camino de crecimiento sostenido que continuó hasta el presente (ahora, justamente, los problemas financieros de los tambos han frenado esa línea).
Del mismo modo, pero con un atraso de dos décadas, en la década de los 90, la ganadería de carne adoptó masivamente la tecnología de praderas con leguminosas. Se concentró básicamente en la fase de invernada, mayoritariamente sobre los buenos campos agrícolas del litoral, aunque también sobre rastrojos de arroz, en suelos pobres de baja productividad anterior. Pero no se trata exclusivamente de estas zonas de mayor tecnificación, sino que con mayor o menor extensión, todas las zonas ganaderas del país adoptaron en alguna medida esta tecnología.
La introducción de las praderas permitió modificar sustancialmente la calidad y el volumen de la oferta de ganado a frigorífico y constituyen, para la carne, el correlato de lo que ocurrió con la leche.
La faena actual, si se superan finalmente los aspectos sanitarios, se estabilizará en niveles superiores a las dos millones de cabezas anuales, un valor significativamente superior a la extracción tradicional, que sólo en años de liquidación catastrófica de los stocks, se acercaba a esos guarismos.
Los cambios en la composición de la faena, en el sentido de aumentar la participación de categorías jóvenes en la misma, permite obtener un producto de mejor calidad y aceptación en los mercados exigentes. Un animal joven, de buena conformación y bien terminado, aporta carne más tierna, con menor porcentaje de rechazo por pH (cortes oscuros), de mejor color (de carne y de grasa), y en general mejor aspecto que la de animales viejos. Asimismo, ofrece un mayor porcentaje de cortes valiosos en relación al peso de la carcasa, dado que con los años, los animales van cargándose de peso en el delantero (cogote, pecho, paleta), en desmedro del trasero (bife, cuadril, cortes de la rueda, etc.).
Hace apenas una década, los novillos añosos, de boca llena, representaban el 80% de la faena, actualmente están reducidos al 40%: el resto son animales jóvenes, con una clara mayoría de 4 dientes, en torno a los dos años y medio de edad.
Si bien ha sido la fase de invernada la que adoptó mayoritariamente la tecnología de praderas, también la cría, estimulada por la demanda (la faena aumenta y requiere de animales de reposición), y por las buenas perspectivas que se le presentan al sector ganadero en el futuro próximo, ha incorporado una serie de mejoras, en las que cabe destacar al lotus El Rincón, como el gran protagonista.
Pero para sostener el ritmo de crecimiento, y aún para conservar lo que se adelantó, se requiere mantener un alto nivel de inversión en pasturas: en fertilizantes y en semillas; y eso implica abultadas sumas que hay que disponer hoy, para que rindan sus beneficios a lo largo de tres o cuatro años.
PLAZOS Y MECANISMOS. A diferencia de la agricultura comercial, que consiguió captar fondos de fuera del circuito bancario, para sembrar en esta campaña que por suerte pinta favorable, la siembra de pasturas encuentra dificultades adicionales para ello.
Una cosa es para un proveedor adelantar fertilizante o semilla en octubre o noviembre, para cobrarse con la cosecha de girasol, por ejemplo, en marzo o abril, utilizando en su garantía los escasos mecanismos jurídicos disponibles (como la prenda de cosecha futura); y otra muy distinta es prestarle a un ganadero fertilizante y semilla que rendirán sus frutos en plazos mucho más dilatados e indefinidos. Sin embargo, la inversión en el negocio ganadero aparece no sólo como más segura, sino (en esta oportunidad, al menos) igualmente rentable que la colocación en agricultura. Hasta ahora, la captación de fondos por parte de la ganadería ha sido exclusivamente para negocios con animales —capitalizaciones, principalmente—; pero ahora se necesita producir la comida para obtener la producción de esos animales. Y ahí surge la necesidad de financiamiento, ahora más que nunca.
Con el sistema financiero fuera de batalla, el crédito rural que en estos años sobraba, ha desaparecido y no se le ve en el horizonte. La canalización de inversiones a través de escritorios rurales apunta más al corto plazo, y se muestra insuficiente para desatar este nudo.
Faltan los instrumentos jurídicos y contables, el conocimiento del sector, la confianza en los agentes; lo único que está a la vista es el negocio: hay que apelar entonces a la imaginación.