La obligatoria interpretación de este título se bifurca en dos orientaciones. Ante la desaparición física del Dr. Washington Beltrán, se pone de pie la República entera para rendir homenaje a uno de sus hijos predilectos, pero también la emoción invade a nuestra casa, que pierde una parte trascendente de su alma forjada con el aporte de aquel joven a quien conoció por siete décadas, y que desde sus primeras notas anónimas culminara en la Dirección del diario, con las interrupciones obligadas por las exigencias de su trayectoria pública, desde hace cuarenta y dos años.
Con Washington Beltrán se va el primero en jerarquía y uno de los últimos referentes de una época formidable del periodismo nacional. Su trayectoria en el doble plano en que fue un gigante —el político y el periodístico— se resume en las tres palabras con que titulara su primer libro de recopilación de algunos de sus memorables editoriales: "mandato, tinta y pasión". Mandato de cumplir con el deber de continuar la línea de acción de su padre, co fundador de "El País", conjuntamente con Leonel Aguirre y Eduardo Rodríguez Larreta y joven político nacionalista de relevantes condiciones inmolado en el campo del honor cuando tenía todo para darle a la Patria. El hijo tomó entonces la bandera obsesionado por el designio de continuar con aquella misión para él sagrada, y consiguió el milagro de extender la sobrevivencia de su mandante a lo largo de todo el siglo pasado. Washington Beltrán hijo en ese sentido se ha ido con la conciencia tranquila de haber encarnado en la tierra el alma de quien desde el cielo le marcara el rumbo, y que hoy le recibe con alborozo, haciéndole un lugar en la misma nube desde la cual nos contempla y nos guía a partir del 2 de abril de 1920.
Tinta, porque nació y murió periodista. Pasión, por el fuego del sentimiento con que ejerció sus dos vocaciones. En una mano, la pluma, en la otra, la espada. La primera para orientar a la opinión pública, y la segunda para luchar en la guerra política, al servicio de su Partido Nacional, que lo llevó a las posiciones de mayor encumbramiento que siempre desempeñó con lucidez, con altura, con admirable elegancia, y con insobornable honradez reflejada en todo momento en la lealtad a sus convicciones. Así, fue haciendo la carrera de los honores desde la Cámara de Representantes a la de Senadores, y de allí al Consejo Nacional de Gobierno, cuya presidencia ejerció entre 1965 y 66, con el rango representativo del Presidente de la República. Luego, el retorno al Senado donde le tocara vivir al final de su tarea legislativa, los momentos dramáticos que precedieran la larga noche de la dictadura. Y marcó presencia desde su banca antes, y desde sus editoriales después, sin que se le conociera el más mínimo de los renunciamientos a sus principios, y lo que más conmoviera, por las severas condiciones del momento, a su altivez para hacer tronar su voz de acuerdo a lo que su conciencia le dictaba.
Washington Beltrán trascendió a las fronteras partidarias, pero el Partido Nacional le debe el más grande de los servicios que un militante pudo prestarle, cuando desde su Reconstrucción Blanca fuera el artífice de la unidad definitiva de la colectividad, empujándola a la memorable victoria de 1958. Y quienes lo conocieron de cerca pueden acreditar que desde entonces y hasta ahora, el más caro de sus desvelos fue el de preservar esa unidad conseguida luego de tantos esfuerzos después de un cuarto de siglo de fractura, llegando a disimular incluso estados de ánimo y sentimientos de reprobación que pudieron animarle como testigo de la evolución de la actividad partidaria, para no dar motivo a fisuras y desentendimientos sectoriales.
Ayer, Washington Beltrán entró en la Historia, en la Historia con mayúscula de este bendito Uruguay. Se fue como Cyrano de Bergerac, con el orgullo que da el poder de decir en sus últimas palabras que "quédame una cosa que arrancarme no podréis. El fango del deshonor, jamás llegó a mancillarla, y hoy en el cielo al dejarla a las plantas del Señor, he de decir sin empacho que ajeno a toda vileza fue dechado de pureza siempre, y es... es mi penacho".
Una vida plena de compromiso, tinta y pasión
Washington Beltrán supo en su vida de compromisos difíciles en horas dramáticas. Conoció de la renuncia personal como actitud para mantener principios superiores y cosechó también el fruto sabroso del deber cumplido a lo largo de su extensa trayectoria.
Dos momentos de su vida sirven como ejemplo. Su renuncia como diputado en el año 1954, cuando su compromiso político era lograr la unidad de un Partido Nacional hasta entonces dividido. Electo por el Nacionalismo Independiente, Beltrán impulsó la reunión de los blancos y -ante un pronunciamiento contrario dentro de su Lema— mantuvo su decisión y abdicó de la banca que había conquistado.
El aporte de Washington Beltrán en esa hora es reconocido en forma unánime como elemento fundamental de un camino que llevaría a su colectividad política a la conquista del gobierno en 1958.
Uruguay viviría, una década después, momentos de mayor emergencia y también frente a ellos, Beltrán, lejos de rehuir los compromisos, se levantó como una voz de alerta ante una ruptura institucional que avizoraba.
El País reproduce a continuación, dos editoriales que dejan evidente su talla de estadista, de demócrata y de hombre libre. Uno, del 10 de febrero de 1973, en que clama por la reacción del mundo político ante la crisis que se avecinaba. Otro, escrito en noviembre de 1984, cuando el país reanudaba su vida institucional.
¡La dictadura se va!
Montevideo, domingo 18 de noviembre de 1984
O hay todavía transferencia de poder. Ni siquiera han sido electos quienes van a ser sus futuros titulares. Pero ya, con el ensanchado respiro de quien ha soportado una pesadilla, podemos anunciar el despertar que nos libera del torturante ensueño.
Ahí está, bien próximo, el 25 de noviembre. Ahí está en la calle, enfervorizado y combatiente, un pueblo que tiene en sus manos la tarea de forjar su destino, empresa que nada podrá entorpecer.
¡La dictadura se va! Siempre hemos afirmado que la imperfección del hombre, impide que sus actos, por antagónicos que sean los caminos que los inspiran, constituyan la suma de lo bueno se erijan en la acumulación de lo peor. Siempre de un lado se hallará motivo para algún tizne, y siempre del otro, un rasgo positivo.
Cuéntase que los antiguos persas, cuando fallecía el soberano reinante, dejaban que durante los cinco días siguientes existiera en el reino la más completa anarquía, con el propósito de que los desbordes, latrocinios y asesinatos sin límites, que se desencadenarían, constituyeran un inolvidable antecedente, para que los ciudadanos se sintieran más obligados a guardar fidelidad a su nuevo monarca.
Hacemos la cita, para extraer de ella su verdadera lección. Que no es la de excitar la adhesión hacia fórmulas o métodos inconciliables en absoluto con nuestra filosofía, sino la de subrayar la fuerza de las reacciones frente a la recia pero esclarecedora enseñanza de la experiencia. A veces los argumentos se estrellan contra la ignorancia o la razón no puede doblegar la testarudez. En mentes con visión deformada por estas causas, o por particular conformación mental, sólo el garrotazo de los hechos les hace crear conciencia sobre su error.
¡Cuántas veces en plena, vigencia de nuestra democracia, ante los asedios económicos, las agitaciones sociales, frente a las reales o supuestas irregularidades en la administración del Estado, o las duras confrontaciones políticas, hemos tenido que soportar la necedad de las frases que reclamaban el imperio del despotismo, o el ascenso de la fuerza sobre la ruina de las instituciones democráticas! ¿Y podemos desconocer que el doloroso estigma del golpe de junio de 1973 se consolidó sobre el indiferentismo, ciudadano, cuando no, sobre la complacencia jubilosa de tantos?
Al decir esto, no aportamos causales legitimadoras, o por lo menos, con proyección atenuante, sobre un episodio que no tuvo nada, que no tendrá nada, ante el juicio histórico, que lo exculpe.
Pero pese a lo que significó este período, siguiente la ley de la imperfección que apuntáramos, podemos expresar que algo favorable ha dejado. Puede que lo sufrido no enseñe nada a los pocos, poquísimos formados en la escuela de servilismo similar a la de los que, cuando Fernando VII, volviendo del exilio napoleónico, reingresó a Madrid, liberaban del yugo a los caballos del carruaje que en él iba, para tomar las varas, y seguir tirando, al grito de "vivan las cadenas". Pero lo que se padeció en estos diez largos, larguísimos años, tiene que haber atacado, y a fondo, la frigidez de los incrédulos, la laxitud de los apáticos, la molicie de los cómodos, la óptica de los confusos, para arrancar hasta el último vestigio de una esperanza en cualquier solución de fuerza y encender el fuego de una determinación de hierro. La experiencia del caos, en el pasado enseñaba. La experiencia de la dictadura, hoy, no deja ojos ciegos.
¡La dictadura se va! Reconocemos que salvo la insuperable torpeza y la inconcebible arbitrariedad del caso Wilson Ferreira Aldunate, ha habido un proceso de lucha electoral en estas últimas semanas, en el que se abrieron las compuertas para, con alguna excepción, se produjera el franco choque de las ideas, la crítica amplia, las movilizaciones no entorpecidas; para que los medios de expresión, con libertad, opinaran, polemizaran y enjuiciaran. No admitirlo, sería exhibir un negativismo censor que no está en nuestros hábitos.
¡Pero se va! Incluso, con la cabal comprensión de sus gestores, que las vocaciones y las aptitudes mandan, lo que les ha de explicar uno de los por qué del insuperable fracaso con que cierran su gestión, y además con plena conciencia, del juicio unánime adverso que los acompaña en la hora del alejamiento.
¡La dictadura se va! Y empieza el reintegro a la democracia, que tendrá su primera vital expresión en los comicios del 25, que deben constituirse en abrumadora y categórica manifestación de un pueblo que nació libre, que vivió libre, y al que si un día se le cercenaron los derechos, está decidido a que nunca más ello ocurra, a que nunca más se encarame la prepotencia, se engrille la libertad, se encarnezca la justicia, se comprometan los horizontes de ventura que reclama.
Que nunca más vuelva una dictadura. Y para afirmar ese compromiso, comencemos por no votar a aquellos que sabemos que si un día llegan a triunfar resucitarán, multiplicado, el despotismo que hoy se retira, y que en sus manos se perpetuará. Sin término.
Que nunca más vuelva una dictadura. Y como prenda de un maravilloso destino que no demandará ni reclinatorios ni espinazos de goma, votemos por quienes encarnan, en sus ideales, el antagonismo a las tiranías. Y nosotros queremos y reclamamos ese voto para el Partido Nacional, cuyas divergencias que en grado mayor o menor no se distancian de las que exhiben otras colectividades, no alcanzan tampoco a romper esa unidad que está por encima de la variedad de las plataformas, porque se asienta en conductas que la avalan a través del programa que traza su historia, con su devoción inalterable por la libertad, con su empeñado sentido de la dignidad, con su encarnizada defensa del terruño y los valores que lo exaltan, y con su visión humanista, que toma al hombre integral como meta y fin de sus luchas.
¡La dictadura se va! Que nunca más vuelva. El juramento que en cumplimiento de nuestro deber cívico hagamos el próximo domingo, al depositar el sufragio, hermanados, los uruguayos, volveremos a renovarlo el 1º de marzo de 1985.
WASHINGTON BELTRAN
Ante los acontecimientos
Las horas de eclipse, más que las jornadas radiosas, obligan a levantarse sobre los límites partidarios para mirar al país.
Esta, es una de esas horas. Lo que no significa olvidar o prescindir, en los protagonistas de los sucesos, de antecedentes que, por reiterados, obligan, en esa visión nacional a una determinada conducta.
Integramos el Partido Nacional, que es el Partido de la legalidad y el derecho. Que tuvo su bautismo de sangre hace casi siglo y medio con escuadrones que lucharon por él, ciñendo en la frente una blanca divisa en la que, inscripta estaba una leyenda que era rotunda definición y eterno juramento: "Defensores de las Leyes". Veinte años después, el gobierno de Juan Francisco Giró, pieza decisiva en el avance progresista del país, se incrustó graníticamente en la historia de la República. Bernardo P. Berro, el presidente de dimensión ejemplar y Leandro Gómez, el mártir de estatura continental, señalan el rumbo de la investidura popular que no aceptó ser mancillada, y de una Nación que rechazó tutores. Francisco Lavandeira, desplomándose en el atrio de la Matriz, es el holocausto de una vida que pasa a integrar el santuario de una colectividad, porque fue jalón e hito en la construcción de nuestra libertad cívica. Saravia, con su lema "Por la Patria", irguiéndose para reclamar respeto a la voluntad popular, es mandato de democracia.
Esa es la tradición partidaria. Esa es la tradición de EL PAIS, sobre el que nunca puede haber dudas, en estas contingencias, en qué trinchera se parapeta. ¿Dónde está la legalidad, dónde el respeto al orden jurídico? Allí... Pues allí está EL PAIS.
Podrán encontrarse contradicciones —¡y evidentes!— en nuestra prédica. Y errores, —quizás numerosos—, en nuestros rumbos. Pero ni de las primeras puede imputársenos, ni de los segundos señalársenos, cuando lo comprometido es ese estilo vital del uruguayo, que enfrenta y resuelve sus problemas, sin defecciones en la causa del derecho.
Y hoy la República, con el Partido Nacional recogiendo ese legado, no viviría las actuales horas de zozobra. Porque ni agitación subversiva ni un Presidente, honesto ciudadano, pero ausente en los encontronazos políticos ni bayonetas ni fusiles, podrían crear factores irritativos si estuviera presente el Partido Nacional. Que no lo está. La declaración del Directorio, que publicamos en otro lugar, por conceptualmente clara que sea en muchos aspectos, no es la traducción militante y dinámica de una colectividad unida, monolítica y enterizamente unida alrededor de una franca línea política.
No admitimos soluciones contrarias a la democracia, a la democracia auténtica, que es libertad, que es derecho, que es coordinación respetuosa de Poderes, que es responsabilidad. ¿Que hay que combatir la corrupción, que hay que denunciar inconductas, que hay que prestigiar la democracia con procederes y actitudes? Claro, y en ese terreno nos movemos con comodidad. Aunque hay que ir más allá, que es burla la declaración de libertad política si no se apoya en un fuerte sustento económico. Que hay que comprender que nada mueve más intensamente a la rebeldía, que la injusticia. Pero dentro de los carriles legales. La democracia, con todo lo que ella significa, sirve o no sirve. No valen cataplasma ni analgésicos. O sirve, pero entonces se respetan las leyes del juego y rige a todos sus efectos, sin pausas ni interregnos. O no sirve, y entonces, un camino. Por lo menos, el negativo: acabar con ella. Lo que no vale es el intermedio; proclamar su validez, pero imponer su parálisis momentánea.
Afirmar la vigencia democrática, y surge de lo apuntado, no significa, sin embargo, sostener un criterio de estabilidad y conformismo. La democracia es dinámica y no puede ignorar realidades que apuntan, crecen y se consolidan. Realidades que no son uruguayas, solamente. Se inscriben en el panorama americano. Son lugares comunes en el ámbito mundial. No cuenta más el viejo concepto de las fuerzas armadas en los cuarteles. Están presentes, deben estar presentes como otros sectores, en la solución de la problemática nacional. Sin que ni ellas ni otros se atribuyan el patrimonio de determinadas virtudes. ¡Que estamos seguros, con las consabidas excepciones derivadas de la debilidad humana, integran, todas el acervo común!
Volvemos al principio. Son horas de tinieblas. Vivimos horas de tinieblas. Y no habrá cono de luz, si no se reconocen estas realidades. Y si sobre todo no se arranca del principio que nada iguala, protege y ampara más que el imperio majestuoso de la ley. De esa ley que el más alto juramento ciudadano obliga a su respeto inalterable.
WASHINGTON BELTRAN