PUNTA DEL ESTE |
MIGUEL ALVAREZ MONTERO
y MIGUEL MUTO
Para los asiduos concurrentes a cualquier balneario no hay desgarramiento mayor que ver naufragar viejos edificios tradicionales o firmas que hicieron historia, sobre todo si ellas los acompañaron desde sus primeros veraneos. En Punta del Este no hay veterano que no recuerde todavía con nostalgia y dolor las desapariciones de "El mejillón" a la entrada de la península o "Catarí" en pleno Gorlero, la característica estación de nafta entre las paradas 1 y 2 o el magnífico edificio La Cigale. Habían sido parte presuntamente indisoluble de la raíz puntaesteña y, sin embargo, cayeron, a veces por la manida piqueta del progreso y otras por una coyuntura económica que las convirtió en desfavorables a la explotación.
Otro "gigante" cayó este año: un cartel de madera gris, desgastado por la acción del aire y la sal, permite leer todavía la inscripción "Mariskonea restaurante". Detrás del mismo no se ve más que un edificio cerrado, con sus ventanas tapadas por mamparas. Quien quiera escudriñar a través de los vidrios descubrirá en su interior unas cuantas sillas amontonadas y retazos de una alfombra que, en tiempos de gloria, pisó una distinguida clientela. Quien se anime, todavía, a dar la vuelta por la calle de atrás, del lado del mar, se encontrará con un gran pozo sin agua donde se aprecian los restos de lo que fuera un vivero de mariscos que en sus buenos tiempos supo proveer al restaurante de exquisitos manjares.
Lamentablemente, "Mariskonea" no abrió este año sus puertas. Desaparece así lo que no hay pudor en señalar como el restaurante de más tradición de Punta del Este, con más de medio siglo de existencia. Fue un "grande" de la península, un hito en gastronomía de calidad, un lugar frecuentado por ilustres visitantes del balneario, cuyo nombre fue un mojón en buena parte de la historia de Punta del Este en el siglo pasado.
LOS ITURRIA. Su historia comienza con la llegada al Uruguay del vasco Asencio Iturria y su esposa Manuela, en 1918, en calidad de inmigrantes. Eran tiempos en que nuestro país prometía a los españoles una suerte de futuro con posibilidades de abundancias que parecían imposibles para las provincias vascas, una ironía vista desde el presente.
Iturria y Manuela consiguieron un primer empleo en el "Yacht Club" como cocineros, comenzando a poner en práctica los conocimientos que, acaso todavía sin proponérselo comercialmente, habían adquirido en su sitio natal sobre los platos de mariscos y pescados.
Pero tenaces como su condición de vascos mandaba y atentos a cumplir con el sueño del progreso que vinieron a buscar, no demoraron en encontrar la posibilidad de abrir su propio negocio gastronómico en base a esos mismos frutos del mar que comenzaban a preparar como nadie en el naciente balneario.
Fue en 1944 que el matrimonio Iturria fundó "Mariskonea" en la que hoy es la calle 26. Y nada demoró el restaurante en convertirse en sitio elegido por las personalidades más distinguidas de la sociedad rioplatense, que supieron apreciar la calidad de los platos que, en materia de frutos del mar, fueron los más selectos que la gastronomía uruguaya recuerda.
"Mariskonea" sólo tenía 78 asientos y a pesar de la demanda jamás se quiso ampliar el comedor. Y de todas maneras, los que sabían de su excepcional oferta eran capaces de esperar hasta más de dos horas para cenar allí. Y eso muchas veces ocurría porque sabían que quien cocinaba era la propia Manuela.
Para los expertos en gastronomía, los Iturria fueron unos adelantados a la época. El éxito de su plan se debió a la constancia de mantener siempre la mercadería fresca. Si en 24 horas no era utilizada, se tiraba. El lema de la casa era "A las 12 en el agua, al mediodía en la barriga y a la noche en la punta de la salina".
El secreto del delicado gusto de sus mejillones se debía a que los dejaban en canastos "purgando" en la piletas del vivero durante la noche. Así se les iba toda la arena; recién en la mañana del día siguiente se abrían para luego ser utilizados.
UNA TRAGEDIA. Nadie, por supuesto, esperó la tragedia, que sobrevino cuando "Mariskonea" era por derecho propio el restaurante más prestigioso de Punta del Este. Los Iturria, Asencio y Manuela, fallecieron en un accidente automovilístico ocurrido en una ruta entre Punta del Este y Rocha.
La muerte del matrimonio caló hondo en toda la comunidad del balneario, pero el restaurante no cerró entonces por la tragedia. Sus hijos, Juanita y José Luis, continuaron en el negocio por varios años, aunque la forma de cocinar y la tradición misma fue cambiando poco a poco.
Hasta que llegó la decisión de este año, donde los avatares económicos, los cambios de público y de costumbres y la tendencia acentuada de la gastronomía de la península desplazándose hacia el puerto y a otros puntos actuaron precipitadamente sobre lo que ojalá nunca hubiera ocurrido. Hasta el tránsito se complicó y muchos de los antiguos clientes se quejaban por el poco lugar para estacionar. Año a año, la clientela fue descendiendo, olvidándose injustamente de la belleza del lugar, su magnífica vista oceánica y su inigualable cocina marítima.
Lo que los puntaesteños con muchos veranos encima más quisieran es ver a "Mariskonea" reabrir sus puertas algún día. Ojalá que el tiempo permita verlo. Será para los nostalgiosos como salvar del naufragio a una pieza invalorable.