Lula y las tres comidas

Lula da Silva ha dicho algo conmovedor en su discurso de toma de posesión: se sentiría satisfecho si al terminar su mandato la totalidad de sus compatriotas desayunan, almuerzan y cenan razonablemente. Eso quiere decir que el principal objetivo de su gobierno será mejorar la calidad de vida del veinte por ciento más pobre de los brasileños A lo que luego ha añadido un matiz lleno de realismo: para lograrlo, la economía brasileña tendrá que crecer. Y, aunque no lo ha expresado claramente, es obvio que ese crecimiento repercutirá en beneficio del ochenta por ciento restante.

Hasta este punto es alentador lo que ha propuesto Lula da Silva. Se ha alejado del discurso revolucionario tradicional, de su propio discurso, esos crueles disparates que se pregonan en el seno del Foro de San Pablo, y ha dicho un par de cosas sensatas: es legítimo ayudar a los más desvalidos, pero para que la solidaridad sea algo más que una palabra hueca, la sociedad tiene que generar más riqueza. Si no hay suficientes excedentes, si no se acumula e invierte más capital de forma incesante, jamás se acabará la pobreza extrema. Y nada de esto se consigue, por supuesto, convocando a la revolución y enfrentando a los empresarios y a los trabajadores, o formando parte de ese irritado grupo de países que acusan a las naciones desarrolladas de ser las causantes de la pobreza que padece el resto del planeta.

Brasil, dentro del contexto mundial, no es una pobre nación del tercer mundo. Se piensa en Brasil y enseguida vienen a la mente el carnaval, la samba y el fútbol, pero el país es mucho más importante que lo que el risueño estereotipo sugiere. Su per cápita es semejante al de Polonia o al de la República Checa, y cuenta con ciertas zonas de desarrollo científico y técnico de primera línea en aviación, informática, o telecomunicaciones. Sin embargo, esa riqueza, y el grado de prosperidad que se deriva de las actividades que poseen mucho valor agregado, tienen una distribución muy irregular. En líneas generales, la prosperidad se concentra en el sur del país y suele poseer una estrecha relación con la pigmentación de la piel. Los blancos tienen más educación y alcanzan más ingresos. Negros y mulatos constituyen el grueso de los marginales hacinados en las enormes favelas. De ahí que se haya popularizado otra forma de llamar a Brasil: Belindia. Una mezcla entre Bélgica y la India.

Frente a este desequilibrio hay dos posturas. La más estridente y vistosa es la de los revolucionarios. Son esos tipos convencidos de que están frente a una injusticia a la que hay que poner fin mediante la violencia física y las confiscaciones de propiedades. Estas gentes, emblemáticamente representadas por el "Movimiento de los sin tierra", notablemente ignorantes, viven convencidas de que la riqueza es una cosa que se distribuye equitativamente y todos somos felices. No perciben que la irregularidad en la creación y posesión de bienes refleja una realidad mucho más compleja que tiene que ver con la cultura, la información, los valores, la historia, los hábitos y actitudes, el clima, y cómo no, la suerte. A otra escala, algunas sociedades mucho más igualitarias que Brasil, como es el caso de Estados Unidos, también exhiben grandes disparidades en los niveles de ingresos. El de Massachusetts es casi el doble del de Mississippi. El de los blancos es un 25 por ciento más alto que el de los negros.

Los revolucionarios —comunistas, populistas, teólogos de la liberación y gentes aún más patéticas— ven que el gran San Pablo es una zona pujante y próspera, mientras el nordeste del país es terriblemente pobre, interpretan esos datos dentro de un código igualitario, y proponen poner en marcha unas medidas redistributivas que acabarían por convertir a todo Brasil en una inmensa favela. En 1959, cuando comenzó la revolución cubana, la isla caribeña casi duplicaba el per cápita de Brasil. Hoy Brasil triplica el per cápita de Cuba. Ya no hay grandes diferencias en los niveles de consumo de los cubanos. Casi todos, exceptuado el 1% que forma la privilegiada nomenclatura política, viven en la miseria.

Por ahora, el único temor que inspira el discurso de Lula es que confunda el buen gobierno con el asistencialismo. De todas las perversiones que afectan a los políticos, una de las peores consiste en creer que la calidad moral de los gobiernos se mide por el volumen del gasto social. Y es al revés: el buen gobernante es aquel que crea las condiciones educativas y laborales necesarias para que cada día que pasa sean menos las personas que necesitan la ayuda de sus conciudadanos para alimentarse o para vivir decentemente. El objetivo ideal, seguramente utópico, sería llegar al punto cero en gasto social, momento en que toda persona, toda familia, puede atender sus necesidades fundamentales sin el auxilio de los demás. El objetivo de Lula debería ser que cada brasileño desayune, almuerce y cene con el producto de su trabajo. Si lo logra hay que hacerle una estatua.

© Firmas Press

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