Un Oscar para Borocotó

Miguel Carbajal

¡Qué bochorno! No se trata de alardear pero es llamativa la cifra de uruguayos que se trasladaron a Buenos Aires a cosechar los triunfos que el país natal les retribuye en forma muy magra. Lo hacen, sobre todo, desde áreas en donde mayoritariamente se requieren reflejos rápidos, agilidad corporal, creatividad y fantasía. El dicho popular habla de la viveza criolla, un término convenientemente rioplatense que involucra y representa con justicia un atributo común a las dos orillas. La lista de uruguayos ilustres que sitiaron las candilejas porteñas es bastante impresionante y conocida para todos. De pronto resisten la tesis que postula un Gardel oriental pero hacen suyo a Florencio Sánchez, a Quiroga, a Sosa, a Canaro, a China Zorrilla, a héroes del teleteatro como Laporte o estrellas pop como Natalia Oreiro, a Víctor Hugo Morales y a varios goleadores. Pero no es casual que entre los primeros trasplantes figuraran los Podestá que desde el circo cimentaron el teatro. ¿Tiene el uruguayo condiciones especiales para la acrobacia, el equilibrio, el salto al vacío, el ilusionismo de un mago y la mímica de un bufón? Sobre estas bases crece la popularidad circense. Y ahora, después de casi dos décadas de negativas, le Cirque du Soleil anuncia que el año próximo actuará en Buenos Aires. Las malas lenguas anuncian que vienen con planes de contratación para dos volantineros famosos. Uno de ellos es hijo de uruguayo. El otro rosarino, una provincia muy vinculada a José Artigas. El arte uruguayo se luce de nuevo.

¡Qué bochorno! Las idas y vueltas, las volteretas, los cambios de rumbo y de opinión, las contradicciones han sido una constante política universal. El hombre siempre busca el sol. Pero a Eduardo Lorenzo, "Borocotó", se le fue la mano. Ya había sido un hombre tornadizo, algo frecuente en el movido medio argentino, pero cometió un error imperdonable. Se postuló como integrante de un Partido y asumió como candidato de otro. Eso es una traición, una felonía. Se postuló como diputado de Macri, lo votaron, Alberto Fernández lo interceptó en el camino y se pasó para Kirchner. Así como así. Graciosamente. Sin respetar la voluntad de la gente que lo votó, sin importarle el robo de una banca y una voz que debiera ser de Macri, sin tomar en cuenta que eso es una canallada mal vista por tirios y troyanos, sin tener miedo a ser cuestionado por sus colegas, sus amigos y hasta su propia familia. Lo único que consideró fue beneficiar a Kirchner y por esa vía obtener un (escondido) beneficio propio. La cara de azoro casi neurológico que mostró en la instancia que se votó el juicio político a Ibarra estuvo a la altura de Dustin Hoffman en "Raiman". Volvió a repetirla cuando se animó a entrar en el Parlamento, lo que demuestra que es un rasgo propio. Eduardo Lorenzo se volvió mediático en los Ochenta en un programa televisivo médico. Allí repitió el sobrenombre que había distinguido al padre, un cronista deportivo uruguayo que exportó como propia la onomatopeya del candombe. Kirchner salió a elogiar públicamente su conducta ética. La declaración demuestra que cada uno tiene la cara que se merece. Menchi Sabat lo representa a lo Picasso como un Jano moderno con dos caras que miran para distinto lado. ¿Miraba hacia el costado cuando aplaudió el salto moral sin red de un hombre sin principios? Eso habla mal de un Presidente que además de propiciar la pirueta sale a convalidarla como un acto honesto. ¿Y qué decir del contorsionismo de Bielsa, el rosarino? No renuncia a su calidad de Canciller para postularse como diputado. Lo logra aunque sale tercero, y a Kirchner no le gusta perder. No asume la banca porque supuestamente se va como Embajador a París. Sin remordimientos de conciencia porque instaura una nueva tesis en la jurisprudencia política: los votos son de Kirchner, no de él, y por lo tanto no traiciona a nadie ya que según afirma es Kirchner quien lo necesita en Francia. Y antes de asumir el destino diplomático renuncia de nuevo. Quiere ser diputado otra vez. Dice que oyó la voz del pueblo. Lo que oyó fue el alud de críticas que arreció desde todas las tiendas. El nuevo borotocaso, un flamante término argentino, desnuda la falta de integridad de Bielsa. ¿Y Kirchner? No mira hacia ningún lado esta vez.

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