MATÍAS CASTRO
Al ver los titulares de prensa, es inevitable preguntarse cómo conseguirá J. K. Rowling algo de paz para escribir el último libro de Harry Potter. Porque si hay alguien que está en las antípodas del perfil bajo que manejan Thomas Pynchon (por hablar de uno editado en varios idiomas) o de Henry Trujillo (por mencionar a un gran escritor uruguayo), es ella. A la inglesa debe resultarle extraño haber pasado de escribir el primer tomo en una cafetería, a la fiebre que ocasiona cada letra que escribe hoy.
Es cierto que a la condición de best seller trae inevitablemente una gran exposición en prensa, televisión, conferencias, giras promocionales e Internet, entre otros medios. Stephen King sabe algo de esto, al igual que otros (sin comparar calidades ni estilos) como Christopher Paolini, que es el más joven exponente de esta categoría. Aunque el ansia por divulgar el avance casi capítulo a capítulo y las especulaciones sobre el destino de los personajes han alcanzado uno de los puntos más altos en este caso. Es probable que Arthur Conan Doyle o Alejandro Dumas hayan pasado por algo así aunque a escala siglo XIX.
"Autora de Harry Potter dijo haber soñado que es el niño hechicero que creó", "J. K. Rowling desvela el título del desenlace de su saga", "J. K. Rowling tensa por acabar el último libro de Harry Potter", "Revelan secreto de Harry Potter", "El fin de Harry Potter se acerca", son algunos de los titulares que se reproducían en los medios de todo el mundo. A menos que haya un refugio secreto en Marte, la escritora debe tener pocos rincones para escribir en paz. Incluso dijo que se siente "tanto eufórica como alterada". ¿Compensará esto la enorme gratificación de que su obra haya generado tanto dinero y el cariño que ha despertado en sus seguidores incondicionales?. ¿Cuando termine el libro, caerá Rowling en el "síndrome del arquitecto" ante el fin de un trabajo gigantesco? Continuará.