Jorge Abbondanza
Con el paso del tiempo se vuelven más vagos ciertos recuerdos cinematográficos, sobre todo si ya pasó el medio siglo que los separa de la actualidad. En los años 50 y en los 60 floreció el género de la comedia italiana de corte popular, que heredaba algunos rasgos del neorrealismo de posguerra y agregaba otros de sabor satírico, sumándoles la presencia de unos cuantos divos que fueron un poderoso factor para conquistar el éxito que tuvo aquella cantera de humor. A pesar de la lejanía de esos modelos, puede ocurrir de pronto algo que reaviva los recuerdos, como si el espectador de hoy se encontrara de nuevo frente a la huella que había dejado la vieja comedia peninsular en sus décadas de apogeo.
Eso sucede ahora con uno de los estrenos que llegarán a Montevideo en las próximas semanas. Se trata de Un feriado particular (cuyo título original es Pranzo di Ferragosto), comedia filmada en Roma con pequeño formato y sin estrellas. Esas modestias de producción no impiden -o quizá favorecen- que la película sea una joya de humor con sordina, donde un solterón cuida devotamente a su vieja madre en el apartamento que comparten. El cuadro se ubica en pleno verano y en esas fechas que los italianos llaman Ferragosto, cuando la capital queda vacía porque la gente se fue a la playa, no hay nadie por la calle y los negocios cierran bajo el castigo de un calor despiadado.
Dirigida y además protagonizada por el veterano Gianni di Gregorio, la comedia cuenta cómo la vida del personaje se complica durante un fin de semana en que debe alojar en su domicilio a otras tres ancianas, que se suman así a la dueña de casa y podrán abrumar al hombre con la escasez de espacio, las exigencias gastronómicas o los brotes de insolencia. El resultado, que parecía servido en bandeja para descarrilarse por la vía parodial, es en cambio un caso ejemplar de control, ojo levemente morboso y tenues notas de emoción que condimentan impecablemente ese panorama geriátrico, sin desdeñar por supuesto los momentos regocijantes.
En ese sabor colaboran los apuntes sobre apreturas económicas, algún toque de grotesco y un marco de discreto costumbrismo, a lo que se añade el aire de improvisación que tienen varias escenas y que seguramente nacieron solas, sin libreto previo, sobre la marcha del rodaje, confiadas al instinto histriónico de las cuatro señoras de tercera edad. Todo ello es manejado por el realizador con un equilibrio y una gracia en que incide notablemente el elenco, que luce una calidad ajena a todo desplante, lo cual es bastante insólito en la escuela del humor italiano. La película resucita las lejanas épocas de Comencini o Monicelli, aunque también las de Massimo Troisi, sumándose a la mejor tradición del género y regalando al público una hora y media de disfrute.