J. A.
La propuesta fue lanzada en Londres para promocionar el Premio Turner, una consagración anual destinada a las artes plásticas en el Reino Unido. En el marco de esa campaña, se convocó a quinientos artistas, galeristas, curadores y críticos para que votaran por lo que consideraran "la creación artística más influyente de los últimos cien años". Se supone que esos quinientos son "las personas más poderosas del mundo del arte británico", pero lo interesante —e inesperado— es lo que resultó de dicha votación:
En primer lugar (con el 64 por ciento de los votos) resultó elegida la célebre Fuente de Marcel Duchamp, que consiste simplemente en un mingitorio de porcelana, presentado por el autor bajo ese título en una exposición realizada en 1917 en Nueva York, donde provocó por cierto un enorme revuelo. Hoy, a tanta distancia de aquel gesto transgresor, la obra de Duchamp mantiene su interés "y se ubica en el origen de buena parte del arte conceptual dominante en la actualidad" dijeron los votantes. Colocado en el contexto apropiado, ese orinal de pared asume un valor totalmente independiente de la función para la que fue diseñado y por la que es usado: en una sala de exposiciones o un museo, sufre una previsible transfiguración y es mirado como metáfora de lo oculto, como broma a la asepsia sanitaria o aún como referencia al sexo femenino. Cuando se enteró del resultado de la votación, Simon Wilson (ex-curador de la Tate Gallery, nada menos) declaró: "Basta de cháchara: Duchamp inició con este objeto el arte moderno".
En segundo lugar se ubicó Las señoritas de Avignon de Pablo Picasso, sorprendiendo a buena parte de los especialistas y aficionados que por adelantado suponían que Picasso encabezaría la lista. En cambio esa obra suya obtuvo un 42 por ciento de los votos, a pesar de que se trata de un trabajo con el que se considera inaugurada la corriente del cubismo. En tercer lugar se colocó el Díptico de Marilyn Monroe de Andy Warhol, una intervención gráfica en el famoso retrato de la actriz, que según los expertos británicos sigue mostrando "sus resonancias sobre el culto a la celebridad, la muerte y la tragedia personal" por detrás de la popularidad y la idolatría.
En cuarto lugar de la lista aparece El estudio rojo de Henri Matisse, cuyo crédito también parece haber descendido un poco en la estima de los especialistas: "Diez años atrás, Picasso o Matisse habrían ganado —dijo Wilson— ya que eran los reyes mellizos del arte moderno. Pero ya no lo son: Duchamp parece la referencia de una nueva generación de artistas, porque la gente de hoy espera que el arte contenga algún tipo de comentario social o político, aunque sea muy indirecto. Las obras de Matisse, en cambio, son una confortable apelación a los sentidos. Pero entre los artistas actuales el arte no debe ser cómodo". En el quinto lugar surge Guernica de Picasso, el enorme lienzo en blanco y negro sobre los bombardeos de la guerra civil española que ha conservado un valor emblemático por encima de cualquier otra obra del arte del siglo XX. Sobre esa obra se señala que "demostró cómo el arte podía ser moderno y al mismo tiempo incorporar los acontecimientos históricos, algo que el impresionismo había dejado de lado".
Pero volviendo a la Fuente de Duchamp, el agudo Simon Wilson agregó: "Es una pieza que tiene todo: es rica en metáforas, es escatológica, rompe con las convenciones sociales y es muy provocativa. Conserva todavía la habilidad de hacer que cualquiera que la contemple inevitablemente sonría". La opción de las eminencias británicas por Duchamp no viene mal, porque —por lo menos a escala rioplatense— exalta una obra que los más simplistas calificarían con adjetivos escandalizados por trasplantar un artefacto sanitario y revestirlo de significado trascendente, en un momento en que el medio plástico de esta región del mundo se vio sacudido por la clausura compulsiva de la retrospectiva del argentino León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, porque esa muestra contenía piezas que de acuerdo al fallo judicial de Primera Instancia ofendían la sensibilidad o la creencia de los católicos al ironizar sobre aspectos del mundo y la mentalidad de hoy a partir de imágenes sagradas.
La intención de Ferrari no fue seguramente la de ofender a nadie sino la de reavivar ciertos pliegues de la conciencia confrontando el uso de esa iconografía cristiana con los sesgos de materialismo, violencia y trivialización de la cultura de masas de hoy: por eso coloca figuritas religiosas sobre una sartén o un Cristo sobre una parrilla de tostar. Claro que esas propuestas piden una lectura penetrante, reflexiva y sosegada que permita descubrir la intención del artista, pero ciertos sectores cercanos a la Iglesia argentina prefirieron combatir la muestra, llegaron a agredirla físicamente por medio de ciertos extremistas católicos y recurrieron a la vía judicial de la que finalmente emanó la orden de cierre. Diez días después, empero, un fallo de la Cámara en lo Contencioso Administrativo revocó la sentencia anterior y autorizó la reapertura de la muestra, haciendo lugar a la apelación cursada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. No fue este un episodio aislado en el campo del arte argentino de los últimos días, lamentablemente.
En efecto: en el barrio porteño de Palermo fue apedreada la galería de arte Elsi del Río donde se exhibía una muestra titulada Proyecto Kukilyn de la artista María Belén Lagar, donde había fotografías y objetos, entre ellos algunas estatuillas de yeso con cuerpo de Virgen o de santa y cabeza de muñeco. Un grupo de muchachos visitó la exposición y amenazó al director de la galería: "Me dijeron que levantara la muestra porque de otra manera iban a quemar todo". Pero tampoco ese revuelo en Palermo agota la lista de incidentes en la materia: en el Cabildo de la ciudad de Córdoba fue suspendida la exposición Navidad, diez artistas, diez miradas luego de desórdenes callejeros entre quienes apoyaban la muestra y quienes se oponían a ella. Los grupos católicos objetaron una obra de Roque Fraticelli donde combina la figura de Cristo con imágenes de televisión y otra donde trata de manera irreverente la estampa de la Virgen.
Sin entrar a discutir el derecho que puede asistir a grupos de creyentes ante una manifestación artística que consideren improcedente o sacrílega (derecho que puede canalizarse por cualquier vía respetuosa de la ley) debe pensarse asimismo en los derechos del artista a manifestar sus puntos de vista y en el amparo constitucional que debe respaldar esos derechos, inseparablemente asociados a la libertad de expresión. Si algunos sectores creyentes reprochan a ciertos plásticos su violencia para manejar imágenes religiosas, no deberían incurrir en desbordes similares a los que denuncian, esgrimiendo gestos de violencia equivalentes para oponerse a dichas muestras, como los que rompieron varias obras de Ferrari en los primeros días de su retrospectiva en la Recoleta o los que apedrearon una galería. Esas actitudes forman parte de la estrategia menos aconsejable para defender las ideas propias o combatir las ideas ajenas, porque la maniobra desacredita automáticamente a quien la comete y dignifica en cambio las obras que esa agresión pretende condenar.
La intolerancia de fuente religiosa en el terreno artístico no empieza ni termina en estas comarcas. La municipalidad de Jerusalén rechazó —según dice un cable de EFE— el ofrecimiento de una réplica de El pensador de Rodin, "porque la figura está desnuda, lo que es visto como una afrenta por la comunidad ortodoxa". La escultura había sido ofrecida por el Museo Rodin de París, pero el vicealcalde de Jerusalén declaró que "no podemos permitir una pieza así en esta ciudad". El líder de la oposición en el Concejo Municipal, en cambio, opinó que la decisión era "discriminatoria contra los vecinos no ortodoxos y un golpe contra la pluralidad de Jerusalén". En 1995, la oferta de la ciudad italiana de Florencia de regalar a esa capital israelí una réplica del David de Miguel Angel, promovió una excusa donde se señalaba que la obra "ofendía la sensibilidad religiosa de una parte del vecindario". En todos lados se cuecen habas.