El hombre oculto tras la máscara

| A 25 años de su muerte, Geoffrey Rush hizo de Sellers en un film para televisión

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MARUJA TORRES | EL PAIS DE MADRID

El pasado domingo se conmemoraron veinticinco años de la muerte por infarto del actor británico Peter Sellers, un hombre tras cuyo rostro impenetrable, serio y despistado se escondía uno de los grandes cómicos del mundo.

Sellers no era quien parecía ser. Es más: nunca parecía ser él mismo, y en su vida privada daba la impresión de huir hacia adelante. "Si alguna vez hubo alguien detrás de la máscara lo extirpé mediante cirugía", respondió una vez a un periodista que le preguntó a quién ocultaban sus numerosos e inolvidables personajes. Y en otra ocasión: "Si me pidieran que me interpretara a mí mismo no sabría qué hacer. No sé qué o quién soy".

Un director dijo de él que era el actor perfecto, la botella vacía que llenar con las propias ideas; otro añadió que, en su caso, ni siquiera existía la botella. Y otro ser genial e inquietante del cine, Stanley Kubrick, para quien el actor realizó sus más refinadas interpretaciones en Lolita y Doctor Insólito, le definió no menos misteriosamente: "¿Peter Sellers? No existe tal persona".

Pero tal persona no debió de estar tan vacía si fue capaz de inventar tantos caracteres míticos desde que empezó a despuntar en el cine británico con El quinteto de la muerte. Recordemos a su torpe, tonto, absurdo inspector Clouseau en la famosa saga de La Pantera Rosa, dirigida por Blake Edwards, o al actor hindú de La fiesta inolvidable que, de pifia en pifia, consigue destruir una gran fiesta de Hollywood; por no hablar del científico loco de Doctor Insólito, y de, ya al final de su vida, el Chauncey Gardiner de Desde el jardín.

The life and death of Peter Sellers, la película sobre su vida que se ha visto recientemente en televisión en España y otros países, arroja luz sobre el auténtico y enigmático Peter Sellers. Cuenta, sobre todo, con una interpretación inmensa a cargo de Geoffrey Rush, que obtuvo por ella un Globo de Oro. Aunque más bien habría que hablar de interpretaciones, pues, fiel por completo a la ubicuidad de Sellers, y a su dificultad, Rush se convierte no sólo en Clouseau, en Henry Orient y en todos los tipos sellersianos, sino también en Peter haciendo de su padre, de su madre, de sus directores, de sus esposas. Un truco magnífico que ayuda a entender las numerosas aristas y los repliegues cóncavos del cómico inglés.

COMIENZOS. El niño Peter asistió a clases de danza en Southsea y en Londres, y tocó la batería y el ukelele. Pero el embrión de lo que iba a ser se formó mientras escuchaba la BBC y sus magníficos programas cómicos. A solas en casa, imitaba las voces de quienes a su vez imitaban, y así fue como se fue convirtiendo en muchos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, durante la cual sirvió en la RAF e integró un grupo cómico, intervino en algunos programas de la BBC. No gustó lo suficiente como para que le contrataran, por lo que se inició en la práctica de la superchería: telefoneó al productor del mejor programa de la BBC, Roy Peer, haciéndose pasar por una popular estrella radiofónica de la época, que se declaraba impresionada por las escasas audiciones del joven Sellers. Logró entrar en la BBC: porque impresionó a Peer con su imitación.

Ingresó en un ‘show’ radiofónico llamado Crazy People, que más tarde recibiría el nombre de The Goon Show: algo que le iba como un guante. Los personajes que creó para el programa fueron un precedente del Monty Python’s Flying Circus, un derroche de impresionismo y surrealismo, una exhibición de su arte para captar la parte más absurda del ser humano y reflejar sus más íntimas frustraciones. Michael Palin, de Monty Python, ha dicho de él: "Si un genio es alguien que hace lo que nadie más puede hacer, entonces Peter Sellers lo es, sin lugar a dudas".

Su primer éxito no llegó hasta que actuó en El quinteto de la muerte, junto a Alec Guinness (un actor como él quería llegar a ser). Luego recibió una oferta para protagonizar Ella y sus millones junto a Sophia Loren, para entonces ya una estrella mundial.

El hombre a quien Blake Edwards ofreció, en 1964, un papel en su nueva película, La Pantera Rosa, estaba en camino de convertirse en un fetiche de los tiempos, con amistades en Buckingham Palace y entre los Beatles; juergas interminables de un país a otro, de un continente a otro, y con tendencia a pedir consejo a más de un caradura disfrazado de astrónomo o de adivino. El inspector Clouseau surgió de la imaginación de Sellers cuando se dirigía a Roma, en avión, a punto de iniciar el rodaje. Se levantó, fue al lavabo, se puso un bigote postizo y, cuando salió, ya usaba el acento francés que le haría famoso. Edwards y Sellers se dieron lo mejor de sí mismos.

En 1964, tras un breve segundo matrimonio (esta vez indoloro, con la aristócrata Miranda Quarry), Peter se casó con una joven aspirante a actriz, una sueca llamada Britt Ekland. El tenía 38 años; ella, 21. La boda se celebró en pleno éxito de La Pantera Rosa. El actor estaba exultante: pronto iba a trasladarse a Hollywood, en donde el gran director Billy Wilder le dirigiría en Bésame, tonto. Pero el éxtasis duró poco. La relación con Wilder resultó muy difícil, básicamente porque éste no permitía a sus actores improvisar, y la improvisación era el ingrediente más importante de las creaciones de Sellers. Semanas después, la salud del actor se resintió. Una vez repuesto, Sellers y Wilder se enzarzaron en una serie de declaraciones hasta que el primero pidió disculpas al ofendido director.

CAIDA. Viene a continuación una racha en la que Peter Sellers se autodestruye no ya personalmente, sino como actor. Tras haber rodado Un disparo en la sombra, ¿Qué pasa, Pussycat? y Casino Royale, Sellers se precipita hacia el abismo aceptando una serie de malas películas. "Le pagaban un millón de dólares por cada una, no era capaz de rechazarlas" explica Michael Palin, de los Monty Python.

Nunca abandonó la tutela materna, y tampoco hizo gran cosa por sus hijos. Nunca se ocupó de ellos con seriedad, con continuidad, aunque le complacía que "estuvieran por ahí". Estando por ahí fue como Michael, el mayor, consiguió a los 13 años su primera marihuana: de una bolsa que guardaba su padre. Estando por ahí fue como Michael preparó unas líneas de cocaína cuando papá se lo ordenó, en el transcurso de una fiesta.

La vida parecía una fiesta, pero no lo era. A principios de los setenta, Peter Sellers se encontró con muchos gastos y pocos ingresos. Tuvo que aceptar hacer una serie de anuncios para la TWA, la compañía aérea norteamericana. Cuando ya todo parecía perdido, Blake Edwards compareció de nuevo y le salvó (al menos de momento) con una nueva aventura del inspector Clouseau, La Pantera Rosa ataca de nuevo. No fue un rodaje satisfactorio. Ni Edwards ni Sellers estaban en su mejor momento, especialmente el último. Según el director, Peter se dedicaba a "hablar con Dios. ¿Qué podía hacer yo? Me telefoneaba en mitad de la noche y me decía que no me preocupara sobre las escenas que íbamos a rodar al día siguiente, que había hablado con Dios y le había dicho cómo hacerlas".

Faltaban pocos meses para que Sellers se volviera a enamorar. Esta vez, de Lynn Frederick. De nuevo, ella tenía 21 años; pero él, ahora, había cumplido 50. Se casaron en París, en 1977, a insistencia del actor. Un mes después, a bordo de un vuelo de Air France que les llevaba de Niza a Londres, Sellers sufrió un nuevo ataque cardiaco. Peter sabía que tendría que someterse pronto a una intervención quirúrgica si quería seguir viviendo, pero la sola idea le producía terror.

En 1978, Peter y Edwards volvieron a encontrarse. La venganza de la Pantera Rosa sería su último trabajo en común. Sellers recibió tanto dinero como en las otras entregas. Era de nuevo rico. Y estaba harto de realizar siempre el mismo tipo de (numerosos y diversos) personajes. Quería demostrar que era un actor de los pies a la cabeza.

Desde su publicación, en 1971, le tenía echado el ojo a Desde el jardín, la novela de Jerzy Kosinski. Era un tema diario de conversación para él, casi una obsesión. Quería interpretar "a nobody who became somebody nobody could really know", según cita su biógrafo Sikov. La frase pierde traducida del inglés: "Un nadie que se convierte en alguien a quien nadie conoce realmente". En resumen, Sellers había encontrado en Chauncey Gardiner el personaje cumbre. La película estuvo a punto de hacerse en varias ocasiones, y con directores diversos. Por fin fue Hal Ashby quien la dirigió. Shirley MacLaine aceptó interpretar un papel secundario: "Quería ver cómo trabajaba un genio".

Sellers fue candidato al Oscar por Desde el jardín. No ganó, y eso le dejó hundido. Su matrimonio con Lynn Frederick también se había ido a pique. "Soy una estrella de cine y de las pensiones alimenticias", bromeó con un amigo, al tiempo que hacía planes para su cuarto divorcio. No le dio tiempo.

En julio de 1980, llegó a Londres para arreglar sus documentos. Antes hizo una primera y única visita al cementerio en donde estaban enterrados sus padres. Luego echó una siesta en el hotel, y se vistió para salir con los amigos que habían venido a buscarle. Hablaba con ellos cuando se sintió mal. "Realmente mal", dijo. Murió antes de que le condujeran a la cama. Tuvo un último gesto de humor (y de mal gusto) digno de él. Ordenó que, en su funeral, mientras su cuerpo se convertía en cenizas, sus deudos y amigos escucharan la canción In the mood, de Glenn Miller, que él odiaba profundamente. ¿Y qué mejor para semejante, odiosa ocasión?

Infancia problemática

Peter Sellers nació en Southsea (Hampshire, Reino Unido) el 8 de setiembre de 1925, en el seno de una familia de comicastros teatrales de última categoría, y le pusieron de nombre Richard Henry. Su madre, Peg, dominante y absorbente, fue una figura decisiva en su vida: quería que su hijo se convirtiera en artista, y que no se detuviera ante nada para lograrlo. En realidad, había tenido ese sueño para su primer hijo, Peter, que murió a poco de nacer. Richard Henry estaba destinado a heredar el nombre y el sueño destinados al predecesor. Ya empezaba a encarnar a otro.

Desde muy pequeño fue malcriado y maleducado, no sólo porque sus caprichos eran ley, sino en el sentido de que no se le proporcionó una educación sensata y continuada, en parte a causa de los numerosos desplazamientos de sus padres de teatrucho en teatrucho, en parte porque la educación no era un valor para los Sellers. Falto de contacto con chicos de su edad (sólo en su adolescencia asistió durante varios cursos al colegio de St. Aloysius), Peter diseñó en su interior al consentido que sería el resto de su vida. Alguien con muy poca capacidad para enfrentarse a las responsabilidades que desencadenan las propias acciones y, desde luego, alguien completamente inmaduro en el aspecto emocional. Sus rabietas adultas eran impresentables, violentas, desproporcionadas.

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