Por Luis Ventura
Esta semana que pasó no fue una semana más para mi vida. Hablo de un tiempo de alegría, hablo de un momento amargo, y en ambos casos tuvo que ver con mujeres importantes para mi historia. Ambas madres, ambas uruguayas y a partir de ahí, mi visión y mi sentimiento de las estoicas, abnegadas y dulces madres orientales. Por eso mi explicación y mi humilde homenaje a ellas a partir de mis experiencias.
Porque por un lado hablo de la gloriosa felicidad que me otorgó la noticia de que seré abuelo en agosto del año que viene. Una joven uruguaya, Janet Núñez Furtado es la mujer que enamoró a mi hijo mayor y la que sin que estuviera en los planes de nadie, a principio de esta semana, confirmó que mi primer nieto viene en camino. ¡Abuelo! Ya está en su vientre, ya lo asumió mi hijo Facundo y todas las puertas de mi familia se abrieron de par en par para esta pujante mujer uruguaya que entra definitivamente a nuestras vidas. ¡Mi nuera, a quien enaltezco con todos mis honores!
Tan uruguaya como mi viejita y querida abuela paterna, Encarnación Marzzocco de Ventura, que hoy tendría 130 años... Aquella muchacha soñadora que se enamoró de mi abuelo Bartolomé y en su valija llena de sueños se fue a la Argentina para tener 11 hijos, entre ellos mi papá. Y cuando recuerdo aquella luminosa viejita que me preparaba unos pucheros súper campeones, el tazón de café con leche con pan y manteca a la tarde cuando volvía del colegio, se me llenan los ojos de lágrimas. Porque me meto en el arcón de otra gran mujer como aquella uruguaya de "fierro" y corajuda, Doña Encarna, mi "abu".
Pero dentro de la misma vida también está la muerte, y el lunes pasado me sonó el celular muy temprano y la voz quebrada de un amigo me contó que había muerto Teresita Bermúdez de Invernizzi, la madre del "Nano" y la "Rosy". Mi madre del corazón en Uruguay. Una de las generosas mujeres orientales que supieron abrirme las puertas de su familia para llenarme de ternura, cariño y de esa generosidad inigualable de los charrúas. Lo sentí como una puñalada en el corazón. ¡Se me fue Teresita y con ella una voz de referencia que aunque a la distancia, siempre estuvo conmigo! A manera de justificación, el "Nano" que fue su hijo de siempre me trató de calmar: "Y... no sufrió, Negro. Se acostó tranquila a la noche y nunca más despertó... Por lo menos no sufrió".
Madres uruguayas, cómo olvidarlas, cómo no amarlas. Tampoco dejo de recordar a Franca Baldoni de Bermúdez, una mujer deliciosa que no le conocí otra condición que la ternura. Otra gloriosa que también perdí, como Mary Santana, la maestra de todos los botijas de Los Titanes, de los gurises que se hicieron hombres para un día enterarse que se había ido. Por todas ellas y por todas las que no quise sumar porque el espacio es tirano, mi sentido homenaje a las madres y mujeres uruguayas, las que me dieron la gran posibilidad de soñar con mi primer nieto pero también las que me enseñaron a amar el Uruguay. Gracias.