PERFIL

Las confesiones de Julia Möller

La creadora de Punto final vuelve al teatro con Únicas, donde hace stand up. Aquí hace un repaso de su vida, desde los tiempos de Miss Uruguay en 1969 hasta su presente en Periscopio, en Canal 5. Recuerda su "relación amistosa" con el tenor Plácido Domingo.Lo conoció aquí y después él la invitó a un par de presentaciones en otros países."No me enamoré de él, me deslumbré con él".

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Ariel Colmegna

Es la mayor de tres hermanas. Julia Möller fue la primera nieta y la primera hija. Todas las expectativas estaban puestas en ella. Querían criar a la niña perfecta. Se destacó en lo académico: llevó el pabellón Nacional en el liceo Dámaso Antonio Larrañaga. Empezó a estudiar piano para hacerle el gusto a sus abuelas, y se recibió de profesora.

La mimaban, pero la hacían cumplir a rigor. Eso la disciplinó, pero también le pesó. La única vez que no llevó un Sobresaliente se lo hicieron notar. Aún lo recuerda. Aprobó un examen de biología con dos Muy Bueno y un Bueno y su padre le dijo, “salvaste raspando”. Julia lo quiso matar. No le dijo nada. Pero lloró mucho. Esa sensibilidad a flor de piel se acentuó con los años. Todo la conmueve. Llora de emoción, de alegría y de impotencia.

Julia Möller piensa que ya no es fotogénica. Y eso la perturba. Yo le digo que la belleza cara a cara se aprecia mucho más que en las imágenes. Pero ella insiste en que de jovencita fotografeaba mucho mejor.

No le gusta cómo luce en la sesión que le sacaron para esta nota, y le echa la culpa a que esa tarde no había ido a la peluquería. No puede disimular su esencia coqueta. Está en sus genes y se le nota en cada gesto. Se desplaza con estilo y da la impresión de que todo le queda bien.

La mujer que fue Miss Uruguay en 1969 conserva la figura esbelta que tenía a los 20 años, es dueña de las piernas más lindas del país y es famosa por su elegancia y distinción al sentarse. Por eso cada vez que la invitan a un programa de televisión le piden que enseñe a cruzarse de piernas como solo ella sabe hacerlo.

El diseñador Oscar Álvarez la vestía para Punto Final (Monte Carlo TV) y dice que encontró en Julia la imagen ideal para exhibir su ropa por su porte tan femenino y clásico. Jamás olvidará una confesión que ella le hizo mientras tomaban sol en la playa. "Me parece horrible pensar en mostrar los dedos de los pies", le dijo. A él le pareció absurdo. Eran perfectos, pero además, "lo que menos se te iba a ocurrir mirarle a Julia Möller en esa época eran los dedos del pie".

En sus años mozos, no osaba abrir la puerta de su casa sin maquillaje, no tenía ropa de entre casa y no usó vaqueros hasta los 25 años. "Me parecía que era para otras, no para mí". Confiesa que hoy está más liberada, pero si llega al canal con un jean sus compañeros la miran de reojo. Y cuando va al supermercado sin pintarse se esconde detrás de los lentes negros. Eso también lo hacía cuando salía de su casa a las ocho de la mañana y se subía al ómnibus con las pestañas postizas para ir a desfilar a Sudamtex. Le daba vergüenza que dijeran que parecía una mascarita.

La mayor de las Möller siempre fue más coqueta que sus hermanas, Cristina y Loreley. Jamás tomó mate y no le gusta bajar a la playa con bolsos. No hay frivolidad en su actitud, es su estilo. Tiene gustos refinados gracias a su abuela materna, Julia Árevalo de Roche, que la llevaba a la ópera, al teatro y a conciertos de música clásica.

Su abuela paterna, Haydée Casales de Möller, ayudó a criar al trío de hermanas. Julia se salteaba la siesta para escuchar sus anécdotas y jugar con sus collares y plumas. Haydée le hacía unos peinados bien tirantes, unos moños perfectos y así se iba a la escuela. Era una pinturita. La abuela coqueta le confeccionaba los sombreros para las fiestas de la primavera y Julia salía primera todos los años.

Siempre distinguida y elegante, fue Miss Uruguay en 1969. 
Siempre distinguida y elegante, fue Miss Uruguay en 1969. 

El dramaturgo Dino Armas repite que su amiga es bella por fuera y por dentro. La belleza cumplió un rol clave en un determinado momento de su carrera, pero está mucho más interesada en que se la destaque por otros aspectos de su profesión; no solo por haber sido una cara bonita y haber ganado un certamen de Miss Uruguay.

"A cualquier mujer le gusta que le digan que está bien, pero después de trabajar más de 30 años en divulgar arte y cultura, me gustaría que me reconocieran más por eso", dice Julia.

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Era castaña oscura. Primero se tiñó un mechón, después otro, y en el 85 se cambió al bando de las rubias, a pesar de que alguna vez había jurado que no lo haría jamás.

¿La razón? Cuando comenzó Punto Final la televisión era en colores y el pelo oscuro no la favorecía.

Algo similar le sucedió con el modelaje. Ese oficio estaba lejos de ser su proyecto de vida. Se anotó en Facultad de Derecho, pero después de un par de concursos de belleza quiso probar en esa área. En su casa lo asumieron como algo natural, pero creían que no sería permanente. Julia sentía que era un mundo muy frívolo, no tenía tema de conversación con sus colegas, así que un día resolvió retomar la carrera. Eran los años previos a la dictadura y los conflictos en la Universidad la impulsaron a volcarse al magisterio.

Las huelgas en la educación la encontraron inactiva y Miss Uruguay le cayó del cielo. Ganó el certamen de belleza en 1969 y el modelaje empezó a ser tentador: "Iba una tarde a hacer fotos a lo de Testoni y en un día me pagaban lo mismo que una maestra ganaba en un mes".

Igual estaba segura de que esa no sería su profesión. Le sirvió como trampolín para meterse en los medios. Supo que se dedicaría al periodismo cuando vio a Pinky y a Mónica Mihánovich en la TV argentina.

Hizo el casting para ser movilera en En vivo y en directo (Canal 12) y al salir de la prueba le dijeron, "¿sabe que usted me hace acordar a Pinky?" Enseguida supo que había quedado. Luego condujo el periodístico Personas y personajes (Canal 12), y más tarde llegó a CX30 para hacer Las 30 preguntas de la 30. Lleva más de tres décadas divulgando la cultura. Entrevistó a la doctora Adela Reta, Miguel Ángel Solá, Alfredo Alcón, Norma Aleandro y otras tantas figuras.

Joaquín Fernández Idarte la acompañó en el rol de director, y dice que Julia nunca le reclamó cuidados especiales frente a cámara. Julia caía muy bien a los entrevistados por su forma de ser.

Juntos idearon la propuesta de un programa en vivo al cierre de la programación y con contenido ameno.

Fernández Idarte ya se dedicaba al área publicitaria pero colaboró con Julia en el piloto de Punto Final. En esa ocasión entrevistó a Atilio François, campeón en ciclismo.

Julia peleó por ese espacio en Monte Carlo. Primero le dieron cinco minutos, logró con trabajo de hormiga que le concedieran dos más y así hasta llegar a la media hora. Fueron más de seis mil programas durante 14 años. Ella conducía y producía. Punto Final fue el hijo que nunca tuvo. Y que lo hayan levantado fue catastrófico. Pasaron ya 15 años y no lo supera. Su correo electrónico aún tiene el nombre del programa. Dice que debería hacerse uno nuevo pero no logra dar vuelta la página. Es más, en su vasto placard guarda el vestido que usó en la última emisión. Y llora al recordarlo.

—Ahora a la distancia, ¿crees que Punto Final había cumplido un ciclo?

—No, nunca supe por qué lo levantaron y los dueños del canal tampoco porque lo levantó un gerente de programación argentino. Sufrí mucho con él y (Hugo) Romay me salvaba. Pero pienso que el ciclo no terminó como debía. De hecho, cuando voy de invitada a los canales todos me preguntan, "¿vendrías a hacer Punto Final?" Y claro que iría pero ahora están los curas.

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Odia ir al shopping pero tiene percheros extra en su casa porque ya no sabe dónde colocar tanta ropa. Solo va a los centros comerciales si tiene que comprar algo puntual, nunca de paseo. Aprovecha a traerse diseños del exterior, pero no mira vidrieras mientras está de viaje. Dice que es una pérdida de tiempo. Su debilidad son los perfumes. Su preferido es LElephant, de Kenzo. Durante años lo tenía gratis por contrato, hoy le sale carísimo, pero nunca falta en su repisa. Le fascina entrar a un lugar y que sepan que ella estuvo ahí porque sintieron su aroma. "Es el mejor elogio que me pueden hacer". Y opina que los perfumes dicen mucho más de las personas que una alhaja.

Usó durante años el de Oscar de la Renta. Y dice que Dior le gusta, pero no la enloquece.

Conserva el vestido de 15 de su primera sobrina y en su armario aún hay ropa de su mamá, que falleció hace tres años. A Julia se le humedecen los ojos cada vez que habla de ella y de su abuela Julia Arevalo.

—¿Te emocionaste cuando Dino Armas te contó que estaba escribiendo una obra sobre tu abuela, la primera mujer comunista en llegar al Senado?

—Todo lo de ella me emociona. Mi pobre abuela murió hace 30 años y yo sigo llorando de emoción por haber tenido una mujer tan valiente en la familia: meterse en sindicatos a principios de siglo y pararse arriba de cajones de cerveza a gritar por una ideología. Tuvo cinco hijos. La persiguió la dictadura de Terra. Nunca fumó, nunca se maquilló. Empezó a trabajar a los ocho años porque era de una familia muy pobre. Después se transformó en un autodidacta. Aprendió sola francés, leía cinco libros a la vez, tejía, iba al Senado. Era fantástica.

Los Möller no eran comunistas pero tenían ideas "izquierdozas". Su madre nunca permitió que alguien que pedía limosna se fuera de su casa con las manos vacías. Y a Julia se le impregnó esa conciencia social. Es muy desprendida. Se saca lo que no tiene para dártelo. Y también es solidaria en sus acciones. Su hermana vivió 36 años en Venezuela y Julia le dio la mayor sorpresa el día que la hija mayor de Loreley cumplió 15 años y la mediana tomó la comunión. Se tomó un avión y se fue a celebrar con sus sobrinas porque dijo que no podía faltar. Y cargó todo el viaje con un cuadro grandísimo porque le gusta que haya algo de ella en la casa de sus hermanas.

Julia Möller y Graciela Rompani se conocen hace 25 años. La viuda de Pacheco Areco supo que la ex Miss Uruguay era encantadora apenas la vio. Dice que sabe ser amiga. Nunca hablan de política, pero las diferencias ideológicas jamás las distanciaron. Al contrario, siempre Julia la apoyó en la difusión de las fundaciones dándole voz en sus programas.

Julia y Oscar Álvarez organizaron un desfile a beneficio del Frente Amplio en el 71. Fue en AEBU pero el diseñador intuye que ya nadie lo recuerda, "ni siquiera el Frente". A Julia dejó de interesarle la política porque se ha llevado muchas decepciones; alguna de ellas por el trato recibido en Televisión Nacional del Uruguay (TNU), donde conduce Periscopio desde hace 16 años.

"Si viniera otro partido me favorecería más porque yo trabajé con (Julio María) Sanguinetti, con (Luis Alberto) Lacalle, con (Jorge) Batlle, y nunca me molestaron para nada esos señores. Al contrario: vinieron a mi programa, me han invitado a fiestas. Y ahora en el canal oficial he tenido problemas. Tengo proyectos concretos para hacer un ciclo de entrevistas en profundidad, un programa de living, con charlas, pero no han salido porque este canal se mueve exclusivamente por intereses políticos", dice.

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Es clásica para vestirse y para relacionarse. Se casó cuando salió Miss Uruguay porque su novio se lo puso como condición. Ninguno de los dos trabajaba pero en esa época estaba mal visto perder a un hombre por un concurso de belleza. El matrimonio duró un año y medio. Y nunca más volvió a salir de la casa de su madre para vivir con otro hombre. Es una mujer de noviazgos largos, pero desde que su mamá enfermó, hace seis años, y luego murió, que está sola. La última relación le hizo mucho daño.

Loreley no considera que Julia haya sido una mujer enamoradiza. "Es emocional para expresarse y conmoverse ante sucesos, pero para los amores ha sido bastante racional". Quienes mejor la conocen la definen como reservada y recatada. Quizá porque como hermana mayor debía dar el ejemplo.

Oscar Álvarez le conoció algunos pretendientes pero dice que nada le venía bien. Hoy la ven siempre sola. Ella dice que hizo las cosas que debía a la edad indicada. "En eso también fui ordenada, entonces estoy tranquila".

Le gusta hablar de su "relación amistosa" con Plácido Domingo. Es un relato recurrente en el extenso anecdotario de Julia Möller. Lo conoció aquí y después él la invitó a un par de presentaciones en otros países.

Se hablan por teléfono para saludarse por los cumpleaños o en las fiestas, pero ella opina que las relaciones deben ser "vividas, no contadas. Y la distancia enfría".

—¿Te hubieras ido a vivir con Plácido Domingo?

—Él tenía que arreglar algunas cosas de su situación antes para que me fuera a vivir con él. Igual no me enamoré de él, me deslumbré con él.

La hermana menor de Julia Möller vivió casi cuatro décadas en el exterior, pero la relación entre ambas nunca fue distante. Viajaron muchas veces para visitarse. De hecho, Loreley dice que sus hijos sienten el calor de las tías como si hubieran sido criados al lado de ellas.

Hay ciertas cuestiones en el ADN de los Möller que se transmiten de generación en generación. La solidaridad, la ideología y las convicciones sociales. Pero también lo vinculado al físico y la estética.

Loreley tiene un nieto de nueve años que vive en Venezuela y ella se muere de risa cada vez que lo ve cruzarse de piernas acostado en la cama, porque "lo hace de tal forma que parece la tía Julia". Se lleva en los genes y es innegable.

Julia no tuvo hijos pero su sobrina Valentina es idéntica a ella. Vive en Venezuela y a pesar de que el trato no es cotidiano, tiene gestos y hábitos iguales a los de su tía. Cuando sale con ella siempre le preguntan si es su hija. Julia queda fascinada.

—¿Te hubiera gustado ser madre?

—Ahora que soy grande pienso quién me va a cuidar. Es un poco egoísta, pero también pienso que si no vino fue por algo. No me hubiera podido dedicar a esta profesión. Yo tuve dos relaciones donde me hubiera gustado tener hijos, pero no se dio. Tengo unas sobrinas divinas.

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