CAPÍTULOS DE LA INTRIGA

A 50 años del robo de la bandera de los 33, retazos de una historia inconclusa

En 50 años poco se ha podido saber sobre el paradero de la bandera de los 33 Orientales, robada de un museo en julio de 1969. Pero la empecinada historia se empieza a reconstruir a partir de algunos protagonistas que, tras años de misterio, rompen el silencio.

Esta imagen de la bandera, de origen indeterminado, circula en internet. Se especula que es una foto tomada después del asalto en el Museo Histórico.
Esta imagen de la bandera, de origen indeterminado, circula en internet. Se especula que es una foto tomada después del asalto en el Museo Histórico.

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A sus 40 años Ariel Queiro se sentía feliz. Aventurero como siempre pero más rebelde que nunca, Queirito, “El loco Queiro”, disfrutaba de su libertad pasando días y noches sobre un barco pesquero o explorando el cielo sobre una vieja avioneta brasileña que él mismo había arreglado y que había aprendido a pilotear a fuerza de golpes e intuición. Además de loco, Queiro era -y en esto coinciden todos los que lo conocieron- el mejor mecánico gráfico del país. Por eso en el diario Bien Público le perdonaban sus extravagancias y le pagaban un sueldo exuberante. En un momento se había vuelto un verdadero imprescindible: en tiempos de prohibición de importaciones, durante el gobierno de Jorge Pacheco Areco, Queiro volaba a Buenos Aires y traía toneladas de tinta de contrabando.

Era 1972. El MLN caía bien en la redacción del Bien Público, donde había muchos simpatizantes y algunos tupamaros activos. Queiro anhelaba entrar a la organización pero un malentendido había retrasado su reclutamiento, y entonces otro compañero del diario vio en él una oportunidad. Se llamaba José Alonso, y fue quien lo introdujo a la Organización Popular Revolucionaria 33 (OPR-33).

Y a Queiro, por supuesto, las ideas anarquistas le calzaron a medida.

Aunque el suyo no fue nunca un rol intelectual, sino meramente operativo. Primero le pidieron que trajera un arma automática, y cumplió. Habiendo pasado la prueba, le preguntaron qué precisaba para arriesgarse a hacer “cosas prohibidas”, a lo que él pidió un avión más veloz. Se lo compraron. Ya estaba adentro. Y su seudónimo sería Santo, por una serie de televisión británica popular en esa época, cuyo protagonista era un sofisticado aventurero de ribetes robinhoodenses.

Su más importante misión fue traer de Buenos Aires algo “sagrado” para el país.

Ahora, cuando se cumplen 50 años de la desaparición de la bandera de los 33 Orientales, Ariel Queiro se sienta en el Bar De Vida dispuesto a contar la que, sin dudas, fue su mayor aventura, y algo más.

Volvería a hacerlo.

Pero vayamos cronológicamente. En julio de 1969 los diarios publicaban un día sí y el otro también los pormenores del primer viaje a la Luna. Entre la cobertura previa de este hecho que se llevaba la mayor parte de la atención mediática, y alguna mención a la convulsiva situación política del país, se había colado otro tema: en la Facultad de Medicina se habían izado banderas de Cuba y el Vietcong, pero no la uruguaya; además, en algunos centros educativos había aparecido el pabellón nacional manchado. Los hechos generaron un extendido repudio, y apalancado por el Parlamento se organizó un acto especial de “desagravio” de la bandera para el 18 de julio. Lo cuenta Julio María Sanguinetti en su libro La agonía de una democracia.

En la antesala del acto, el 17 de julio el país amanece con una noticia inesperada: el robo de otra bandera, la de los 33.

Las crónicas inmediatas carecen de detalles. Una breve nota de El País relata que en la tarde del 16, sobre la hora del cierre de una de las sedes del Museo Histórico Nacional, ubicada en Ciudad Vieja, “seis o siete” hombres jóvenes entraron a punta de pistola, redujeron a los funcionarios del museo, los ataron con cuerdas y alambres y se llevaron la bandera que Juan Antonio Lavalleja había desplegado más de un siglo atrás, el 19 de abril de 1825 en la Cruzada Libertadora.

La nota de El Diario agregaba que los asaltantes habían dejado “unos panfletos, un alicate forrado de esparadrapo para que no se fijaran las huellas dactilares y una R dentro de un círculo dibujado en el muro donde estaba la bandera”. Adelantaba, a su vez, que la Dirección de Información e Inteligencia ya estaba investigando los elementos para ubicar a los responsables y restituir la valiosa pieza.

Entre el alunizaje y el acto de desagravio, poca importancia se le dio en los días posteriores a la bandera de los 33.

El 16 de octubre de ese año la Policía detuvo a cinco personas que tenían documentación que revelaba que se proponían asaltar bancos: Hébert Mejías Collazo, América García, Jaime Machado, José Félix Díaz y Elena Quinteros. Las fuentes de los servicios de información indicaban en ese momento que Mejías era uno de los que había robado la bandera. Él lo negaba, y no había pruebas en su contra.

Aun así, los años fueron colocando a Mejías en la escena del crimen, incluso como autor intelectual. Él no lo confirma ni lo desmiente, pero deja entrever que es cierto en un libro que escribió en 2011 y que es casi imposible de conseguir hoy. Se titula Volvería a hacerlo. Allí relata el episodio a partir del cual se empezó a sentir el nombre OPR y su “apellido” 33. Le llama “la recuperación de la bandera”.

Corría la tarde del 16 de julio de 1969. Un viento invernal, suave y frío, provocaba una sensación de incomodidad entre centenares de oficinistas que comenzaban a abandonar la Ciudad Vieja. En la calle Zabala 1469 el encargado de las salas del Museo Histórico Nacional miraba su reloj: en pocos minutos cerraría las puertas. Solo un visitante merodeaba entre los documentos y venerables recuerdos del pasado. El funcionario del museo amable y cansadamente lo invita a suspender su visita haciendo un gesto que señala la salida.

El nivel de detalle evidencia que Mejías no pretende disimular su presencia ese día, todo lo contrario. Habla de dos personas y no de seis o siete, como decían las crónicas periodísticas. La parte en que encañonan a los funcionarios se cuenta bien breve. Y al final, da las razones.

Al retirarse, el grupo dejó varios panfletos con un sugestivo título: “Desagravio a la bandera” seguido de un breve texto explicando los motivos de la recuperación de la “bandera de los 33”: “Pretenden engañar al pueblo los fariseos, parodiando un homenaje a la enseña de nuestra patria. El pueblo contesta recuperando la custodia de la bandera que flameó en la Agraciada. Bajo su lema -“Libertad o Muerte”- se conquistó la primera independencia. Hoy, los Orientales enfrentan nuevamente el despotismo de la oligarquía. Es hora de que esta bandera deje de ser pieza de museo en una insultante posesión de los vendepatrias. Ahora la bandera de los Treinta y Tres flameará nuevamente al tope de las luchas populares”. Al pie: una firma daba cuenta de los responsables del operativo y así -sencillamente- decía: “los Treinta y Tres”.

Mejías Collazo tiene 84 años y vive en un apartamento en Malvín. Está muy mal de salud, por lo que su mujer rechazó su participación en esta nota.

Alguien que lo visitó hace un tiempo contó que Mejías conserva en su casa una foto de la bandera posterior al robo.

No se toca.

En el año 70 Sylvia Da Costa era una niña de 12 años, callada y muy curiosa. Ahora, con 61, es capaz de evocar la imagen de su padre, que trabajaba parte del día como administrativo en Migración y otra parte en una fábrica de vidrios, el día que llegó a su casa con un morral de jean cargado y les dijo a ella y a su hermano: “No se abre. No se toca. No se toca porque corro riesgo de vida”.

Sylvia Da Costa asegura haber visto la bandera siendo niña. Foto: El País
Sylvia Da Costa asegura haber visto la bandera siendo niña. Foto: El País

La orden era clara, pero las ganas de saber qué contenía pudieron más que la obediencia de la niña Sylvia, y a la mañana siguiente, cuando quedó sola en su casa, revisó el morral de su papá. Adentro había un paquete envuelto con papel de estraza cerrado con gomas elásticas.

Lo abrió.

Y lo que vio fue una bandera perfectamente doblada, según cuenta. La desplegó sobre una mesa grande que había en el comedor de su casa, en Cerrito, y vio que era la bandera de los 33. “Estaba vieja, en algunas partes faltaba algún pedacito. Tenía como una trenza anudadita pero muy vieja, blanca pero como gris, vieja ya”, describe. “Abrí aquello y pensé ‘la bandera patria’, que era lo que se enseñaba en esa época en la escuela”.

En el morral, dice Da Costa, había otra bandera que no estaba envuelta y que, según su relato, era la bandera del MLN-T, con la estrella amarilla al centro.

Da Costa asegura que su padre era tupamaro, que se lo había revelado a ella siendo muy chica y que la llevaba a las reuniones clandestinas. Se llamaba Humberto Doré Da Costa y murió en 2017.

Después de ver la bandera, la niña Sylvia la guardó lo mejor que pudo. Sin embargo, para los compañeros de su padre fue evidente que había sido alterada y -siempre según su relato- una noche en la fábrica le dieron una brutal paliza que lo dejó internado en el hospital.

Cuando le dieron el alta, todavía muy lastimado, le escribió en un papel: “Nunca más toques nada”. Cuando pudo hablar, la rezongó como nunca antes y le recriminó: “Yo te tenía confianza”.

Alguna vez, ya de adulta, ella quiso saber más de aquel episodio. Pero él, dice ella, se llevó el secreto consigo.

Algunos tupamaros veteranos dijeron para esta nota que no recuerdan al padre de Sylvia y reafirmaron que el MLN no tuvo parte en el robo de la bandera.

Te jugás la vida.

Tras el golpe de Estado de 1973, buena parte de la dirigencia del OPR-33 se trasladó a Buenos Aires, donde las condiciones eran por entonces más amigables. De allí surgiría el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), que se conformó formalmente en un congreso realizado en junio de 1975.

De la bandera no se supo nada en ese tiempo. Si bien no volvió a flamear, como se anunciaba en el panfleto que dejaron en el museo aquel 16 de julio, en distintas manifestaciones se llevó impresa la imagen de ese símbolo patrio.

A fines de 1973 el mecánico Ariel Queiro estaba en el esplendor de su tarea como piloto al servicio del OPR-33. Ya había trasladado a un compañero herido a un campo en Treinta y Tres (casualidades, nomás) y había llevado a Mendoza a una mujer cuyo nombre nunca supo. Todo lo hacía en el avión que le había comprado la organización y con nafta paga por ellos.

Ariel Queiro afirma haber traído la bandera desde Buenos Aires en 1974, a pedido de la Organización Popular Revolucionaria (OPR-33). Foto: El País.
Ariel Queiro afirma haber traído la bandera desde Buenos Aires en 1974, a pedido de la Organización Popular Revolucionaria (OPR-33). Foto: El País.

Un día de diciembre, el hombre que se comunicaba con él para encomendarle las tareas, de seudónimo Roco, le dijo que lo contactaría su jefe, apodado El Cirujano. A diferencia de Roco, este otro hombre andaba mal vestido y tenía mal carácter, según recuerda Queiro. Fue a verlo a su taller, en Paso de la Arena, y allí se dio el siguiente diálogo:

-Hay que traer una cosa de Buenos Aires que es sagrada para nosotros.

-¿Qué es?

-Es el uniforme de un general.

-¿Y?

-Bueno, te voy a decir la verdad: ese uniforme… Vos me dirás sí o no, pero ese uniforme…

-Yo ya te digo que sí.

-Si no me dejás hablar no nos vamos a poner de acuerdo.

-Sí, yo te dejo hablar todo lo que quieras.

-Hay que traer un traje que era de un general, muy importante para el gobierno nacional y para nosotros.

-Bueno, bueno.

-Pará un poquito. Te jugás la vida.

-Me la juego cada vez que vuelo.

-Mirá, si te agarran los milicos, sos boleta. Y si lo perdés, o violás la intimidad de lo que te dimos, sos boleta de parte nuestra. ¿Te das cuenta de los riesgos? Si no te animás a traerlo, decime que no pasa absolutamente nada.

Queiro se animó. Y no preguntó más.

A los pocos días le dejaron instrucciones escritas. El 9 de enero de 1974 viajó a Buenos Aires en un vuelo clandestino. Debía ir a un bar en la calle Carlos Calvo y encontrarse con una persona que le preguntaría dónde se estaba hospedando y su número de habitación. Volvió al hotel, era el Orleans. A los minutos le sonó el teléfono y el recepcionista le avisó que tenía visitas. Eran dos hombres que entraron a su habitación.

“Uno de ellos me miraba fijo. No me importaba, que me miraran todo lo que quisieran. Entonces me dice ‘Santo’, dije sí, y luego: ‘Trajimos el paquete’”. Mantuvieron una leve discusión respecto a cómo entregárselo, hasta que al final Queiro fue hasta el auto de ellos. “Me dieron un paquete grueso, de poco más de un metro y medio de largo, que había que doblar porque no cabía. Estaba envuelto con un papel raro, que no se rompía; era como una cartulina. Lo doblé y lo até con un hilo. Era pesado, de seis o siete kilos. En mi pieza lo abrí un poco y vi que le habían puesto un sellito al papel, estaba lacrado. El papel era como tela de avión, como una loneta”.

Cuenta Queiro que en aquellos días de enero bajó una niebla persistente en Buenos Aires. Durante una semana, el piloto fue todos los días al hangar de un club en San Fernando para corroborar que el avión estuviera allí. Finalmente, pudo despegar. Retiró la funda de un asiento, colocó el paquete en el respaldo y volvió a ponérsela. El vuelo se desarrolló durante un precioso amanecer.

Todo iba bien hasta que, cuando iba llegando, el torrero de Melilla le dio la contraseña que solía decir cuando había controles aduaneros, para avisarle que no aterrizara con contrabando. Queiro debió descender en una playa cerca de la boca del arroyo Cufré, un lugar que él ya conocía y al que era imposible llegar en auto. ¿Y ahora? En su cabeza retumbaban las palabras de El Cirujano: “te jugás la vida”. Lo único que se le ocurrió fue enterrar el paquete. Buscó una referencia, encontró un palo clavado y lo escondió en la arena.

Cuando finalmente aterrizó en Melilla, lo demoraron diciéndole que el avión tenía una avería. Revisaron toda la aeronave, aunque no el respaldo donde había estado la bandera. Queiro sufría viendo a los funcionarios pisar rastros de arena.

Cuando llegó a su casa, le contó a su compañera -que no pertenecía a la organización y “no quería saber nada al respecto”- y se subieron al auto en dirección a la playa del Cufré. Queiro preveía que tendría que cruzar el arroyo a nado, pero tuvo la suerte que le había faltado antes y estaba tan seco que pudieron pasar en el vehículo. Costó encontrar el paquete, pero finalmente ella lo halló. “Lo toqué y no podía creer”, dice él.

La aventura incluyó una parada de la Policía Caminera de regreso a su casa. Le preguntaron qué llevaba en el cubículo del auto y él respondió “ropa de trabajo”. Lo dejaron seguir.

Antes de que El Cirujano pasara esa noche por su casa en busca del paquete, una pareja de amigos se le apareció de visita. Cuenta Queiro que la señora, intrigada, quiso saber qué había traído de Buenos Aires y, en un descuido suyo, abrió el paquete. Se puso a gritar y salió corriendo al baño horrorizada, de acuerdo con su relato. Lo que había visto era la bandera de los 33 y le increpaba cómo podía ser que la hubiera trasladado sin saber. Él jura que no lo sabía.

Díganles dónde está.

Ariel Queiro tiene ahora 81 años y su vida pasó bruscamente de la aventura a la tragedia. Se le murió un hijo en un extraño accidente con un arma, y tiempo después su mujer, Selva, la que lo ayudó a desenterrar el paquete, no pudo tolerarlo y se suicidó.

Queiro siguió viviendo, pero murió por dentro. “Me eché al abandono, dejé de trabajar, dejé los aviones, perdí el barco pesquero”, cuenta. Hoy vive prácticamente en la miseria.

Jorge Rossi Rebufello, apodado Mau Mau, lo conoció en sus épocas felices. Él también era piloto y se habían vuelto “compañeros de contrabando”. Rossi militó en el MLN, estuvo preso, y cuando salió del Penal de Libertad, el 30 de noviembre de 1983, fue a ver a Queiro a su casa de Paso de la Arena, donde estaba junto a su pequeño hijo que luego murió. Ese día escuchó la historia de la bandera. “Me lo contó como una de sus anécdotas aeronáuticas. Lo tomé como una de las de él. Ariel era un loco de mierda, pero muy capaz y solidario. No le di mucha importancia, y él tampoco”, dice Rossi.

Pero mucho tiempo después, en una de sus estadías en Montevideo -vive hace años en Bahía-, Rossi se indignó cuando vio el estado de pobreza en el que había caído Queiro. Pensó que tal vez Jorge Vázquez, el subsecretario del Ministerio del Interior y exmilitante del OPR-33, podría ayudarlo de alguna forma teniendo en cuenta el riesgo que había corrido para traer la bandera a Uruguay. Fue a la sede ministerial pero no tuvo suerte: Vázquez no lo atendió y lo derivó con su secretaria. No consiguió nada de ellos. Enojado, Rossi contó la historia de su viejo amigo en una de las “charlas de boliche” que transmite por Facebook y emite radio La Candela, de Tacuarembó.

Rossi conoció a Vázquez en el Penal de Libertad, donde coincidieron en el mismo sector durante 10 años. Recuerda cómo cada 19 de abril, aniversario del desembarco de los 33 Orientales, los militares lo sacaban de la celda a él y a otros del OPR-33 y los torturaban preguntándoles dónde estaba la bandera. En broma, Rossi le decía a Vázquez: “Déjense de joder y díganles dónde está”.

Pero nada. El secreto no se rompió. 

Consultado para esta nota, Jorge Vázquez aseguró no conocer a Queiro, ni por su nombre ni por su apodo de militancia. Y agregó: “Yo no participé del hecho (del robo) y por obvias razones de compartimentación, nunca supe quién participó. Nada sé de lo que pasó después porque estuve preso”.

El Juramento de los Treinta y Tres Orientales, óleo de Juan Manuel Blanes de 1877. Foto: Archivo El País
El Juramento de los Treinta y Tres Orientales, óleo de Juan Manuel Blanes de 1877. Foto: Archivo El País

OPR-33, “curiosa nostalgia historicista”

En su libro La Agonía de una democracia, Julio María Sanguinetti relata el proceso de la caída de las instituciones uruguayas, y dedica un capítulo al robo de la bandera, entre otros episodios. Y reflexiona sobre la naturaleza de OPR-33: “Es curioso que siendo su ideología anarquista, con el discurso libertario clásico de resistencia a la autoridad y la sociedad burguesa, se abandone el universalismo para recaer en una curiosa nostalgia historicista. Ese primer paso, de identificarse con los Treinta y Tres Orientales, ubicando incluso su número mágico (de origen masónico) en su sigla, es revelador de su particularidad”. Por otra parte, Sanguinetti indica que la bandera fue confeccionada por Luis de la Torre y su esposa Josefa Cavia, quienes le hicieron pintar “Libertad o Muerte” con tinta negra al pintor suizo Jean Philippe Goulu. Medía 1,23 x 0,72 metros. Fue donada al Museo Histórico Nacional por los hijos de Juan Antonio Lavalleja. El Juramento de los Treinta y Tres Orientales, óleo de Juan Manuel Blanes de 1877, la inmortalizó.

No sigas buscando.

De todo se ha dicho sobre el destino de la bandera. Los rumores la han ubicado en distintos puntos del globo, desde Suecia -donde alguien escuchó que se había escondido debajo de un sofá- a Francia -porque allí se exilió Hugo Cores, quien fuera uno de los principales líderes del PVP.

Hace no mucho empezó a circular que la bandera había aparecido en Las Vegas, Estados Unidos. Se dijo que una mujer había fallecido y que su sobrino la había encontrado en el garaje. De acuerdo con esta versión, el programa Pawn Stars (en español es El precio de la historia), que se emite en History Channell, llamó a un historiador para identificar su origen, y este solo pudo precisar que era latinoamericana. Se dijo que la bandera había estado en exhibición en una famosa casa de empeño y que se había vendido por US$ 2.500 a un estadounidense. Y que incluso el embajador uruguayo en ese país, Carlos Gianelli, había hecho gestiones para recuperarla -algo que el propio Gianelli desmintió por completo para esta nota.

Entre los militantes del PVP, la versión más extendida es que la bandera se destruyó en alguno de los allanamientos perpetrados por militares uruguayos a sus compañeros en Buenos Aires.

Ya siendo diputado, Cores fue varias veces interrogado en el Parlamento acerca del destino de la bandera. En una oportunidad, según recogió el diario La República, dijo que le constaba que la bandera había estado “en perfectas condiciones” hasta 1974, justo el año en que Queiro afirma haberla traído en avión.

En 1991, después de sufrir varias amenazas y hasta un atentado en la puerta de su casa que terminó volando en pedazos su auto, Cores formuló ante sus colegas diputados cuatro hipótesis sobre el posible paradero de la bandera. Lo recoge Ivonne Trías en su libro Hugo Cores: pasión y rebeldía en la izquierda uruguaya: “Uno, los militantes del PVP que la custodiaban y que fueron detenidos, secuestrados, torturados y desaparecidos en los allanamientos de 1976, no revelaron su escondite. Segundo, la bandera se perdió en la acción represiva que desplegaron los militares uruguayos que actuaban en Buenos Aires. Tercero, la bandera fue destruida durante los saqueos y demoliciones de los domicilios allanados. Cuarto, la bandera está en poder del personal militar que actuó en aquellos operativos”.

Entre tanta incertidumbre, hay algo que es un hecho: durante la dictadura, especialmente a fines de los 70, los militares se propusieron como objetivo encontrar la bandera. En 1975 en particular, año en que se celebró el 150 aniversario del desembarco de los 33 Orientales, los interrogatorios a los militantes del PVP fueron más duros. Y en julio de 1976, a los 24 que vinieron desde Buenos Aires en el llamado “primer vuelo” se les intentó sacar información sobre el paradero de esta pieza, pero sin ningún éxito.

El foco estaba puesto especialmente en la militante Sara Méndez. “Ella sabía dónde estaba”, dijo en entrevista con El País José Gavazzo, que lamentó no haber podido lograr de ella ninguna revelación. Gavazzo aseguró, en referencia a la represión al PVP en Buenos Aires, que “todo empezó con la bandera”: “Teníamos orden de encontrarla”. Contó que en 1975 les llegó el dato de que la bandera estaba escondida en una casa cerca de la playa del Cerro y que los militares de la OCOA hicieron un allanamiento en el que tampoco se logró nada, pero con una particularidad. Mientras transcurría el operativo sonó el teléfono y una voz femenina dijo al oficial que atendió: “No sigas buscando, no la vas a encontrar”.

Historiadores creen que se debe haber destruido

Al momento del robo, la bandera estaba enmarcada en dos grandes vidrios y ya mostraba el desgaste propio del tiempo. Por eso, los historiadores tienden a creer que semejante reliquia debe haberse destruido. Décadas atrás, cuando la búsqueda de la bandera era intensa por parte de los militares, el historiador Angel Corrales, que fue jefe de la división Historia del Ejército, le aseguró a José Gavazzo que “el solo vibrar de un auto la convertiría en polvo”. En función de la opinión de Corrales, Gavazzo está convencido al día de hoy de que los militantes del OPR-33 no la pueden haber mantenido en buenas condiciones. En 1991, dos de los principales dirigentes de la organización anarquista, Juan Carlos Mechoso y Héctor Romero, le dijeron al semanario tupamaro Mate Amargo en una entrevista que la bandera “siempre estuvo bien cuidada” por “compañeros de máxima representatividad”.

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