Ya no es arte

Hace unos días, mientras participaba del carnaval de Melo, un periodista le preguntó al presidente de la República Luis Lacalle Pou “¿Le duelen las críticas de las murgas en Montevideo?” a lo que el presidente respondió: “Si me dolieran, estaría todo averiado, abollado.” Unos días antes el ministro de Educación Pablo da Silveira había expresado sobre el mismo tema: “Uno quisiera que la acidez se repartiera parejo para todos lados y es claro que eso no pasa” y también agregó “Es parte de la libertad de una sociedad libre”.

Evidentemente tiene razón el ministro da Silveira en sus dos frases citadas. Que casi todas las murgas de Montevideo decidan hacer política proselitista por el mismo partido político es parte del funcionamiento de una sociedad libre, por tanto, no hay nada que objetar a que se manifiesten de esa manera. Eso sí, precisamente como estamos en una sociedad libre es que podemos criticar que eso suceda, especialmente porque con la deriva que ha tomado en los últimos años están poniendo en riesgo la propia existencia del fenómeno cultural, al destruir el espec-táculo artístico.

En efecto, el carnaval montevideano ha tenido desde su propio origen como característica distintiva el despliegue de espectáculos de índole teatral ajenos a la mayoría de los otros de su tipo en el mundo e incluso dentro del país. Estos espectáculos también prácticamente desde sus comienzos han tenido una veta crítica con el poder de turno, con los políticos, empresarios, autoridades religiosas y un largo etcétera. De allí su veta de hilaridad, también poco común en otro tipo de fiestas populares de tenor simular.

Estos espectáculos en que se realizaba la burla con crítica del presidente de la República, un ministro, un militar, un obispo, un empresario importante o un periodista reconocido eran en la enorme mayoría de los casos bien recibidos por quien era burlado, entendiendo el espíritu festivo que tenía. Más aún, era una mala receta para el involucrado enojarse, ya que hablaba más de su mal carácter que de lo que podía llegar a expresar la murga.

En los últimos años, sin embargo, esta expresión artística popular y humorística ha ido derrapando hacia otro terreno en que ha ido perdiendo tanto su carácter artístico como su sentido del humor. El arte requiere cierta elipsis, el recurso a determinadas metáforas para no ser simplemente un panfleto. Insultar al presidente de la República o a quien sea puede recoger aplausos en un acto del Pit-Cnt, pero bajo cualquier criterio ya no es una expresión artística, es una manifestación política e incluso dentro de esta categoría, de la peor especie.

Adicionalmente, cuando el sentido del humor es sustituido por el enojo se suspende tanto el arte como la argumentación racional, adentrándose en otra categoría de espectáculo, vale decir el del discurso de barricada. Por más que los murguistas se pinten la cara, se pongan coloridos disfraces y lo digan cantando, si insultan al público que los está escuchando por no votar lo que ellos entienden que es lo moralmente correcto ya no queda nada de algún valor artístico.

Este nuevo carnaval, por cierto, ha desalojado de los escenarios a quien no sea un frentista militante ya que a nadie le gusta que lo insulten gratuitamente en la cara o lo traten de idiota. Incluso a los frentistas que valoraban el carnaval como espec-táculo la degradación de las murgas le debe resultar un espectáculo aburrido y sin mayor gracia. Es que casi todos los repertorios se han vuelto tan predecibles en sus formas y en su fondo que hasta la sorpresa artística se ha perdido. Casi todas las murgas abordan exactamente los mismos temas con el mismo enfoque y las mismas melodías. No hay forma en que no se termine espantando a quien va a los tablados esperando lo que solían ser las actuaciones de las grandes murgas del pasado.

A la hora de buscar explicaciones respecto a por qué hemos perdido el carnaval de Montevideo -que no los del interior- como un espec- táculo artístico existen varias evidentes. La financiación que reciben de una intendencia cada vez más radicalizada, como se demuestra en TV Ciudad, la apelación a lo políticamente correcto dentro del mundo progre bienpensante, el auspicio y el préstamos de locales de ensayo por partes de sindicatos y afines figuran sin dudas de forma prominente.

Es una verdadera pena que se haya destruido el carnaval de Montevideo, pero quizá de estas cenizas en que hoy se encuentra pueda resurgir algún conjunto que represente un débil brote verde de renovado valor, si se anima a enfrentar la furia de sus compañeros de certamen.

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