¡Viva la diferencia!

El comienzo de año marca dos hitos para la política uruguaya. Dos hitos que no podrían ser más diferentes, dos hitos que definen una forma de entender el mundo y a la política. Y que pese a que algunos puedan sugerir que son cuestiones pasadas, en las que no vale la pena seguir profundizando, las reacciones de actores de primer nivel en la política actual al respecto, dejan en evidencia que es vital seguir recordando.

El 2 de enero de 1865 es fusilado Leandro Gómez en Paysandú. Ocurrió tras resistir durante un mes el acoso militar de las fuerzas insurrectas de Venancio Flores, los barcos de la armada brasileña, y el apoyo del gobierno argentino. A todos enfrentó Leandro Gómez y sus tropas irregulares, en lo que es una de las gestas más memorables de la historia nacional. Que dejó una lección inolvidable de amor a la patria, a las instituciones, y al nacionalismo bien entendido, como defensa de lo propio ante la prepotencia extranjera.

Todos los amantes de la libertad y la independencia nacional, incluso quienes comparten divisa con Flores, reconocen y recuerdan este hito histórico en Uruguay. Pero hay otros que prefieren celebrar otra fecha.

Es que el 1 de enero de 1959 ocurrió el triunfo de la Revolución cubana. Otro episodio que marcó a todo el continente, aunque de manera muy diferente.

Para empezar, el hito quiso presentarse como una gran victoria de la “dignidad” del pueblo cubano, frente a las presiones e influencias extranjeras. Una mentira grande como una casa, ya que lo que ocurrió fue una victoria de un grupo apoyado por la Unión Soviética, que aceptó convertir a su país en plataforma de lanzamiento de misiles nucleares, como contrapartida de acceder al poder. ¡Linda forma de entender la soberanía y la independencia!

En segundo lugar, implicó habilitar la influencia del comunismo en todo el continente, ya que Cuba fue, a partir de entonces, la plataforma de lanzamiento de la influencia soviética en América Latina. Financiando y entrenando a grupos insurgentes, que luego se desparramaron por toda la región. Y, con ellos, la obvia penetración de la Guerra Fría en el continente, ya que EE. UU. nunca iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo la influencia de su principal enemigo global crecía sin control en su hemisferio. Esos polvos trajeron muchos lodos... y sangre.

Por último, fue la imposición por las armas de una ideología perversa en América Latina, una forma de ver el mundo inhumana, obtusa, que inyectó el virus del resentimiento y el odio en el continente. Una ideología fracasada, que en Cuba, 65 años después, solo puede exhibir datos de miseria africanos, una diáspora de millones de cubanos desparramados por el continente, y más de mil presos políticos, hoy mismo, en esa isla. Donde en 65 años nunca hubo una elección transparente.

Los amantes de esta revolución se llenan la boca hablando de “dignidad”, de “justicia social”, de consignas sentimentaloides y huecas. ¿Dónde está la dignidad en que las jóvenes de ese país modelo deban acostarse con rubicundos turistas europeos a cambio de comida y elementos de higiene básicos? ¿En que los cubanos prefieran tirarse a nadar a un mar lleno de tiburones con tal de huir de esa isla cárcel? ¿En que una misma familia haya gobernado por 65 años como si fuera la realeza europea del siglo XVII?

Y, sin embargo, hay muchos políticos uruguayos que festejan ese proceso como un logro, como un faro que guía su camino. Y no solo son militantes setentosos de boina y morral, rumiando su rencor por los sueños juveniles frustrados en algún comité. Todos los precandidatos del Frente Amplio han festejado en las últimas horas este hecho trágico, y señalado su admiración por la dictadura cubana.

Tal vez el más lamentable haya sido Mario Bergara, que intentando dar un toque de distancia, afirmó que “aceptar la realidad no implica renunciar al patriotismo ni a la utopía. La emoción es irrenunciable, pero también la racionalidad política y económica”.

¿Qué emoción? ¿De qué habla con semejante frivolidad Bergara?

Alcanza con charlar 10 minutos con cualquier cubano migrado a Uruguay para darse cuenta de la gravedad de la banalización en la que incurre Bergara, festejando un régimen liberticida, empobrecedor, y donde criticar al gobierno implica cárcel y tortura.

Pero hay algo positivo de todo esto. Y es que muestra cuáles son los valores de fondo que defiende alguna gente. Como para que los uruguayos tengan bien en claro lo que festejan unos, y lo que recuerdan otros.

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