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Una realidad alarmante

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Inmersos como estamos en nuestros temas, en nuestra campaña electoral y en cómo nos afecta lo que ocurre en la vecina Argentina, solemos subestimar la realidad mundial, como algo lejano cuyos efectos no llegarán acá.

El atentado en Moscú hace cuatro días, la creciente preocupación europea por lo que sucede en Ucrania, las protestas populares contra el régimen cubano, los atropellos incesantes de Maduro para imponerse como presidente en Venezuela, y la guerra contra Hamás son hechos que muestran un mundo más sacudido, y más peligroso, de lo que creemos ver desde acá.

Un mundo donde el desprecio a la democracia, a la libertad, al Estado de Derecho, a las instituciones está en el orden del día.

El cruento atentado en Moscú, sucedido días después de una elección en la que Vladimir Putin ganó por abrumadora mayoría (tan abrumadora que nadie creyó en ella) fue una señal de alerta sobre realidades que siguen vigentes pero que a veces el mundo se anestesia ante ellas.

Por lo pronto, ISIS vive y lucha. El terrorismo basado en el islamismo fundamentalista sigue siendo una amenaza a la convivencia pacífica.

Hoy ella está mostrando, en sus muy distintas variantes, todo su vigor no solo con este atentado terrible, sino con lo que pasa en Medio Oriente: una guerra lanzada por Hamás con su masacre contra Israel y que mantiene al negarse a liberar rehenes y al seguir usando a su gente, los palestinos, como escudo detrás del cual esconderse ante la obvia respuesta israelí. A ello se suma la complicidad de Hezbolah con sus ataques desde el Líbano y el surgimiento de un tercer actor que ataca desde Yemen. Los tres apadrinados por Irán.

Tanto el atentado en Moscú como la escandalosa elección arreglada de Putin (quien hubiera sido su principal adversario murió en una cárcel rusa hace apenas unas semanas) vuelven a poner al intento ruso de conquistar Ucrania sobre el tapete. La prolongada guerra genera cansancio en el apoyo occidental, al punto que el Congreso norteamericano no está dispuesto a aprobar recursos para el gobierno en Kiev, y ello se ve en los retrocesos sufridos en el campo de batalla por el ejército ucraniano y en la reciedumbre de las nuevas ofensivas rusas.

La guerra de Ucrania, sin embargo, presenta un enorme desafío para Occidente y los valores democráticos, republicanos y liberales que representa. Su evolución y desenlace debe preocupar y es sin duda, de todas las situaciones reseñadas en este editorial, la que más alarma debería causar.

Tanto es así que silenciosamente (y a veces ni tanto), Europa está previendo nuevos pasos a dar, según cómo evolucionen los hechos. El primer temor es a un triunfo electoral de Donald Trump en noviembre de este año. El candidato republicano no oculta sus simpatías con Putin ni su desprecio a la OTAN. Ello está empujando a Europa a pensar en sus propias estrategias de defensa, ante la posibilidad de que deba prescindir de Estados Unidos. Francia ya habló de una eventual participación suya, llegado el caso. El temor a que la guerra involucre a más países no solo sigue sin ser descartada, sino que algunos analistas lo ven factible.

Se habla mucho de negociar. El Papa Francisco llegó a pedirle a Ucrania (el país agredido) que no tema levantar la bandera blanca (la que implica una rendición). Pero al igual que en los años 30 del siglo pasado, todas las políticas de apaciguamiento no pasan de ser vergonzosas concesiones a estos regímenes autoritarios con su versión actualizada de lo que fue el nazismo y el fascismo hace 100 años.

Respecto a las otras situaciones explosivas, la preocupación es la misma. Las protestas en Santiago de Cuba por falta de corriente eléctrica y alimentos básicos, demuestran el fracaso rotundo del socialismo castrista. Pero también muestran que aún con todo en contra, el régimen sigue teniendo un control feroz sobre el país. El día que se sepa todo lo que esa dictadura ha hecho en tantas décadas, muchos acá (sindicalistas y frentistas) no sabrán dónde esconderse de la vergüenza que pasarán por haberla defendido sabiendo lo que en realidad era.

Lo mismo pasa con la Venezuela de Maduro, que llama a elecciones por cierto nada libres. Al ir neutralizando uno a uno a sus contrincantes, sabe que estarán manipuladas para asegurar la continuidad de una dictadura que lleva más de dos décadas.

No son tiempos fáciles. El mundo está más convulsionado de lo que se ve desde aquí. Conviene tenerlo muy presente.

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