Este fin de año fue pródigo en renuncias de connotadas autoridades en distintas áreas, lo que parecería estar marcando una curiosa tendencia en la interna del gobierno frenteamplista.
El director de Agesic Daniel Mordecki lo hizo denunciando la conducta del director general de Presidencia, Diego Pastorín, por considerarla “absolutamente reñida con los principios del Frente Amplio”: “desde el inicio el relacionamiento con el Sr. Pastorín incluyó prepotencia, avasallamiento, arbitrariedad y faltas de ética, algo que se mantuvo sin disrupciones durante todo el período, dirigidos hacia el equipo de dirección de la agencia y hacia mí”.
La directora del hospital pediátrico del Pereira Rossell, Virginia Longo, también renunció a su cargo, según algunos medios “por motivos personales” y según otros, “por discrepancias con el director general del centro, Gustavo Giachetto”.
El jerarca de la Dirección Nacional de Innovación, Ciencia y Tecnología del Ministerio de Educación y Cultura, Gonzalo Tancredi, lo mismo. En carta pública cuestionó que el gobierno, en la ley de presupuesto, duplicara la institucionalidad en esta materia al crear una secretaría de Ciencia y Valorización del Conocimiento en la órbita de Presidencia.
A nivel departamental, se informó asimismo que el gerente de Gestión Ambiental de la Intendencia de Montevideo, Pedro Maldini, renunció a su cargo debido “al volumen de trabajo que había y a una falta de compatibilidad personal”, según fue anunciado desde la comuna.
Si a esto sumamos las denuncias de cinco funcionarios de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente contra su titular Alejandra Casablanca, por verse sometidos “de forma constante y reiterada a destratos, gritos, descalificaciones, hostilidad, presiones indebidas y actitudes amenazantes”, debemos asumir que tantos casos semejantes no pueden ser productos de la casualidad.
Hablan de un manejo discrecional del poder, donde se designan jerarcas que imponen su mando desde el autoritarismo y no a través de la persuasión y el liderazgo.
Es un modelo de gestión humana que contrasta con el estilo campechano del primer mandatario, cuyo don de mando parece ir por el andarivel opuesto. La paradoja no es casual: sus habituales declaraciones aludiendo a que “deja hacer”, tratando de intervenir lo menos posible, tal vez incentive a algunos subordinados a jugar al absolutismo.
La perplejidad es de doble vía, porque si de un lado debe objetarse ese talante prepotente de los denunciados, del otro llama la atención la escasa discreción con que los denunciantes divulgan sus enojos. Sería razonable que quienes fueron designados para ocupar cargos públicos por un partido al que deben lealtad, no expusieran en carne viva sus críticas contra ese gobierno que confiaba en ellos.
¿Es una estrategia de que el oficialismo arme una oposición paralela, que silencie a la verdadera? Creemos que no. Más que silenciarla, lo que hace es alimentarla, sin duda alguna (y en cierta forma, la distrae de los asuntos aún más graves que merecen fuertes reclamos opositores).
La explicación parece estar en la extraordinariamente dramática carencia de liderazgo dentro del Frente Amplio, donde la autoridad es escasamente reconocida y cada uno apuesta a imponerse más por el volumen de su voz que por la coherencia de acción con un proyecto común.
Es una de las evidencias más claras de que no estaban preparados para asumir el gobierno. De que pueden surfear la gestión en la medida en que el país no se someta a crisis provenientes del exterior, reivindicando una “revolución de las cosas simples” (bien distinta al derrotado “segundo piso de transformaciones”) que equivale a no hacer olas y dejar que el quinquenio transcurra sin tropiezos. Imagine el lector a este gobierno enfrentado a una crisis como la de la pandemia de 2020 y 2021, que requirió tomar decisiones polémicas y ejecutarlas, con una coalición de partidos encolumnada detrás de los lineamientos de las autoridades.
Mientras pueda, la administración del FA seguirá manteniendo al Titanic a flote, desandando algunos avances logrados por el gobierno anterior pero sin estrellarse contra ningún iceberg. Sin embargo, si uno de estos llegara a aparecer en el horizonte, inquieta pensar quién se disputará el manejo del timón.
Hace falta una oposición responsable y eficientemente coordinada que marque estas falencias y demuestre a la opinión pública que la coherencia política aún existe.