A esta altura, el gobierno le va a tener que enviar un regalo muy significativo para fin de año a la dirigencia máxima del Frente Amplio, y del Pit-Cnt. Es que sus declaraciones, críticas destempladas, y tono general de hacer política, son la gran explicación de por qué el gobierno viene manteniendo una altísima popularidad, y buenas chances de revalidar en las próximas elecciones, pese a los errores muchas veces infantiles, en los que ha incurrido en estos meses.
Un ejemplo bien claro es lo que sucedido con la filtración de esos audios grabados por la exsubsecretaria Ache, y que costaron el cargo al canciller Bustillo, y a la cúpula del ministerio del Interior. Todo en una reacción incluso un poco desproporcionada del presidente Lacalle Pou, que ha dado muestras de que ante la primer sospecha, no le tiembla el pulso para “degollar” a ningún cargo de su administración.
Pero cuando todo el mundo analizaba la comparecencia del presidente ante la prensa a su regreso de Estados Unidos, cuando incluso en filas de la coalición gobernante se ponía en duda si alcanzaba con esas respuestas para poner fin a la crisis desatada, vino la ayuda inesperada.
Primero, con la conferencia de prensa de Fernando Pereira. Al presidente del Frente Amplio hay que reconocerle un talento muy particular para la dialéctica más repelente y chocante que se pueda escuchar en la política nacional. Puede ser que ese tono, esa expresión de permanente resentimiento, ese odio mal contenido, sea exitoso en asambleas sindicales o detrás del “muro de yerba” de los sobrevivientes comités de base. Pero para el resto del Uruguay resulta intragable.
Pereira habla siempre como si estuviéramos ante un gobierno que sobrevive por una milagrosa conjugación de los astros. Y habla así desde el mismo día en que asumió la coalición, dejando en evidencia que su problema es con el cambio de gobierno, no con nada que pueda ocurrir con Lacalle Pou. La realidad es que casi cuatro años después de asumir, y pese al hostigamiento en la pandemia, a la “bulla” artificiosa con el “caso Astesiano”, a las denuncias trágicas y sin fundamente por el acuerdo en el Puerto o la LUC, Lacalle Pou mantiene una popularidad que roza el 50%.
Y cada vez que alguien más o menos pensante puede cuestionarse si el actual gobierno hizo algo mal, alcanza ver en Pereira cual sería el rostro de la alternativa, para que la posición del gobierno actual se solidifique como el acero.
Pero como si fuera poco con esto, el lunes tuvimos un ejemplo todavía más gráfico de lo que estamos hablando. Cuando lo que era una verdadera fiesta, la inauguración de un hospital en el Cerro, pretendió ser empañada por un grupo de militantes del MPP liderados por la diputada Cairo, y algunos notorios “barras” del club Cerro.
Todo el país pudo ser testigo de que el hecho de cumplir una promesa electoral por parte de Lacalle Pou, inaugurando una obra eternamente postergada, una inversión de más de 15 millones de dólares en un barrio donde el actual gobierno no tiene un caudal electoral masivo, pretendió ser empañado por un grupito de activistas po-líticos fanatizados. ¡Que incluso insultaban cuando se cantó el himno nacional!
De nuevo, eso podrá ser festejado en los raídos salones de algún comité de base, o en el aromático entorno de la sede de un club donde se prepara alguna murga. Pero para la abrumadora mayoría de los uruguayos, eso es una muestra de prepotencia e intolerancia, totalmente reñida con los valores nacionales.
Hay un detalle importante que señalar acá. El panorama político uruguayo, a un año de las próximas elecciones, está enturbiado por la forma en que muchos comunicadores y politólogos afines al Frente Amplio buscan imponer una narrativa de victoria casi inevitable de esa fuerza política. La realidad es otra.
Como muestran las últimas votaciones, el país se encuentra dividido en dos bloques irreductibles de más o menos un 40% del electorado. Y quienes definirán la elección en octubre del 2024 son gente poco politizada e informada, que votará más bien por su situación personal económica, o aspectos emocionales circunstanciales. ¿Usted se imagina cómo le cae a esa gente que un acto como la inauguración de un hospital público sea usado por una patota fanatizada para insultar al presidente más popular de los últimos años? ¿De qué lado cree que se va a poner esa gente? ¿Del que insulta cuando se canta el himno? Lo dicho, el gobierno debería pensar desde ya qué buen regalo envía a la sede del FA antes de la próxima navidad.