Se lo acorrala en todos los frentes

Uno de los asuntos más cuestionados por la oposición respecto al informe presentado por el presidente Luis Lacalle Pou ante la Asamblea, fue el de la seguridad.

Basta mirar los informativos para entender que allí hay un problema serio. En algunos aspectos, no es igual al de hace unos años. No se ven tantos robos y copamientos. Los hay, por cierto, pero menos. Sin embargo, lo que sí se ve, y asusta, es que todos los días alguien es asesinado. Un cuerpo aparece tirado en el medio de un campo, alguien que camina por la calle es acribillado desde un auto o una moto.

El tema es gravísimo y el gobierno lo sabe. La causa de tantas muertes tiene que ver con la droga. Para mucha gente entrar en ese negocio parece una fácil manera de tener ropa vistosa, moto y buenos “championes”. Creen que pueden saltear algunas de las tenebrosas reglas que rigen en ese submundo, y un día aparecen baleados.

La oposición insiste en que las políticas de seguridad deben ser acordadas con todo el sistema político. Quizás ese sea un primer paso, aunque olvida que siendo presidente, Tabaré Vázquez instaló una mesa de diálogo con los demás partidos en la sede del Ejecutivo. Todo lo que allí se acordaba y enviaba al Legislativo, era luego desarticulado por la propia bancada frentista. Al final, por sugerencia del entonces senador Lacalle Pou, los blancos decidieron irse; sentían que perdían el tiempo.

El Frente Amplio sabe que hay mucha gente preocupada con lo que ocurre. Pero olvida (el Frente, no la población) que fue quien permitió que la actual situación creciera. Durante su gestión tales asesinatos, se decía, eran “por ajustes de cuentas”, hechos internos de un submundo que no afectaban la seguridad de la gente común.

Sus erradas lecturas permitieron este desmedido crecimiento. No se le dio importancia al narcomenudeo y al tolerarlo, dejó de ser menudo.

Al narcotráfico se lo combate en todos los frentes: los grandes “empresarios” de la droga y el pequeño comercio. Al afrontarlo, arriba y abajo, se lo acorrala y asfixia, se hace que el negocio sea más peligroso, más caro y menos rendidor.

Hoy el drama sería menor si hace 15 años (cuando era un tema incipiente) se lo hubiera enfrentado con firmeza.

Una columna de Pedro Bordaberry publicada hace unas semanas en este diario, daba ordenada cuenta cronológica de cómo el fenómeno creció sin que los anteriores gobiernos hicieran algo para impedirlo.

La droga se ha vuelto apetecible y en especial la peor, la más ordinaria y dañina. Crece e impresiona la cantidad de jóvenes que duerme en la calle. Son personas de entre 25 y 40 años, cuya adicción los llevó a un pozo sin salida. Pese a su juventud, no están en condiciones de trabajar y por su permanente perturbación, sus familias no quieren saber de ellos. Están desesperados por conseguir un peso para lo próxima dosis. Son hombres y mujeres en la plenitud de su vida que perdieron todo sentido de ella. Si esta realidad creció y está a ojos vista, es porque el comercio y el crimen vinculados a la droga crecieron en estos años, tolerados por quienes debieron impedirlo.

No es fácil aplicar una estrategia eficaz que dé resultados rápidos, pero hay pasos que son evidentes: que haya mayor rigor en las penas y más eficacia en la represión policial. La condescendencia, la seudocompasión con justificación social solo agrava las cosas. El narcotráfico no es un delito menor: es crimen, es mafia, es terror.

Quizás sea hora de invertir en cárceles más grandes y mejor diseñadas, donde no haya hacinamiento sino al contrario, celdas para una persona, aislada de sus socios. Y ningún contacto telefónico con el exterior. Esto que pasa en Rosario, Argentina (una ciudad aterrorizada), donde los jefes del narco ordenan desde sus celulares, a quién asesinar, es demencial.

El rigor bien aplicado no viola derechos humanos. Quien cometió crímenes y asesinatos, no va preso para pasarla bien. Insistimos, el rigor se puede (y se debe) cumplir sin violar derechos humanos.

No hacerlo es mantener viva la inseguridad en las calles. Eso hará que el miedo crezca y la gente reclame más mano dura. No la mano dura esperable en un sistema carcelario eficiente, sino la que sí viola elementales derechos. Es lo que mediante la presión y la arbitrariedad hace Bukele en El Salvador.

Que no se equivoquen los que cuentan votos. Al final los hay más entre las víctimas que entre los criminales y narcotraficantes. Que nadie se confunda.

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