¡Perón, Perón!

El pueblo argentino concurrió a las urnas y, una vez más, despertó la sorpresa de la región y del mundo. El candidato oficialista Sergio Massa, ministro de Economía y virtual presidente en funciones se colocó en primer lugar, con cierta ventaja respecto a Javier Milei que, finalmente, obtuvo un buen resultado pero claramente peor al que esperaba. ¿Cómo puede explicarse la resistencia del peronismo a morir a pesar de los pésimos resultados que le ha deparado a la República Argentina? Como un virus que se incorpora a un cuerpo sano, parece que está decidido a seguirlo deteriorando, aunque con ello finalmente ponga en cuestión su propia existencia.

La primera explicación debe ser, indudablemente, cultural. Una gran parte de los argentinos se identifican o se sienten peronistas, lo que es apenas discernible racionalmente, desde el punto de vista de qué implica desde el punto de vista doctrinario, pero que tiene un fenomenal componente afectivo. El peronismo, como la adhesión a un cuadro de fútbol, no disminuye por los malos resultados del cuadro.

Pese a que la aplicación consuetudinaria de las recetas de nacionalismo económico y corporativismo que han caracterizado al movimiento desde los tiempos del fundador y Evita han deparado el empobrecimiento progresivo de la Argentina, los peronistas se mantienen inconmovibles en su adhesión a la causa.

Cuando un movimiento político logra tal identificación con un pueblo que se confunde con la propia patria, como Sergio Massa dejó en claro en su discurso de la noche del domingo aunque no haya mencionado al General, tiene buena parte del partido ganado antes de empezar. Por eso se equivocaron las previsiones economicistas que presagiaban que un candidato ministro de Economía con resultados lamentables desde que asumió no podía tener una buena votación.

Amén de la capacidad innegable del candidato Massa de fingir demencia sobre la participación conjunta en este gobierno de Alberto Fernández, Cristina Fernández y él mismo, es notorio que hay una fervor popular peronistas que resiste toda la evidencia acumulada en su contra.

Es cierto que el gobierno argentino no ha tenido ningún escrúpulo a la hora de usar los recursos públicos para su causa electoral y que en función de intentar pelear la elección Massa utilizó artimañas por demás sucias que comprometen el futuro de corto plazo de su país, como un endeudamiento desbocado, pero desde el punto de vista electoral notoriamente le resultó beneficioso.

La economía no le jugó a favor, pero toda la batería de medidas que implementó para intentar compensar en el corto plazo los efectos negativos en el largo plazo de sus políticas le dieron frutos. Luego de ganar el domingo volvió a la carga, y el mismo lunes anunció un nuevo tipo de cambio para las exportaciones que tendrá vigencia… ¡hasta las elecciones!

También parece ser cierto, desafortunadamente, que la corrupción rampante no es un asunto que parezca influir en la decisión de los votantes. Ni el escandaloso caso de Insaurralde, ni tantos otros que se acumulan sobre principales actores del oficialismo parece haber sido tomado en cuenta por un número muy significativo de ciudadanos del país vecino. En el mismísimo distrito de Lomas de Zamora, donde el candidato del gobierno era un títere de Insaurralde, el kirchnerismo ganó con luz la elección.

También se podrá argumentar que la oposición tiene parte de la culpa, por no haber logrado concurrir unida y, por el contrario, presentando un nivel de enfrentamiento importante que desvió la atención de la crítica dura al gobierno que hubiera sido deseable. En el primer debate presidencial, sin ir más lejos, Sergio Massa ni siquiera debió responder por ninguna acusación de corrupción ni de malos resultados, cuando era notoriamente un talón de Aquiles muy expuesto para Unión por la Patria.

De cara a una segunda vuelta de resultado incierto, Massa apela nuevamente al peronismo más básico, aunque no lo nombre y tenga a Alberto y Cristina encerrados en un armario.

Patria, Dios, Bandera, Malvinas y Papa Francisco se combinan en un discurso en el que habla del fin de la grieta aunque desliza que quien no está de su lado es un vendepatria. Más allá de que ciertamente la performance de Massa deberá ser estudiada como un caso de éxito en las escuelas de marketing político, no puede desconocerse que se da sobre un sedimento cultural que tiene atada a la Argentina en el lodo, impidiéndole superar la crisis que arrastra desde hace demasiado tiempo gracias a esa enfermedad llamada peronismo.

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