Pedazos del techo de cristal

La frase con que Robert Silva felicitó a Virginia Cáceres por su confirmación al frente de ANEP fue sin duda ingeniosa: “Hasta acá llegaron los pedazos del techo de cristal!”. Tuvo la puntería de implicitar una situación paradójica: a pesar de ser Cáceres la primera mujer en ocupar la máxima jerarquía del organismo, su nombramiento fue resistido por quienes se autoproclaman defensores de la equidad de género; legisladores frenteamplistas y sindicalistas del gremio docente.

Son los mismos que todos los días, en defensa de un loable feminismo, entreveran consignas anticapitalistas, ¡como si en las economías colectivistas las mujeres tuvieran los mismos derechos de que gozan en Occidente! Todo esto sazonado con una satanización del “heteropatriarcado” que más evidente o veladamente, promueve un enfrentamiento entre varones y mujeres como si se tratara de una injusticia sistémica.

No se trata de conceptos novedosos. Provienen de autores como Ernesto Laclau, filósofo argentino posmarxista que, siguiendo a Antonio Gramsci, propone una multiplicación del concepto de lucha de clases en el interior de las sociedades occidentales. Para él y sus seguidores la democracia no debe consistir en el consenso de intereses contrapuestos sino, por el contrario, en la lucha cruenta de unos contra otros.

De esa raíz surge una seguidilla de apelaciones divisionistas y se promueven conspiraciones, ya no solo de patronos contra obreros, sino también de hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, cisgénero contra trans, binarios contra no binarios. Incluso han incentivado el conflicto entre mujeres trans y las llamadas “TERF” (Trans Exclusionary Radical Feminist), que serían feministas ultras contrarias a compartir sus consignas y marchas con aquellas.

Lo paradójico es que si algo ha logrado la civilización occidental ha sido ir creciendo en igualdad ante la ley y reconocimiento de derechos para las minorías, aun a pesar de escasos estratos conservadores con olor a naftalina.

En cambio, los países que rechazan los valores de Occidente, satrapías con dictadores socializantes que oprimen a sus pueblos, son los primeros en perseguir al diferente, discriminarlo e incluso condenarlo a muerte.

La guerra Israel-Hamás es un caso dolorosamente emblemático. “La trinchera de Occidente” como la llama con acierto el expresidente Sanguinetti, es una democracia plena donde se respetan y amparan por ley todas las orientaciones sexuales e identidades de género. Sin embargo, estos feministas de manual maximizan las víctimas palestinas de la guerra y defienden nada menos que a Hamás, una horda de fundamentalistas que el 7 de octubre no solo violó, y masacró mujeres, sino que además lo filmó, para mostrarlo al mundo con orgullo.

Mentalidades repugnantes que se precian de matar judíos -sin importar si son civiles, niños, mujeres, ancianos, bebés- bajo la estúpida creencia de que si caen en esa “batalla”, los espera un paraíso con decenas de vírgenes a su disposición.

Pero la izquierda y sus satélites sindicales nada dicen de estos desbordes de machismo criminal y ponen el acento en la respuesta bélica de Israel contra los escondites de Hamás en Gaza, porque primero están las adhesiones ideológicas antioccidentales y mucho después, como mera excusa, la militancia a favor de la equidad de género.

Cuando uno ve en las capitales europeas a miembros de colectivos LGBT agitar banderas de una dictadura que en su propio suelo los persigue, no puede menos que pensar en lo absurdo de estos maximalismos que alberga la tolerancia occidental: esos mismos muchachos travestidos que celebran a Hamás, son parte de la crítica que la banda de terroristas realiza a nuestra civilización incluyente de la diversidad, calificándola de degenerada.

Seguramente esos chicos no vieron -porque habrá quien no se los deje ver- las fotos y videos de homosexuales ajusticiados en Irán mediante métodos como empujarlos desde la azotea de un edificio o colgarlos del cuello de altas grúas, para la vista y solaz de los varones heteropatriarcales del islamismo radical.

En ese despreciable contexto deben leerse las críticas exageradas y hasta risibles a la designación de Virginia Cáceres al frente de ANEP.

Menos mal que la flamante presidenta rompió el techo de cristal y que sus pedazos llegaron no solo a un satisfecho Robert Silva, sino también encima de las conciencias de quienes manejan tan pobre e irresponsable doble discurso.

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