La verdad, aunque sombría

Fue un domingo soleado, de temperatura agradable, luminoso, como suelen ser los días de diciembre. Para usar una expresión típica en Argentina que alude a jornadas de buen tiempo, fue “un día peronista”.

Valga la ironía, porque en ese hermoso escenario asumía la presidencia, Javier Milei y con un simple traspaso, se puso fin a la peor presidencia que se recuerde, la de Alberto Fernández. Quiera Dios que también sea el fin del largo ciclo kirchnerista que tanto daño le hizo al país vecino.

Como toda asunción presidencial, la de Milei estuvo cargada de un clima festivo y también de expectativa y esperanza como pocas veces.

Es curioso lo que pasó en Argentina. Un candidato que siendo también ministro de Economía no hizo más que empeorar la situación (ya de por sí tremenda), creyó que aún así podía ser presidente. Prometía que cuando ganara iba a hacer lo que no estaba haciendo como ministro. Que todo cambiaría como si el gobierno que integraba, y donde tenía enorme poder, fuera el de otro. Creyó que aunque mentía a cara de perro, la gente le creería.

Por supuesto, perdió. Perdió y con eso terminaron casi dos décadas de kirchnerismo que han dejado nefastas secuelas.

Fue tal el rechazo, que los argentinos votaron casi a ciegas. Un extravagante economista, con ideas económicas liberales y posturas políticas radicales, de extraña apariencia, peculiar estilo de vida, desaforado orador y ninguna experiencia política, ganó en la segunda vuelta por amplio margen. Un populista, sí, sin duda, pero no de los que regalan planta que no es suya ni viven del Estado para enriquecerse. Al menos eso es lo que parece, porque en realidad, se sabe poco de él.

Es curioso que para salir de un populismo atroz, hubiera que caer en otro de signo contrario. De todos modos, una vez elegido presidente, el excéntrico Milei dejó de ser tal y asumió su rostro más pragmático. No tenía mucha alternativa en la medida que accede al gobierno con muchos votos a su nombre, pero escasos para su partido. No tiene mayoría. No puede tenerla ni aún haciendo acuerdos, porque su posible aliado Juntos por el Cambio se disolvió en el aire.

Con astucia, convocó a distinta gente para completar el gabinete. Más astucia necesitará para contar con apoyo en el Congreso.

La ceremonia de asunción fue breve, sencilla y correcta. Nadie se salió de la línea, aunque quizás hayan llamado la atención algunos gestos de la vicepresidenta saliente Cristina Kirchner, con actitud de “adolescente cancherita”, dirigiendo la ceremonia con las manos en los bolsillos, con cara de superada. Esperemos que ahora sí, su influencia y su poder estén definitivamente superados. Ha sido tanto el daño hecho.

Milei se mostró presidenciable en todo momento. Una seriedad que no mostró durante la campaña. Habló ante su pueblo en la plaza, no ante los representantes de todo el pueblo en el Congreso. Un detalle llamativo.

El discurso fue impecable, si bien sombrío. Dijo la verdad. La verdad respecto al desastre que hereda y la verdad sobre cómo se arregla. “No hay plata”, dijo más de una vez. “No hay alternativa”, repitió. Dejó en claro que para que las cosas mejoren deberán venir primero tiempos difíciles, de “ajustes” y de “shock”. Salvando las distancias, nos hizo recordar al famoso discurso de Churchill cuando con frontal honestidad al empezar la Segunda Guerra, solo le prometió a su gente “sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas”. La comparación parecerá excesiva pero lo rescatable es que no ocultó nada.

Prometió rigor en cuanto a la seguridad, e hizo especial referencia a la situación en Rosario, ciudad dominada por el narcotráfico.

Y devolvió al país su historia al referirse a dos figuras fundamentales en Argentina, pero que la cultura “nac & pop” de los peronistas denostó con desprecio e ignorancia: los expresidentes Domingo Faustino Sarmiento y Julio Argentino Roca.

Todo parece alentador. Pero el país que recibe Milei está devastado. En lo económico y lo institucional. Los kirchneristas, y la tradición peronista, nunca mostraron mucha convicción democrática ni valoración del Estado de Derecho.

También eso, al igual que la economía, es terreno a recuperar. Lamentablemente, durante su campaña Milei fue ambiguo en este otro tema. Más de lo deseable.

Es de esperar que el pragmatismo demostrado en lo económico desde que ganó las elecciones, también se vea en la convivencia política, en un clima de armonía, respeto y tolerancia que mucha falta hace en esta Argentina tan crispada.

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