La religión política secular

Cómo puede explicarse que un gobierno que tiene al país al borde de la hiperinflación, con sectores de su economía paralizados por falta de insumos importados para producir, con una pobreza monetaria que ya alcanza a más del 40% del total de la población, y con unas clases medias completamente pauperizadas que llegan con grandes dificultades a pagar sus cuentas mensuales y que apenas logran ahorrar unos pesos que, convertidos a dólares, representan cifras irrisorias, logre que su candidato, que además es el ministro de economía al mando de esta situación de descalabro total, termine siendo el presidenciable más votado en elecciones libres y competitivas?

Esa es la gran incógnita que todos los analistas procuran resolver para el caso de Argentina, de su administración Fernández y de su ministro- candidato Sergio Massa.

Y para aportar explicaciones plausibles, se han acumulado varias razones que sin duda deben ser tenidas en cuenta: la desconfianza que generó en un electorado nervioso las propuestas radicales del principal adversario del gobierno; la incapacidad de articulación política de una oposición que no deja en claro que sea capaz de gobernar con el peronismo en contra; la acumulación de planes y medidas que en la recta final de campaña potenció, al menos en el corto plazo, la capacidad de compra de unas clases populares que vienen sufriendo duramente la espiral inflacionaria de los productos básicos; y la idea general de que, como bien reza el dicho, “más vale malo conocido que bueno por conocer”, en un marco general de incertidumbre económica total y de gran aprensión sobre la situación futura de cada hogar argentino.

Sin embargo, ninguna de esas razones señala una dimensión política de fondo que debe ser valorada con mucha determinación para el análisis de lo que ocurre en Argentina: el peso fundamental de la adhesión a la religión política secular que representa, en este caso, el peronismo.

No se trata de un concepto novedoso ni ajeno a Occidente: por ejemplo, tanto los estudios de Hannah Arendt al analizar las especificidades del totalitarismo, como los de Raymond Aron cuando buscaba definir en qué consistía el “opio de los intelectuales”, describieron esta particular forma de concebir la política que va mucho más allá de una convicción personal o de un proceso de decisión que, con el tiempo, puede llegar a variar si las circunstancias así lo requieren.

Para el caso de la religión política secular, la adhesión no es simplemente por convicciones o por propuestas. Se trata, en realidad, de un involucramiento personal que todo lo imbuye y que sobrepasa con creces la identidad simplemente política. La dimensión religiosa del asunto está allí para señalar, precisamente, que la respuesta de la religión secular pretende ir mucho más allá de lo que normalmente atañe a la política en democracia, esa que acepta el debate y la controversia: quienes adhieren al movimiento, quienes se identifican con su líder, con sus consignas y con sus promesas redentoras, lo hacen dogmáticamente, a la manera de una creencia sobrenatural o religiosa.

La religión política secular implica pues un sentido total de la vivencia del ciudadano: poco importan, en definitiva, los detalles de la propuesta o las fallas que caractericen al hombre-candidato que sostiene la bandera o a su concreto ejercicio del poder.

En este sentido, la adhesión es irracional. Y refiere a lo sustancial del individuo: a su universo simbólico, a su sentido común ciudadano, a su forma de interpretar al mundo y a su lugar en la sociedad.

Lo que hay que asumir es que desde hace ochenta años se viene forjando en Argentina un movimiento, que es el peronismo, que no es solamente una adhesión política: tiene sus santos, sus fechas gloriosas, su interpretación general de la Historia y de la Patria, sus enemigos definidos, su sentido de comunidad abarcadora y su perspectiva redentora, con una liturgia que envuelve los sentidos y socializa enteramente al ciudadano en su quehacer cotidiano y en su interpretación del mundo. ¿Cómo suponer entonces que semejante realidad religioso- política pueda ser fieramente lastimada con los argumentos normales de un debate democrático? ¿Cómo no asumir que tal identidad religioso- política, extendida sobre todo en el sentir de las clases populares, no tendrá siempre un alto piso electoral?

Es difícil saber qué resultado tendrá el balotaje en Argentina. Pero de lo que no hay duda es de que el peronismo mostró una vez más ser una religión secular.

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