La tragedia que se vive en Medio Oriente ha tenido ya repercusiones en todas partes del mundo. Aparecen así ciertos análisis que destacan que no se trata simplemente de un problema geopolítico clásico, por dominio de territorio o soberanía poblacional, sino que estamos dentro de lo que hace 30 años anunció el célebre académico estadounidense Huntington sería el nuevo mundo pos Guerra Fría: el escenario del conflicto de civilizaciones.
El análisis de Huntington fue muy criticado. Se dijo que era simplista, porque las civilizaciones no son homogéneas en sí; que de ninguna manera podía pensarse que esa lectura internacional fuera a suplantar a los enfrentamientos entre intereses estatales.
Y que, de todas maneras, no había en la política internacional un escenario de confrontación ideológico-civilizatorio tan relevante a partir del cual suponer que se desenvolverían conflictos militares tan dramáticos que implicarían guerras entre civilizaciones diferentes.
Sin embargo, a pesar de la pertinencia de algunas de esas críticas, lo que está ocurriendo a partir del ataque terrorista contra Israel del pasado 7 de octubre puede ser interpretado como un gran conflicto de civilizaciones.
En primer lugar, porque las reivindicaciones de Hamás nunca son solamente territoriales o políticas, sino que van a lo más profundo de la identidad de quien considera es su enemigo mortal: Israel en particular, los judíos en general, y la civilización occidental en su totalidad.
El propio presidente de Turquía lo dejó meridianamente claro en una alocución muy importante. Dio respaldo a Hamás, pero además se preguntó si lo que buscaba Occidente apoyando a Israel era recrear la guerra entre “la cruz y la medialuna”, es decir, entre el cristianismo y el islam. En el mismo sentido, tanto la declaración de guerra de Yemen -un simple peón de Irán, sin peso militar específico alguno- contra Israel, como las amenazas proferidas desde distintas tribunas del mundo musulmán -en Pakistán, Egipto, Jordania, el propio Irán y Turquía, entre las más relevantes- contra Israel y todos los “infieles” occidentales al islam, son señales muy claras de que se van alineando alianzas y protagonismos en función de criterios religiosos y civilizacionales muy potentes.
En segundo lugar, no hubo solamente ataques en Israel a partir del terrorismo de Hamás, sino que se verificaron en distintos países del mundo occidental ataques antisemitas que muestran hasta qué punto la animadversión es contra Occidente y los judíos en general y no solamente contra Israel.
En Francia y en Alemania, como en la peor época, volvieron a marcarse hogares de personas de religión judía con la estrella de David, de manera de dejar sembrado el terror en la sociedad y anunciar de esa manera que esos hogares pueden ser blanco, en cualquier momento, del ataque musulmán que cree que debe librar una guerra santa contra los infieles.
El problema así es que los territorios de batalla de esta guerra civilizatoria se verifican no solamente en Medio Oriente, en donde la única democracia moderna, respetuosa del Estado de derecho y garante de las libertades individuales que son el signo distintivo de la civilización occidental, como es Israel, se defiende de sus enemigos. Sino que también los barrios periféricos de las grandes ciudades occidentales, allí en donde se amontonan inmigrantes de primera, segunda o tercera generación que odian el país en el que residen y que prefieren adherir a los valores religiosos radicales musulmanes, están totalmente gangrenados por una guerra en sordina contra la civilización occidental que los acoge: solo están esperando una chispa para prender fuego, literalmente, a la sociedad en la que viven.
La interpretación de Huntington no era pues equivocada. Por eso es tan importante marcar el alineamiento de toda la izquierda internacional más relevante, y la uruguaya por supuesto, en favor de una interpretación de equilibrio, neutralidad, crítica durísima en contra de Israel o directo apoyo al terrorismo de Hamás envuelto en reivindicaciones en favor de Palestina. Lo que está detrás del conflicto en Medio Oriente no es solamente la supervivencia de Israel, sino la defensa de los valores que hacen a la civilización occidental, esa que reivindica sus raíces griegas, romanas y judeo-cristianas, y que hoy se traduce en regímenes de libertad individual y progreso material. En este cruce de caminos histórico, debemos tener bien claro quién estuvo de qué lado.