Ea entrevista concedida por el ministro de Economía Gabriel Oddone a Búsqueda el pasado jueves deja una sensación preocupante. No tanto por lo que se dijo, sino por todo aquello que se evitó decir. En un contexto económico que se vuelve progresivamente más complejo, con señales claras de deterioro en el mercado laboral en los últimos meses del año pasado, el principal responsable de la política económica eligió refugiarse en un discurso autosuficiente, esquivando los temas incómodos y exhibiendo una soberbia impropia en un buen gobernante.
El ministro afirma que la agenda que se discute es la que plantea el gobierno. Y tiene razón. Pero no por mérito propio, sino por una obviedad institucional: gobiernan, toman decisiones y, naturalmente, imponen la agenda pública. Eso ocurre con todos los gobiernos, en todas las democracias. También pasó en el gobierno anterior y en el anterior. Presentar ese hecho como un logro político o intelectual es una ridiculez mayúscula que denuncia una necesidad de autocelebración que contrasta con la falta de respuestas de fondo.
Lo más llamativo de la entrevista, sin embargo, es el silencio frente a los datos que contradicen el relato oficial. No hubo una sola una sola explicación sobre por qué la economía uruguaya creció el año pasado medio punto menos de lo que el propio gobierno proyectó en el Presupuesto, hace pocos meses.
No se trata de un error menor ni de una desviación técnica irrelevante: habla de problemas serios de diagnóstico, de supuestos mal calibrados y de un yerro con consecuencias sobre la economía real y sobre las variables fiscales.
Tampoco se explicó la llamada “sorpresa inflacionaria” que el ministro menciona casi como si fuera un fenómeno externo e imprevisible. Esa sorpresa tiene responsables. Parte del problema fue no haber incorporado en el Presupuesto las proyecciones del Banco Central del Uruguay, algo difícil de justificar cuando se pretende transmitir señales de coordinación y profesionalismo.
Ignorar la información del propio organismo monetario no es mala suerte; es una decisión política equivocada.
Otro silencio elocuente fue el de la inversión. El año pasado Uruguay registró el nivel de inversión más bajo desde la pandemia. Un dato gravísimo para cualquier economía pequeña y abierta que aspira a crecer de forma sostenida, generar empleo y fortalecer su estructura productiva.
Pero sobre esto no hubo una palabra. Ninguna autocrítica, ninguna explicación y, lo que es peor, ninguna medida concreta para revertir esa tendencia.
Como si la inversión fuera una variable secundaria y no el principal motor del crecimiento del país a futuro.
Más preocupante aún es la negación sistemática de que exista un ajuste fiscal en curso. El ministro insiste en que no lo hay, cuando los hechos muestran exactamente lo contrario. Ya se adoptaron al menos siete medidas de ajuste fiscal, todas por la misma vía: cargar sobre el contribuyente. Tres impuestos nuevos incluidos en el Presupuesto, aumentos reales de tarifas de las empresas públicas, incrementos de los combustibles por encima del precio de importación, aumento de los aportes al FONASA y la actualización de las franjas del IRPF y del IASS. Negar esta realidad no es una diferencia de interpretación: es desconocer el impacto concreto que sufren hogares y empresas. Ya vamos unos 1.000 millones de dólares de aumento de presión fiscal pero el ministro no reconoce las consecuencias de sus propias acciones.
Nada de esto fue abordado en la entrevista. Solo se repite, respuesta tras respuesta un relato autosatisfecho, desconectado de la realidad, en el que el ministro parece más preocupado por confrontar narrativas que por enfrentar problemas reales. Esa actitud, lejos de transmitir liderazgo, refleja una debilidades e inseguridades.
Uruguay no necesita ministros que derrochen soberbia. Necesita diagnósticos honestos y medidas claras para revertir un escenario que se vuelve cada vez más desafiante. La soberbia puede servir para salir bien parado en una entrevista; no para conducir una economía que empieza a mostrar señales claras de agotamiento.
Oddone tiene razón en una cosa, lo que se discute es lo que plantea el gobierno: ajuste fiscal, propuestas sesentistas como los anuncios por despidos y la ausencia de medidas para lograr crecer más y mejorar la vida de los uruguayos.