Es recordable la expresión “chambonadas” que incorporó José Mujica al debate público, justificando los errores de gestión durante su presidencia. En general fueron chambonadas caras, que debió pagar el contribuyente por la ineptitud o afán de gloria de los capitostes de la época.
Desafortunadamente hoy podemos usar la misma expresión para aludir a errores de integrantes de la Coalición Republicana (CR). Deslucen una gestión impecable que retomó el crecimiento del país a pesar de factores exógenos como la pandemia y la sequía, los mismos que son frecuentemente usados por el gobierno argentino para justificar su fracaso.
Hay una diferencia sustancial, con todo, entre aquellas chambonadas y las actuales. Porque las que ha cometido la CR no tuvieron costo económico sino solamente político, y el gobierno actuó rápida y eficientemente para pagarlo, aceptando renuncias y renovando autoridades donde fue necesario.
No hubo que recapitalizar ninguna empresa pública con 800 millones de dólares por los desmanes de un mal político devenido en peor empresario, como pasó con Ancap. Ningún diputado votó ventajas para su propia empresa, como pasó con Placeres y Envidrio. Ninguna obra pública se hizo sin autorización del Tribunal de Cuentas ni triplicó su costo presupuestado, como perpetró Cosse con el Antel Arena.
En este período de gobierno, los errores se originaron fundamentalmente en haber depositado confianza en personas que no la merecían. Un caso emblemático es el del escándalo Ache-Balbi. Una subsecretaria graba subrepticiamente las conversaciones privadas que mantiene con su superior inmediato, dentro de cuya confidencialidad este incurre en comentarios incorrectos, de naturaleza coloquial, inspirados solamente en ayudarla a superar una crisis que solo a ella perjudicaba.
Ahora ha tomado estado público una nueva tormenta, más tenue sin duda, pero que echa sombras sobre la confiabilidad de un senador que integra la coalición, por revelaciones que él mismo ha realizado en un libro, algunas de las cuales adelantó Búsqueda esta semana.
Guido Manini Ríos confiesa que concibió su partido siendo comandante en jefe durante el gobierno de Vázquez, a lo que agrega expresiones de desprecio hacia el presidente Lacalle Pou y directamente insultantes contra Sanguinetti. Con chambonadas así, ¿quién necesita adversarios?
Hay una significativa coincidencia en ambos asuntos: el escándalo Ache-Balbi y lo de Manini.
En el primer caso, el abogado de Carolina Ache, Jorge Díaz, había anunciado unos días antes, en un tan recordado como enigmático tuit, que estaba a punto de concretar una jugada ajedrecística que llevaría a su adversario (las blancas) al jaque mate.
En el segundo, el autor del libro confesional de Manini es nadie menos que Fernando Amado, otro dirigente frenteamplista que recorrió buena parte del espinel político-partidario (pasó de sanguinettista a bordaberrista y terminó en el FA, re- pudiando a sus anteriores correligionarios). En lo que respecta a la coalición, parece que no alcanza con hacer chambonadas. Se hacen al impulso de notorios operadores de la oposición, que sacan provecho de esos errores y los potencian al infinito, ya sea en una supuesta estrategia de defensa jurídica como a través de un libro con vocación de best seller.
Esta muy probable hipótesis revela dos cosas.
Por un lado, el profesionalismo con que determinadas mentes opositoras desarrollan sus estratagemas por fuera de los canales habituales de la política. Pero por el otro, también queda expuesta la ingenuidad diletante de ciertos integrantes del oficialismo. Sin duda este es el demérito de una coalición que, si bien identifica a sus socios en un mismo espíritu republicano y liberal, carece aún de una coordinación eficaz en defensa de su gestión.
Con la misma convicción que tenemos en que la ciudadanía sabrá renovar su confianza en la CR en las elecciones del año que viene, estamos seguros de que ese éxito dependerá de un desempeño sectorial que erradique los perfilismos pueriles y defienda ideológicamente, sin ambigüedades, la concepción liberal que a todos nos une.
Es tiempo de que los partidos coaligados, así como los precandidatos que los lideran, den mensajes fuertes y claros de unidad en su diversidad. Que entiendan que la única lógica del adversario consiste en magnificar estos pequeños conflictos, con el ánimo de reinstalar una gestión populista cuyos resultados ya conocimos y padecimos.