La ilusión de lo inevitable impregna retrospectivamente la historia del fundador del surrealismo, acaso uno de los más singulares movimientos artísticos del siglo XX. Hablo de André Breton, de quien el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz decía que no se podía mencionarle sin hablar de su pasión. Y, en verdad, es así. Lo confirma, por ejemplo, la lectura del libro de Mark Polizzotti, titulado simplemente: "André Breton" (Gallimard). Es un libro que mira el ayer en profundidad.
Nacido el 19 de febrero de 1896, André Breton adoptó, sin embargo, como fecha de su nacimiento, el 18 de febrero. Entre otros motivos, lo hizo para atender de esa manera a las razones astrológicas, pues ellas, de esta manera, lo ponían en comunión con sus admirados Rimbaud, Gerard de Nerval y Charles Fourier.
De niño, André Breton se destacó en sus estudios. La suya, sabemos, no fue una infancia feliz; por ello, este hombre dado a embellecer y agrandar todo aquello que tenía relación con él, prácticamente nunca habló sobre los lejanos días de su niñez. Algo semejante ocurría a André Malraux, quien señalaba que su memoria comenzaba en los días soleados de la juventud, agregando que carecía de recuerdos infantiles, ese tiempo en que somos inmortales.
Hacia 1915 André Breton fue declarado apto para el servicio y marchó al frente de guerra; su destino fue el regimiento de artillería. Allí aprovechó a escribir poemas y también procuró trabar contacto con el diáfano Valéry y con el corpulento Apollinaire. Se escribió con unos y con otros, cerrando los ojos a los horrores de la guerra. A medida que pasaban los meses, se hizo evidente que Apollinaire (un modelo de artista más abierto, revolucionario y dinámico) superó con sus influencias a las razones clásicas de Paul Valéry. Aunque ni uno ni otro serían tan importantes en la vida de André Breton como, por ejemplo, Jacques Vaché, a quien también conoció en los días de la guerra y del cual conservaría indelebles recuerdos.
André Breton fue un hombre numeroso, como diría Borges. Un espejo del surrealismo. Y fueron muchos los senderos que se dibujaron girando como satélite a su alrededor. Así, uno y otro, son indisolubles. Lo son a tal punto que, con su muerte, el movimiento no tuvo otro capitán, y poco después, en 1969, el grupo fue disuelto oficialmente por Jean Schuster.
Dueño de entusiasmos violentos, que se desdibujaban una vez alcanzado el removedor objeto del deseo, Breton tuvo una breve lista de fidelidades en su agitada vida. Me refiero a unos pocos amigos, uno o dos cuadros, las obras de Lautréamont y el permanente recuerdo del citado Vaché.
En cuanto a sus momentos esenciales, podríamos decir que fueron aquellos relacionados con la fundación del surrealismo, la publicación en 1924 del célebre "Manifiesto", las constantes controversias y, de manera esencial, sus obras. Más allá de ello, su existencia se fue desdibujando en incontables anécdotas, algunas de ellas sorprendentes, otras olvidables, y que tuvieron como coprotagonistas —entre otros— a personajes de la talla de Paul Eluard, Louis Aragón, Artaud, Leiris, Robert Desnos, el ya mencionado Octavio Paz, a Picasso, Dalí, Duchamp, de Chirico, Marinetti, Malraux, André Gide, Cocteau y Bataille. No más pequeña fue la galería de mujeres, tan extravagantes como seductoras, que tuvieron importancia en su vida, dando lugar a novelescas y apasionadas historias de amor "fou".
La vida tumultuosa del poeta surrealista comenzó, prácticamente, en los duros años de la Primera Guerra Mundial y se apagó en 1966, hace cuarenta años. Fue una existencia apasionada y seductora en la larga y frágil aventura espiritual de los hombres.