EN PRIMERA PERSONA

El Carozo, la historia detrás del diputado de Cabildo Abierto

El periodista de El País Carlos Tapia compartió esta historia en su cuenta de Twitter este viernes.

Cabildo Abierto. Foto: Francisco Flores.
Cabildo Abierto. Foto: Francisco Flores.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 6 años. Desde ahí empecé a tener dos casas. Durante la semana solía estar con mi madre y el fin de semana con mi padre, donde también me quedaba gran parte de verano. 

Mi viejo vive en Brazo Oriental, un barrio donde las calles solían convertirse desde la tarde hasta entrada la noche en improvisadas canchas de fútbol. La calle era el campo de juego, los arcos se hacían con piedra y los gritos y pelotazos eran la pesadilla de los vecinos. 

De los 8 a los 15 años tuve allí grandes amigos, aquellos que uno cree inseparables. Tuve también mi primera novia y mis primeras peleas a las piñas. “Si es más grande, dale con una baldosa”, decía el papá de un amigo. A nadie se le ocurrió hacerle caso, por suerte. 

Éramos todos chiquilines de clase media, alguno más arriba y otro más abajo, pero sin grandes diferencias. El año pasado me reencontré con algunos de ellos y desde ese entonces de vez en cuando nos reunimos para hablar de “el barrio”. 

"El barrio" se reducía solo a una cuadra, si alguien vivía 200 metros de tu casa ya estaba en otro barrio, así funcionaba. 

Con Germán, Nacho, Sebastián y Daniel nos juntamos horas a repasar nuestro pasado. Hablamos de lo que fue la vida de cada uno de los que vivían o aparecían de vez en cuando por esa cuadra. Y siempre terminamos conversando de lo mismo: qué será de la vida de El Carozo. 

El Carozo era el más humilde y desfachatado de “el barrio”, aunque no perteneciera a la misma cuadra apenas había que cruzar una calle para ir a buscarlo. Era uno de los que mejor jugaban a la pelota —porque no era fútbol, era la pelota—, también era el más sucio. 

No escatimaba en patadas a las canillas si eso era lo necesario para impedir que la pelota de goma atravesara el pequeño arco marcado con piedra. El Carozo tiraba bombas brasileras en los buzones y nos incentivaba a que también lo hiciéramos. Y lo hacíamos. 

Recuerdo como si fuera hoy la vez que saltó una reja para orinarle las plantas a una vieja que había osado quejarse de los pelotazos a la hora de la siesta. Muy chico, El Carozo decía las peores malas palabras y aún recuerdo unos chistes con rima verdaderamente ocurrentes. 

El Carozo me invitaba a entrar gratis al tablado del Albatros, porque su mamá vendía papitas Manolo ahí. Mi papá no me dejaba ir con él, pero de tanto insistir un día logré que me lo permitiera bajo estrictas condiciones. 

Adentro del tablado yo podía estar con El Carozo, pero no iba con él, mi viejo me llevaba y me iba a buscar. El carnaval 96 lo vi de punta a punta gracias a El Carozo. Y se puede decir que nos hicimos grandes amigos, inseparables decíamos, pero no. 

En el 97 —creo que fue en el 97—, El Carozo se mudó y no lo vi más. Nunca más. 

¿Qué será de la vida del Carozo? Esa pregunta nos las hicimos una y mil veces. La última vez fue la semana pasada, cuando con Germán, Nacho, Sebastián y Daniel nos juntamos como lo hacemos de vez en cuando. Rastrearlo era imposible. 

Nadie se acordaba de su verdadero nombre. Batman es Bruno Díaz, Superman es Clark Kent, El Carozo es... ¡Nadie sabe! (mejor dicho, nadie sabía). El Carozo se había convertido para nosotros en el superhéroe perfecto. Pero no, no era un superhéroe.

Ayer, al fin, después de más de 20 años, la verdad fue develada. Y la respuesta llegó de la manera más inesperada, estaba dentro del semanario Búsqueda. 

El periodista de El País Carlos Tapia compartió esta historia en su cuenta de Twitter este viernes. 

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