¿Por qué se habla tan mal?

María Antonieta Dubourg

Todos somos jueces del hablar de los demás. Los padres se asombran de la pobreza de vocabulario de sus hijos, de las expresiones que usan. Los adultos opinan sobre la forma de hablar de sus pares y demuestran una inconciencia total hacia la suya.

¿De quién es la culpa? ¿Por qué el lenguaje se va deteriorando ante la mirada impávida de los usuarios?

Tendremos que seguir cuatro líneas de responsabilidad. La lengua se aprende durante toda la vida. Pero, es innegable que su aprendizaje comienza en los primeros años de vida.

El contacto inicial que el niño tiene con ella es el familiar: primera línea de responsabilidad. Dependerá de cómo se respete el lenguaje en el ámbito familiar para que el chico lo use bien o mal.

Los padres que son, generalmente, el centro del hogar, no tienen idea de que esa responsabilidad les corresponde. Suponen que la escuela es la que debe trabajar en ese aspecto.

Por supuesto, no todos los hogares pertenecen al mismo nivel cultural y en algunos resultará más difícil que en otros, atender a este tema de la educación.

Para eso está la enseñanza curricular: segunda línea de responsabilidad.

Los adultos se desesperan cuando ven cómo hablan y escriben sus hijos, que concurren a la escuela, al liceo, e, incluso, a la universidad.

Se ha perdido la adecuación del lenguaje a las diferentes situaciones. Los jóvenes no tienen la más mínima idea de qué lengua hay que utilizar en cada ocasión, con cada persona. Si bien el idioma es uno, tiene una riqueza tal que le permite al usuario valerse de términos diferentes, según las circunstancias.

Los jóvenes, y también, algunos adultos, ignoran que hay distintas formas de lenguaje: uno para dirigirse a los pares, otro, para los superiores, otro, para los mayores... Nos encontramos, día a día, con el tuteo indiscriminado, el voseo, el lenguaje ordinario, las expresiones coloquiales...

En este sentido, la responsabilidad es del docente. Nadie ha enseñado a estos chicos, que pronto serán adultos, cómo se debe proceder. El maestro, el profesor, es quien debe darle los recursos lingüísticos que le permitan adaptarse a las diferentes situaciones con las que se enfrentará en la vida.

Y, para poder trasmitirle ese conocimiento, él tiene que dominar la lengua. Dominar la lengua no significa ser dueño de un vocabulario complicado, de expresiones rebuscadas. Quiere decir manejarse con un lenguaje estándar, claro y, sobre todo, adecuado a la situación.

Para lograrlo, no basta con los conocimientos que la carrera docente haya exigido. ¡Hay que actualizarse!

Ninguno de nosotros confiaría en un médico, un dentista, un abogado. que, una vez obtenido el título, se conformara con él y nunca más estudiara nada.

Así como cambian las técnicas científicas, los decretos, las leyes, así cambia el lenguaje. Y a esas modificaciones tienen que estar atentos quienes son los formadores de personas.

Las autoridades de la Enseñanza tanto pública como privada —no es la primera vez que las mencionamos— deben ser exigentes y "controladoras" con relación al lenguaje que usan sus docentes. Esa indiferencia hacia el medio de comunicación de los seres humanos, trae como consecuencia, malos hablantes, malos escritores, malos lectores, malos escuchas.

Si el docente no demuestra cuidado por su idioma, si se expresa mal, si no es severo en cuanto al uso que de él hacen sus alumnos, estos lo utilizarán inadecuadamente.

La influencia lingüística de los padres y la de la enseñanza curricular se ejercen en forma simultánea.

Y, al mismo tiempo, se valen del lenguaje los medios de comunicación: tercera línea de responsabilidad.

En este aspecto, salvo raras excepciones, no hay preocupación ninguna de quienes trabajan con él. Se inventan términos, se conjugan mal los verbos, se utilizan expresiones incorrectas. Nada importa porque los responsables de las radios, de los diarios, de los canales de televisión, no tienen en cuenta cómo usan el lenguaje las personas que empuñan un micrófono.

Lo único que les importa es que tal o cual programa tenga buena audiencia, lo que da como resultado altos ingresos económicos.

Por último, la publicidad: cuarta línea de responsabilidad.

Parece que, en lugar de mejorar en lo que al lenguaje se refiere, la publicidad empeora día a día. Viola las más elementales reglas de la lengua, ignora las de tilde, desprecia la puntuación, modifica la ortografía. Y, ¡nada importa! Siempre y cuando se logre el fin deseado: la venta de un producto, la imposición de una forma de trabajo, la afiliación de un nuevo socio.

¿Por qué hablamos tan mal?

Porque nada ni nadie nos ayuda a hacerlo mejor y porque, finalmente, todos somos cómplices de ese desapego al buen idioma.

No alcanza con comentar los errores que los demás cometen. Hay que ser intransigentes con ellos, señalarlos, corregirlos, censurarlos.

Como padres, ser severos y exigentes con nuestros hijos, en cuanto al uso del lenguaje. Severos, también, con los docentes a quienes les confiamos la formación lingüística de los jóvenes.

Como adultos, requerir de los medios de comunicación y de la publicidad un correcto uso del idioma. No es fácil lograrlo, pero se puede. Dependerá de cuanto empeño pongamos en ello.

Internet: todo.com.uy/ lenguaje

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