SECRETOS DE LA DIPLOMACIA

El diplomático uruguayo que arriesgó su vida en Tiananmen para salvar estudiantes y preservar el nexo con China

Guillermo Valles decidió proteger la naciente relación con Pekín y se transformó en un testigo privilegiado de los 51 días de la crisis de Tiananmen, en donde ayudó a una docena de estudiantes chinos.

Guillermo Valles se enfrentaba a la decisión más difícil de su carrera diplomática. Las dos opciones lucían igualmente malas. El entonces encargado de negocios en Pekín debía escoger entre un curso de acción que ponderaba su seguridad personal y la de su familia y otro que privilegiaba la relación diplomática con China, apenas establecida un año antes. La crisis de Tiananmen había irrumpido con una violencia feroz, tanto como para provocar la salida de la mayoría de las misiones diplomáticas que estaban acreditadas en la capital china. Los países occidentales se habían retirado o habían dejado un número mínimo de funcionarios. Esa también había sido la instrucción del canciller Luis Barrios Tassano.

El expresidente Julio María Sanguinetti en la Ciudad Perdida
El expresidente Julio María Sanguinetti en la Ciudad Perdida

Pero Valles se preguntaba qué hacer y cómo hacerlo. ¿Cómo responder de la mejor forma ante ese largo proceso que se desnudaba con brutalidad ante sus propios ojos? El riesgo personal no era una hipótesis sino un hecho consumado que él mismo había cotejado conforme se elevaba la tensión en ese espacio simbólico de la capital china.

El jefe de la misión uruguaya en China tenía en mente que seis años antes un colega suyo –Guillermo Stewart– había asumido la responsabilidad de ir a un país en guerra (Líbano) y que había terminado con tiros en su pierna. Quizás sin ser del todo consciente de la intuición histórica que estaba teniendo, Valles le explicó a su superior que entendía que no era momento de abandonar ese barco, sino de preservar ese matrimonio reciente. Con la advertencia de que no se proponía un juego de heroísmo, el diplomático uruguayo asumió esa crisis como parte de su responsabilidad al frente de la misión que estaba construyendo con mucho sacrificio. Porque, después de todo, no había soñado negociar las relaciones durante un largo proceso de tres años, ni aquel gobierno había asumido el costo político de romper con Taiwán, para salir corriendo al primer balazo. El 3 de febrero de 1988, el gobierno de Julio María Sanguinetti había conseguido un hito. Nueve meses más tarde la joven relación se había alimentado de la trascendental visita del presidente y en marzo de 1989 ya se estaba trabajando para recibir al presidente chino en Uruguay, durante la primera visita de un mandatario del gigante asiático a América Latina.

El expresidente Julio María Sanguinetti en su llegada a China
El expresidente Julio María Sanguinetti en su llegada a China.

Más aún, desde su llegada, Valles no había hecho otra cosa que ejecutar: levantar la embajada y negociar el primer acuerdo comercial. No había margen, entonces, para que entre abril y junio de 1989 la misión uruguaya quedara vacía y el gobierno chino lo interpretara como una señal política. Eso fue lo que argumentó Valles a Barrios Tassano y a partir de ese momento se transformó en un testigo privilegiado de la crisis que había acaparado la atención de todo el planeta.

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El diplomático uruguayo tomó conciencia de lo que se venía cuando vio llegar a su cocinero en la bicicleta con dos bolsas enormes de harina. Ese viejito chino había vivido lo suficiente como para saber que había algo serio en el horizonte y que se necesitaban provisiones para un tiempo de incertidumbre. Valles y su esposa siguieron el ejemplo por lo que se dirigieron al mercado a buscar abastecimiento, desde alimentos y agua hasta pilas.

El expresidente Julio María Sanguinetti en su primer viaje a China
El expresidente Julio María Sanguinetti en su primer viaje a China

Desde los inicios de las manifestaciones en abril que Valles salía todos los días a darse una vuelta por la plaza, salvo cuando la balacera era tan grande que no ameritaba el riesgo. Sacaba fotos, filmaba, observaba y sentía en su cuerpo ese momento histórico. Fue viendo la evolución de la crisis, el deterioro y los enfrentamientos que se agudizaban. Pudo ver in situ el trabajo de la inteligencia estadounidense, los contactos entre los manifestantes y la infantería de la CIA, que actuaba en el terreno como instigador y manipulador para hacer estallar a ese movimiento de protestas genuino.

El expresidente Julio María Sanguinetti con el presidente chino Yang Shangkun
El expresidente Julio María Sanguinetti con el presidente chino Yang Shangkun

Pudo ver en vivo el intento chino de frustrar con violencia la operación estadounidense de extracción Fang Lizhi, el astrofísico y disidente chino, considerado como uno de los responsables de las protestas. Apodado como “el hombre más buscado de China”, el profesor universitario terminó refugiado en la embajada estadounidense durante 13 meses y luego salió de China en un avión militar estadounidense.

El expresidente Julio María Sanguinetti con el presidente chino Yang Shangkun
El expresidente Julio María Sanguinetti con el presidente chino Yang Shangkun

Vio el intento progresivo de las milicias chinas por entrar a la plaza y ese cardumen humano relativamente pacífico que se interponía en alguno de los siete círculos concéntricos que, como barricadas, protegían a los estudiantes de la plaza, ubicada según la creencia china en el centro del mundo. Vio a los militares siendo despojados y, en algunos casos, episodios de humillación.

Y naturalmente que también fue testigo de la masacre del Ejército que ingresó, entre el 3 y el 5 de junio, con sus tanquetas en la plaza. La violencia se volvió extrema de ambos lados: Valles vio soldados colgados en los puentes, destripados y cadáveres acuchillados que flotaban en el canal que estaba frente a la embajada. Los rastros de violencia que quedaban por las calles y un vacío de autoridad que él mismo pudo comprobar.

El expresidente Julio María Sanguinetti con Guillermo Valles, primer embajador de Uruguay en la República Popular China
El expresidente Julio María Sanguinetti con Guillermo Valles, primer embajador de Uruguay en la República Popular China

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El jefe de la misión uruguaya le había prohibido a los funcionarios locales asistir a la embajada, pese a que él seguía concurriendo. Vivía en un apartamento que quedaba en frente a la sede diplomática, por lo que solo debía cruzar una avenida para entrar a su oficina. Se mantenía en estrecho contacto con sus colegas de Chile, México, Brasil, Ecuador y Perú, quienes también habían decidido quedarse.

El 7 de junio, dos días después de la masacre, Valles estaba hablando por teléfono con su secretaria, quien vivía en el compound diplomático Jianguomenwai, cuando sintió una balacera que le atravesaba el tubo. El apartamento en donde vivía su asistente, y los Rovetta, dos hermanos uruguayos que habitaban desde hace años en la capital china, había sido tiroteado y rodeado por tropas en un intento de intimidar a la comunidad extranjera. En lo que fue explicado después como una búsqueda de un francotirador que supuestamente había abierto fuego primero, las tropas rociaron el edificio con fuego de armas automáticas.

El expresidente Julio María Sanguinetti con el expresidente de China, Yang Shangkun
El expresidente Julio María Sanguinetti con el expresidente de China, Yang Shangkun

Cuando Valles fue a protestar al Ministerio de Relaciones Exteriores no encontró con quien hablar, fruto del caos absoluto que reinaba en el gobierno, pero lo que sí evidenció fue la fractura del Partido Comunista. Mientras esperaba junto a otros diplomáticos de Chile, México, Brasil, Argentina y Perú a que finalmente apareciera un vicecanciller empezaron a conversar con un joven de nombre Antoine, que oficiaba como intérprete: “No crean nada de todo esto, no crean nada. Están masacrando al pueblo”, dijo al estallar en lágrimas. No lo volvieron a ver.

En un momento en el que el vacío de autoridad comenzaba a sembrar temores, Guillermo Valles pudo respirar tranquilo cuando el cambio de autoridades volvió a dar una señal del restablecimiento del orden.

El embajador uruguayo en China Guillermo Valles con el primer ministro Li Peng..
El embajador uruguayo en China Guillermo Valles con el primer ministro Li Peng..

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Además de ser un observador en primera línea, durante esos dos meses el diplomático uruguayo tuvo un limitado rol protagónico ayudando a salvar vidas. Valles llegó a intervenir para sacar de China a una docena de estudiantes que, de otra manera, probablemente hubieran sido apresados por el gobierno. El encargado de negocios de Uruguay les facilitó visas para asegurar que al salir del país pudieran tener un destino de acogida. Sin embargo, ninguno de ellos llegó a Uruguay y se quedaron en alguno de los puntos de escala en el camino. El pedido para ayudar a esos jóvenes había venido de un cura que, bajo la fachada de un trabajo como traductor para la Editorial del Pueblo del Partido Comunista, se movía en el mundo subterráneo de Pekín celebrando misas en la embajada Argentina.

En su casa Valles le dio refugio durante pocos días a un periodista español de apellido Santauria, que trabajaba para la agencia de noticias EFE. Santauria era otro de los habitantes del compound diplomático de Jianguomenwai, que había tenido que abandonar su casa como consecuencia del ataque chino. El comunicador tenía acceso a información privilegiada de la embajada de los Estados Unidos de la cual Valles también se valió en ese momento hasta que se hizo evidente que, como jefe de misión de Uruguay, no podía seguir hospedándolo bajo su techo.

El embajador Guillermo Valles, el expresidente Julio María Sanguinetti y el líder supremo Deng Xiaoping
El embajador Guillermo Valles, el expresidente Julio María Sanguinetti y el líder supremo Deng Xiaoping

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La pregunta hacia el futuro inmediato era cómo hacer para seguir con las relaciones. Uruguay, al igual que el resto de los latinoamericanos que se habían quedado, abogaban por el cumplimiento de la ley, por el respeto del estado de derecho, sin introducir un lenguaje que aludiera a la protección y promoción de los derechos humanos o incluso a invocara la necesidad de un régimen democrático.

El hecho de haber permanecido allí, convirtió a esos países latinoamericanos en el conducto por el cual, una vez establecido el poder, China se comunicaba con el resto del mundo. Los voceros del gobierno buscaban reunirse con ellos, incluso los que estaban en el entorno del primer ministro. Un ejemplo de ello fue el almuerzo que Valles ofreció, el 3 de agosto, al ministro asistente de Relaciones Exteriores, Liu Huaqiu, y a los jefes de misión de América Latina, de lo cual informó el 28 de ese mes.

El ministro les dijo en tono reservado que los contactos con la embajada norteamericana se estaban normalizando, demostrando –según el interlocutor– un cambio de actitud de los Estados Unidos.

El ministro referenció lo que se había conversado durante la VII Conferencia Ordinaria de Embajadores y los Jefes de las Misiones Diplomáticas de China, que había tenido lugar en Pekín un mes antes. En esa reunión se aludió a los sucesos ocurridos entre abril y junio. “Los jefes de las Misiones Diplomáticas lo resumieron en la siguiente forma: Las plumas fueron utilizadas para armar tumultos y los fusiles fueron usados para recuperar y mantener la estabilidad”.

Según el ministro chino, los sucesos se habían desarrollado en varias etapas y había incluido la presencia de estados extranjeros, tal cual había cotejado Valles en el terreno. “A comienzos fueron manifestaciones estudiantiles y huelga de hambre, luego vinieron los desórdenes y al final se convirtieron en una sedición contrarrevolucionaria con acciones terroristas. Los organizadores y urdidores de la sedición pretendieron que el gobierno legalizara sus organizaciones ilícitas y se coludieron con fuerzas de ultramar hostiles a China, principalmente de los Estados Unidos, Hong Kong y Taiwán. Había en la Plaza de Tiananmen personas que se comunicaban cada media hora con estas fuerzas”, dijo el ministro según el informe del diplomático uruguayo.

El embajador Guillermo Valles, el expresidente Julio María Sanguinetti en la Gran Muralla China
El embajador Guillermo Valles, el expresidente Julio María Sanguinetti en la Gran Muralla China

Y agregó: “El gobierno toleró hasta 48 días y sólo cuando la situación pasó los límites de la tolerancia, tomó en la noche del 3 de junio, medidas resueltas con el fin de salvaguardar la seguridad del país y defender los intereses del pueblo. Las tropas sufrieron grandes sacrificios durante el apaciguamiento de la sedición, pero consiguieron una victoria definitiva. Y ahora, para asegurar la estabilidad social, se mantiene temporalmente el estado de sitio”.

El jerarca chino dijo que estaban dispuestos a resistir las presiones de los países occidentales y dio un detalle de aquellos que seguían enemistados a raíz de los hechos de Tiananmen entre los que destacó a Francia y Nueva Zelanda, además de Estados Unidos. “Cuando el canciller se entrevistó con su homólogo de Australia (en París) le expresó que nuestra existencia se da desde hace más de 5000 años y que China era un país de gran vitalidad”, subrayó antes de terminar destacando el rol que cumplía su país en el comercio internacional.

Valles se convertiría ese año en el primer embajador que Uruguay tuvo en China luego del establecimiento de las relaciones diplomáticas. A 37 años de esa difícil decisión, Uruguay y China mantienen una asociación estratégica.

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