El lenguaje de las mujeres

María Antonieta Dubourg

Mujeres y hombres hablan el mismo idioma: el español. Sin embargo, hay diferencias en la forma cómo uno y otro sexo utiliza el lenguaje. En algunos casos, esos pequeños matices pueden hacer más difícil la comprensión.

Las mujeres se valen de un idioma en el que se ponen de manifiesto las emociones, por lo que son, en general, expresivas. Acompañan sus palabras con gestos (de asombro, de temor, de satisfacción...) y con un incesante movimiento de manos. Incluso, cuando hablan por teléfono, lo hacen.

Son más conversadoras que los hombres; sobre todo, en privado y se sienten desalentadas cuando no reciben más que contestaciones monosilábicas. Raramente, recurren a una sola palabra para expresar una idea

Cuando piden opinión sobre determinado tema, esperan contestaciones similares a las que ellas darían. El lenguaje escueto les choca y se sienten desalentadas.

En general, suelen narrar bien sus vivencias, a pesar de que, en algunos casos, se detienen demasiado en los detalles.

Manejan el lenguaje con tal habilidad que se valen de él para expresar su placer y su disgusto. En el primer caso, utilizan diferentes y variados vocablos; en el segundo, se escudan en el mutismo. En la intimidad, expresan su enojo con la falta de emisión de palabras.

Han recibido una educación en la que se les alienta a la expresividad; al contrario de los varones en quienes cualquier movimiento gestual es censurado por los mayores.

Ellas no van directamente al grano; dan vueltas alrededor del tema que quieren tratar, que les preocupa y usan, con frecuencia, el tono interrogativo para suavizar una orden:

—¿Podrías traerlo? (En lugar de: —Tráelo)

—¿Qué te parece si salimos? (En lugar de: —Salgamos)

Sienten verdadero placer al hacer uso del idioma. Por eso se valen de redondeos, lo que les permite hablar por más tiempo.

Muchas veces, se las acusa de que hablan sin saber adónde apunta su conversación. Eso hace que, en algunos casos, su lenguaje abunde en frases sin concluir, en ideas no desarrolladas.

Sin embargo, quienes han estudiado la forma de expresión femenina afirman que tiene esa característica porque la mujer busca la colaboración de su interlocutor. Con las oraciones inconclusas, le da entrada a su oyente, lo anima para que participe de la conversación.

A pesar de que se dice que es la que más interrumpe el diálogo, está comprobado que son los hombres quienes más lo hacen.

Para las mujeres, resulta difícil llamar a ciertas cosas por su nombre. Evitan, en general, las palabras groseras y muchas de las relacionadas con el sexo. Se valen de lo que, en la lengua, se denomina "eufemismos". En lugar de decir el término que, en la misma circunstancia, utilizaría el varón, prefieren sustituirlo por otro, en el que, la idea está implícita:

—¡Te vas a la miércoles!

—¡Pucha, me salió mal!

Por supuesto que, en la vida actual, esta forma de lenguaje está sufriendo un cambio. Las chicas jóvenes, muchas veces con el ánimo de parecerse a los hombres, de ser iguales, se valen, sin el menor pudor, de expresiones soeces.

Para las mujeres, el lenguaje no presenta problemas. La mayoría habla, aunque lo haga mal. Poseen un vocabulario bastante rico —conocen diferentes palabras que expresan lo mismo— y se adaptan con facilidad a los neologismos. Los nuevos términos se integran rápidamente a su vocabulario, ya sean científicos, deportivos...

A diferencia de los hombres (que rara vez reconocen sus dificultades expresivas), ellas se preocupan, sobre todo en los ambientes culturales medios y altos, por mejorar su forma de expresión. Intentan pulir su lenguaje y utilizan, para hacerlo, todos los medios a su alcance.

Tienen una enorme necesidad de comunicación y piensan que, a través del lenguaje, pueden llegar a solucionar sus problemas. Cuanto más preocupadas están, más necesitan comunicarse con sus semejantes, actitud diametralmente opuesta a la masculina. El hombre, en cambio, cuanto más preocupado está, menos habla.

La sociedad exige determinado idioma femenino. La suavidad, la voz matizada, la gestualidad son imprescindibles. El lenguaje brusco, parco, grosero, es censurado.

La mujer se adapta, desde pequeña, a estas pautas: utiliza un tono melódico, variados adjetivos ("hermoso, magnífico, atroz"), muchos diminutivos ("amorcito, pedacito, poquito"), muchos superlativos cariñosos ("grandulón, vozarrón, sacudón"), infinidad de interjecciones ("Ah, oh, ey").

Las agencias de publicidad tienen en cuenta todas estas características del lenguaje femenino. En sus avisos, destinados a mujeres, se valen de ellas para lograr penetrar a ese mundo que entienden diferente al del varón.

Resulta imposible para la mujer utilizar un lenguaje que únicamente comparta con las personas de su mismo sexo.

Se conoce un ejemplo de idioma femenino: el nushu, propio de una zona de la China. De una antigüedad de más de mil años y hablado durante siglos sólo por mujeres, tiene alrededor de 2000 signos.

En la actualidad, quedan unas pocas ancianas que lo dominan. Los investigadores lingüísticos están tratando de recuperarlo. Se basan, para ello, en el testimonio de las mujeres que aún lo saben (que no están abiertas a brindar mucha información) y en el desciframiento de caracteres que se han encontrado en abanicos, en diarios, en cartas...

No hay duda de que el lenguaje es un patrimonio de ambos sexos y que las diferencias que uno y otro establezcan en su uso no impiden la comunicación.

Las uruguayas no somos una excepción a la afirmación anterior.

Internet: todo.com.uy/lenguaje

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