Percepciones sesgadas y preferencias por redistribución

La construcción de percepciones es un tema complejo y sus implicancias en el respaldo popular a las políticas públicas distan de ser obvias.

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Aún falta para entrar de lleno a la próxima campaña electoral, o al menos falta para que pasemos de la fase de nombres a la fase de propuestas. Cuando esto suceda, surgirán preguntas sobre el componente redistributivo de la política fiscal. ¿Cuánto cobramos de impuestos, a quién se los cobramos y en qué y cómo los gastamos? Las percepciones individuales de la distribución del ingreso jugarán un papel vital en la economía política de las finanzas públicas.

Las personas conocen sus niveles de ingreso y tienen una idea de los ingresos (o gasto) de la parte de la población con la que interactúan. Sobre esta información limitada infieren su posición relativa en la distribución nacional del ingreso. Es decir, internalizan en términos relativos qué tan ricos o pobres creen ser.

Si las personas no son conscientes de que la muestra con la que interactúan no es representativa del país, sus inferencias serán sesgadas, podrán creerse más ricos o más pobres de lo que realmente son. Más aún, aunque la gente tuviera acceso a información de ingresos de una muestra aleatoria de la población, sería probable que se le dificultara procesarla correctamente debido a los sesgos cognitivos que soleemos tener incorporados.

La construcción de percepciones es un tema complejo y sus implicancias en el respaldo popular a las políticas públicas distan de ser obvias. El bombardeo electoral argentino y la creciente actividad local me llevaron a recordar un trabajo del 2013 de tres economistas argentinos: Guillermo Cruces, Ricardo Pérez-Truglia y Martín Tetaz. Al momento de la publicación Pérez-Truglia era un estudiante doctoral en Harvard, hoy es profesor en la Universidad de Berkeley. Tetaz era investigador en la Universidad Nacional de La Plata. Hoy es diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires. Cruces, más allá de un pasaje por el sector público, continúa afiliado hoy, igual que hace 10 años, a la Universidad Nacional de La Plata.

En primer lugar, realizaron una encuesta sobre percepciones distributivas en una muestra representativa de 1.100 hogares del Gran Buenos Aires. Recopilaron las características de los encuestados y sus hogares. Un punto clave fue relevar información de los participantes sobre sus ingresos familiares y su apreciación de a cuál rango de ingresos dentro de la distribución del país creían que pertenecían. Les preguntaron: “Hay 10 millones de hogares en Argentina. De esos 10 millones, ¿cuántos crees que tienen un ingreso inferior al tuyo?” Esta fue una forma fácil y amigable con la que medir el decil de ingreso al que el encuestado creía pertenecer.

Un segundo aspecto innovador del estudio fue incorporar un diseño experimental. Definieron aleatoriamente un grupo de entrevistados para recibir un “tratamiento” y otro grupo para que actúe como grupo de “control”.

El tratamiento consistió en informar a los encuestados si sus percepciones coincidían con la realidad. Se les indicó lo siguiente: “Con base en su nivel de ingresos, los últimos estudios realizados indican que hay X millones de hogares con un ingreso inferior al suyo, mientras que usted afirmó que había Y.” Luego se les señaló una de estas tres afirmaciones: “Hay más hogares con un ingreso inferior que el suyo de lo que pensaba”, “Usted tenía razón sobre cuántos hogares tienen un ingreso inferior al suyo”, o “Hay menos hogares con un ingreso inferior al suyo de lo que pensaba”.

El primer hallazgo del estudio confirma la existencia de sesgos sistemáticos en las percepciones. Una parte significativa de los individuos más pobres se creen en niveles más altos de los que realmente ocupan, mientras que una proporción significativa de los individuos más ricos subestiman su rango.

Este sesgo está correlacionado con las posiciones de los encuestados dentro del grupo de referencia. En un barrio pobre, los más ricos del barrio tienden a creer que a nivel nacional forman parte de un grupo más privilegiado que del que realmente conforman. En un grupo de referencia rico sucede lo contrario.

En cuanto a las políticas redistributivas, se preguntó si los encuestados creían que el gobierno debía ayudar a la población pobre vía transferencias monetarias (14,7% contestó afirmativamente), vía transferencias en especie (33,5% de acuerdo) o proveyéndoles de empleo (98% afirmativo).

El apoyo a las dos primeras preguntas disminuye con el quintil de ingreso del entrevistado, los más ricos estando menos de acuerdo. Más impactante es que los encuestados que se creían más ricos de lo que en realidad eran, cuando se les informa sobre su verdadera posición en la distribución de ingresos (que eran más pobres), se volvieron más partidarios de políticas de redistribución.

En cambio, no se afectó la opinión sobre políticas distributivas entre quienes fueron informados que eran más ricos de lo que creían, ni tampoco entre quienes tuvieron una percepción aproximadamente correcta de su posición en la distribución del ingreso.

Estos resultados son sugestivos de cómo la percepción de la realidad puede condicionar el apoyo a distinto tipo de políticas, en particular las distributivas. Y esto será relevante de cara a la próxima agenda electoral.

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