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El bajo ritmo de crecimiento económico como problema

Algo muy uruguayo, como la afinidad por la “Conservación Destructiva” nos contrapone a la “Destrucción Creativa” de Schumpeter.

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Getty Images

Una vez más se hace obligatorio replantear como un problema el tema del bajo crecimiento económico del país. Salvo en momentos de precios internacionales excepcionalmente altos para nuestras exportaciones, el crecimiento promedio anual de largo plazo converge al 2%. Cifra insuficiente para disipar tensiones macroeconómicas latentes, solventar demandas sociales irrenunciables para nuestra sociedad y financiar inversión física, en capital humano y también en investigación básica como forma de potenciar la productividad total de la economía.

Respecto a las tensiones macroeconómicas, la relación Deuda/Producto es alta y creciente impulsada por un déficit fiscal que nuevamente supera el 4% del PIB y el alza de las tasas de interés internacionales de referencia que encarecen el nuevo endeudamiento. Un panorama que será la tónica futura, dada la reversión de las políticas monetarias expansivas de los principales bancos centrales del mundo. Esto agregara presión adicional a las cuentas públicas, que tienen como piso un alto nivel de gasto respecto al PIB (30.2% según Ceres) que iguala al recibido de la administración anterior y cuyo financiamiento muestra un déficit fiscal del 4% financiado con endeudamiento. Este nivel de gasto con tendencia al alza, responde a varias vertientes que están imbricadas en nuestro signo identitario como Nación. Estas son, un sector público sobredimensionado en cuanto al número de empleados vista la calidad y cuantía de su oferta de servicios, un sistema de seguridad social de cobertura excepcional y un sistema integrado de salud universal comparables a los mejores estándares mundiales, a lo cual se agrega un sistema de seguro de desempleo también de características excepcionales que cubre una gama amplia de situaciones de emergencia laboral, pero que en muchos casos la excepción se ha convertido en una regla injustificada, vistas las sucesivas extensiones de plazos y la casuística de las coberturas. Porque ese gasto no lo financia el Gobierno, sino el bolsillo de los contribuyentes que en muchos casos son gente común y pequeñas empresas que están fuera de todo esquema de cobertura de características similares.

Lo que tuvo como origen valores idiosincráticos de nuestra sociedad, se ha convertido en una presa de grupos de presión que la política acepta sin medir sus consecuencias ulteriores, y que ponen en pie de desigualdad al resto de los ciudadanos. Es así que se enjugan las crisis de cajas paraestatales con la contribución del Gobierno cuyo resultado es más gasto público futuro. O ejemplos como el que se acaba de citar donde la excepcionalidad se convierte en generalidad. Otro ejemplo es la financiación por vía legal de adeudos hipotecarios cubriendo supuestas pérdidas según el criterio de indexación de la tasas de interés, cuando estudios técnicos inobjetables muestran lo contrario.

Es entendible la ansiedad de quien es afectado directamente por una adversidad, pero también como sociedad debemos aceptar que no es posible universalizar la cobertura de las adversidades que plantea la vida. Hay una cuota de riesgo que se debe afrontar por modo propio y que, en definitiva, es el engranaje que facilita la superación de la adversidad.

Esto nos lleva a reflexionar sobre algo más profundo, ligado a la productividad como palanca de crecimiento económico, hecho fundamental para darle sostenibilidad a lo que nuestra sociedad impone.

El concepto de productividad puede resumirse, diciendo: producir más con el mismo aporte de capital y trabajo. Lo que parece simple se complejiza cuando se comienza a hurgar bajo su superficie y que lleva a preguntar por qué unas sociedades crecen más que otras a igualdad de condiciones.

Un aporte teórico significativo presentado por Schumpeter hace un siglo, es el concepto de destrucción creativa, proceso a través del cual nuevas empresas o procesos van sustituyendo a las existentes, cuyo resultado es la tonificación del crecimiento económico. Es una suerte de fragua interna alimentada por la competencia que moderniza a todo el sistema económico y que se retroalimenta en el tiempo.

En ese proceso no están ajenos, como palancas impulsoras, el nivel educativo, el clima de negocios, el cumplimiento de los contratos, la vigencia plena de la ley, y la calidad de las instituciones.

También opera como categoría esencial una aversión al riesgo baja que permite aceptar los riesgos del cambio. Y aquí es donde entiendo que tenemos una falla fundamental, en lo que definiría en algo muy uruguayo que es la afinidad por la “Conservación Destructiva” en contraposición a la “Destrucción Creativa” de Schumpeter.

Según mi visión, la “Conservación Destructiva” no es otra cosa que atarnos a un statu quo ligado al conformismo de proteger lo existente aunque sea poco o inadecuado, pero es lo que tengo como piso. Esa aversión al cambio va esclerosando las estructuras productivas, agregando ineficiencias que una vez sumadas se convierten en escollos para aumentar la productividad. Hace décadas que estamos con el tema de producir portland a pérdida por Ancap, donde la oposición corporativa de un gremio genera costos al resto de una sociedad desamparada por quienes tienen que tomar una respuesta adecuada. La postergación de la entrada en vigencia de un decreto reglamentario en la distribución de combustibles que buscaba mejorar la eficiencia del sistema y bajar costos, agrega otro ejemplo. La reforma microeconómica eliminando regulaciones innecesarias parecen ser irrelevante al cuerpo político pues el corto plazo manda. Hablamos permanentemente de que somos un país caro bajo cualquier métrica de comparación internacional. Aquí subyace el aletargamiento de la productividad como factor explicativo. Duplicamos o triplicamos esfuerzos innecesarios para hacer lo mismo. Nuestra aversión al riesgo alimentada por intereses corporativos empresariales, sectoriales y sindicales retroalimentan esa condición. Llegó el momento de sincerarnos, podando todo aquello que frene los aumentos de productividad.

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