Los argentinos han temido desde hace mucho las incursiones corporativas de multinacionales del Primer Mundo, estadounidenses o europeas. Pero los invasores corporativos se encuentran más cerca. En los últimos cuatro años, los mayores compradores extranjeros de compañías argentinas han sido los brasileños. Durante este año, cuando el grupo Camargo Correa adquiera la fábrica de cemento portland argentina Loma Negra, las firmas de Brasil se habrán apoderado de media docena de las corporaciones más preciadas de sus vecinos del sur, en sectores que van del textil a los tractores y el acero, desde que la economía argentina colapsó a principios de esta década.
La fiebre de compra parece una estrategia inteligente para Brasil, pero ha sacudido a Argentina, que desde hace tiempo ha mirado por encima del hombro a su vecino del norte. Argentina tuvo un excedente comercial de U$S 2.000 millones con Brasil en 2003, pero se tornó en un déficit de U$S 2.000 millones el año pasado. Las recientes negociaciones comerciales entre ambos países han sido cáusticas. Se han centrado en cuotas y barreras arancelarias temporales que los argentinos han implementado para proteger sus industrias. Raúl Ochoa, consultor del Departamento Argentino de Industria y Comercio, dice que las medidas se hicieron necesarias por la "desindustrialización" argentina durante la década de 1990, cuando un sobrevaluado tipo de cambio y los altos costos afectaron la competitividad industrial del país. "Necesitamos tiempo para regenerar los sectores y las cadenas de producción", expresó. Sin embargo, tal vez ya es tarde para tales defensas. La recuperación argentina ahora está crucialmente entrelazada al dinero brasileño.
La implosión económica argentina terminó en el mayor incumplimiento de deuda en la historia mundial y en el colapso de la moneda del país. La mayoría de los inversionistas extranjeros huyeron asustados, pero las firmas brasileñas hicieron lo opuesto, corriendo hacia un país en el que todo estaba perdiendo valor. Primero llegó la toma de Acindar —uno de los principales productores argentinos de acero— por el grupo Belgo Mineira. Luego el gigante brasileño-belga de bebidas, AmBev, lanzó un acuerdo por U$S 700 millones para comprar la mayoría de las acciones de la principal cervecera argentina, Quilmes. La mayor compra —hasta ahora—se dio en 2002, cuando Petrobras, el gigante petrolero brasileño, pagó U$S 1.1 mil millones para controlar a Pérez Companc, la principal compañía argentina de generación y distribución de energía.
El enérgico paso de Brasil hacia Argentina es parte de las cada vez mayores ambiciones globales del país. Por ejemplo, el año pasado Brasil fue el quinto mayor inversionista extranjero entre las naciones de mercados emergentes, según la Conferencia en Comercio y Desarrollo de Naciones Unidas. Las empresas brasileñas han invertido cerca de U$S 6 mil millones en Argentina en los últimos cinco años. En contraste con las compañías europeas, han centrado su atención en el sector industrial. ¿Por qué? "Brasil modernizó su industria mucho más que sus vecinos", dice Roberto Giannetti da Fonseca, director de comercio exterior de la Federación de Industrias del Estado de So Paulo (FIESP). "Argentina está atrasada quince años en tecnología, y en crear un ambiente político seguro [para la inversión]". Las firmas brasileñas se han preparado para tomar compañías con problemas de deudas, y han sido más rápidas para reinvertir y más lentas para repatriar las ganancias que las firmas europeas y estadounidenses. Por ejemplo, Petrobras ha invertido cerca de U$S 2 mil millones en Argentina, comprando petroquímica y operaciones de refinamiento además de Pérez Companc. Coteminas, un enorme combinado textil fundado por el vicepresidente brasileño, José de Alencar, está ayudando a modernizar la insegura industria textil argentina. Banco Itaú, uno de los principales bancos privados brasileños, ha comprado el Banco Buen Ayre argentino y se ha hecho presente en todo el país.
De cierta manera, esta llamada invasión brasileña tiene mucho sentido, según Giannetti da Fonseca, de FIESP. Cuando se trata de Argentina, dice él, "tenemos una ventaja competitiva" sobre las compañías estadounidenses, asiáticas y europeas. "Nuestros productos les son familiares. Conocemos a los argentinos, y ellos a nosotros. Nos sentimos como en casa allí". Ese conocimiento y entendimiento local fueron la clave para la adquisición de la cervecera Quilmes, ante la competencia de gigantes como Anheuser-Busch y Heineken. Osvaldo Schimer, vicepresidente de la acería brasileña Grupo Gerdau, que tiene el 38 por ciento de la acería de Sipar argentina, tiene una perspectiva distinta. "Tenemos las mismas dudas que otros inversionistas del mundo tuvieron sobre ir a Argentina", dice él. "Pero estamos acostumbrados a tratar con mercados volátiles, empezando por el nuestro".
Argentina no está acostumbrada a permanecer bajo la sombra de Brasil. A fines del siglo XIX, Argentina fue el séptimo mayor exportador mundial, mientras que Brasil apenas había obtenido su independencia y abolido la esclavitud. Aun más, Argentina, como república, ha mirado con desconfianza el pasado colonial de Brasil. Por supuesto, las cosas han cambiado y ahora es más factible que Brasil se convierta en una potencia mundial. Sin embargo, "los argentinos no han aceptado la verdadera importancia de Brasil", dice Ochoa. "No es un problema menor".
Muchos argentinos aseguran que las aspiraciones globalizadoras de Brasil fueron una de las razones por las que el Mercosur, iniciado por Brasil y Argentina en 1990, no ha podido florecer. Los críticos brasileños dicen que el orgullo argentino es el culpable. A pesar de la intención de sus fundadores de crear una unión aduanal desarrollada, el arancel externo común sólo cubre dos tercios de las importaciones del bloque, y Argentina ha presentado más demandas antidumping contra Brasil que cualquier otro socio comercial. Brasil podría estar menos interesado en el Mercosur de lo que estuvo antes. El país fue una pieza clave en el lanzamiento, en diciembre pasado, de la Comunidad Sudamericana de Naciones, con doce miembros, siguiendo el modelo de la Unión Europea. Para Maximiliano Scarlan, un economista del grupo de investigadores del Centro de Estudios de Buenos Aires, la medida "fue un indicio de que Brasil está tratando de librarse de Argentina. Usa al Mercosur cuando le conviene, pero toma sus propias decisiones".
Sin embargo, las disputas comerciales no deben ocultar el desarrollo en las relaciones entre ambos países. Brasil y Argentina dejaron de verse como enemigos apenas en 1979, cuando los entonces gobiernos militares de ambos países firmaron un acuerdo. Hoy sus fuerzas armadas trabajan conjuntamente en Haití. Las dos poblaciones empiezan a conocerse mejor, ampliando una relación que, por décadas, estuvo restringida por la desconfianza en el aspecto militar y una intensa rivalidad por el fútbol. El año pasado, más de un millón de brasileños pasaron sus vacaciones en Argentina y viceversa.
De hecho, según la encuestadora Graciela Röhmer, la mayoría de los argentinos cree que su gobierno debería dar prioridad a las relaciones con el Mercosur (que también incluye a Paraguay y Uruguay) sobre las que tiene con la Unión Europea, Asia o Estados Unidos. Todos coinciden en que el Mercosur no está en su mejor momento y necesita de tratamientos urgentes. Un funcionario brasileño insiste en que ambos gobiernos se mantendrán al frente del movimiento hacia la integración regional, y cita un verso del clásico de la literatura argentina "Martín Fierro" para sentar su aserto: "Si los hermanos peleamos, los de afuera nos devorarán". Justo ahora son las firmas brasileñas las que están impulsando la integración, "devorándose" a sus rivales argentinos.