El piso es el único cobijo de familiares de pacientes

| No tienen otra que vivir en el hospital: llegan del Interior con un enfermo y pocos pesos. Duermen en el piso, sufren robos y pasan hambre. El sistema no los contempla para nada.

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Fernando Pena

CATERINA NOTARGIOVANNI

Se bañan, duermen y lavan la ropa donde pueden. No vinieron a Montevideo de vacaciones, pero hacen vida de camping. Con una salvedad: no se están divirtiendo. Graciela y Mabel llevan un mes sin ver a sus hijos. José se gastó lo que no tiene y a Carlos le quedan $2 en el bolsillo. Dimar come gracias a la solidaridad de sus vecinos, Susana porque la ayuda una hermana y Ana se las "arregla a mate".

No se conocen, y sus vidas poco se parecen. Sin embargo, todos tienen una tarea en común que los vincula: acompañar a sus familiares seriamente enfermos, internados en hospitales públicos capitalinos. Mientras esperan la recuperación, pasan las veinticuatro horas entre las paredes de una sala de espera.

La noche se hace larga, más aún cuando no está prevista cama para ninguno de ellos. Cuando el personal de seguridad no los ve, tiran un colchón en el piso, que recogen dos o tres veces en el correr de la madrugada si ven que se acerca algún guardia. Como tantos otros cientos de acompañantes, viven días, semanas, meses, padeciendo una infraestructura hospitalaria que no los contempla para nada. Se pelean por los bancos para dormir, se cuelan en baños de enfermería para lavar la ropa y, si tienen suerte, logran algún ticket para por lo menos obtener una comida del Inda.

Para muestra basta llegar hasta el Pasteur, a una pequeña habitación de la planta baja donde se acomodan los familiares de pacientes en CTI, entre bolsos, reposeras playeras, vasos de plástico, viandas, frazadas y mates. Allí cuentan con media docena de bancos largos, una heladera, un baño, una mesa, un calentador eléctrico y una pileta. Como el espacio es reducido, cada cual cuida su silla como si se tratara de un tesoro: "Por un lugar nos sacamos los ojos. El que llega primero se queda", dice Graciela Robera (43), quien dejó a sus tres hijos en Rocha para acompañar a su marido a realizarse una intervención de páncreas de la que todavía no se recupera. Eso fue hace un mes y desde entonces "vive" en el hospital.

"Me las arreglo durmiendo en el piso y comiendo lo menos posible", dice la señora, que se ducha y lava su ropa a escondidas en un baño del segundo piso. Graciela no tiene familiares en Montevideo y no cuenta con dinero como para pagarse una pensión. Los $10.000 que había podido ahorrar junto a su marido (ambos son ladrilleros) los gastó en comida para ella y sus hijos en Rocha, un ventilador, una faja para el convaleciente y pasajes de ómnibus. A veces almuerza en un comedor de Inda cercano al hospital, otras se compra una milanesa al pan y la mayoría la "lleva" con mate y galletitas. Cuando llega la noche, tira una colchoneta sobre un banco (hasta hace una semana lo hacía en el piso) e intenta pegar un ojo. "La guardia no nos deja dormir en el piso. Cuando vienen nos levantamos y cuando se van volvemos a dormir", explica.

Susana Gutiérrez (43), Shirley Márquez (36), Ana Simerman (43), Dimar Mena (60) y José Rodríguez (40) comparten desventuras con Graciela. Ellos no sólo deben lidiar con la angustia de tener un pariente enfermo, sino que tienen que hacer malabares para comer, dormir e higienizarse. "Si yo fuera de Montevideo me iría a bañar o comer a mi casa", arguye Graciela. "Me quedo acá permanente para no gastar en ir y volver", dice Dimar, oriundo de Toledo, que está en el Pasteur hace 30 días cuidando a un vecino, sin dinero en el bolsillo y comiendo lo que le dejan algunas visitas. "Nadie del hospital te ayuda. Es aquello de arreglate como puedas", agrega sin enojo. "Debería haber una sala para las personas que vienen del Interior. Que cobren algo igual, pero que den un espacio para dormir un poco más cómodos", reclama José, también de Toledo.

VULNERABLES. Como si el panorama no fuera suficiente, los acompañantes deben cuidar con cuatro ojos sus pertenencias porque los robos son recurrentes. A Graciela le hurtaron el celular y cuenta de gente a la que le robaron ropa. "Tenés que andar con todo a cuestas", dice.

Dimar también tiene historias de hurtos para contar, pero el colmo le tocó vivirlo a Susana: "Eran las 6.30 de la mañana y estaba bañando a mi esposo. Había dejado una toallita y un slip sobre la cama y cuando volví a la sala ya no estaban por ningún lado".

Hay excepciones: la sala donde Ana, de Fray Bentos, cuida de su esposo. "Acá no hay problema ninguno, al contrario, somos como una familia, todos nos cuidamos entre todos". Ana lleva un mes durmiendo en una silla y comiendo una vez al día en el mismo local de Inda.

La planta física del Hospital Pasteur (edificio construido hace 150 años), se cae a pedazos. Vidrios rotos, paredes descascaradas y con humedad, azulejos quebrados y cables sueltos, dan la impresión que todo puede venirse abajo de un momento a otro. Un fuerte olor a orín impregna los pasillos donde deambulan los pacientes (algunos parecen zombis que caminan con el suero o la mariposa a cuestas). El día de la recorrida hacía tanto calor que, cuando se ingresaba a las salas, se veía a los pacientes sofocados y abanicándose sin pausa.

CAMA CALIENTE. "Este Hospital es Kosovo", admite Ricardo Ayestarán, director del Pasteur, que tiene un porcentaje promedio de ocupación del 97%, y trabaja a régimen de "cama caliente" (sale uno e ingresa otro inmediatamente). La institución tiene asignados los enfermos provenientes de Lavalleja, Treinta y Tres, Maldonado, Rocha y la zona Este de Canelones. Las pacientes venidos de esos sitios representan el 10% del total de internados.

"Ahora estamos en etapa de extensión. Se va a hacer un policlínico de 1.600 metros cuadrados que permitirá descongestionar un poco. Pero por ahora se disputan cada metro cuadrado", afirma.

En materia presupuestal al Pasteur "no se le dio ninguna prioridad", señala Ayestarán. En ese contexto la preferencia uno la tienen los pacientes, la segunda es para los funcionarios y la tercera la ocupan los acompañantes. Aún así se han procurado algunas soluciones a través del Servicio Social que incluyen 50 tarjetas de almuerzo mensuales válidas para el comedor N° 6 del Inda y el envío de algunos familiares (carta en mano) a las tres meriendas semanales que brinda la parroquia de San Agustín, ubicada frente al hospital. Hubo otras conversaciones tendientes a conseguir allí un espacio físico para los acompañantes, que no pudieron cristalizarse pero que no se descartan para el futuro. Lo que sí se logró es que la parroquia abra un comedor nocturno que, por el momento, sólo funciona los viernes.

Más allá de esas ayudas, los problemas dentro del Pasteur son de tal magnitud que la situación de los acompañantes queda relegada: "Las prioridades son otras. Son las mujeres que llegan golpeadas por el marido, el anciano que está solo en sala o el gurí que está pasado de pasta base. No es que el hospital se olvide de los familiares, tendríamos que poner más esfuerzo, pero bueno, somos cuatro asistentes sociales", explica Lucía Bogliacino, jefa del Servicio Social.

La situación del Maciel es apenas algo mejor que su colega Pasteur, pero tampoco la panacea ni cerca. En ese hospital entre el 25% y 30% de los pacientes son referidos desde el interior. El sector de CTI es el que concentra el mayor padecimiento para familiares de enfermos, sobre todo por lo prolongada de las internaciones.

Aunque ese sector aún se encuentra en obras, los acompañantes allí instalados cuentan con un baño, una ducha, una pileta y una mesada. Las pertenencias van en el piso, al igual que las colchonetas que cada uno se procura.

Así -entre cajas con ropa, tazas, cubiertos, hielera y alguna revista- esperaba Mabel, de Durazno, la recuperación de su mamá, internada hace un mes por complicaciones renales. "Dormimos unos cuantos días en un banco y en el piso de los pasillos. Un día nos bañábamos en un baño, otro día en otro, hasta que descubrimos este lugar donde están los albañiles trabajando. Hablamos con ellos y se pusieron a trabajar para dejarnos el lugar más o menos acondicionado, arreglaron la cisterna y pusieron una canilla", cuenta.

Según le dijeron, ese mismo lugar estaba dedicado a los acompañantes del interior, pero las instalaciones fueron destruidas (o robadas) por los propios usuarios. "Incluso había colchones, pero terminó siendo un depósito de mugre", indica, señalando los graffitis de las paredes. Ella y su hermana se encargan de mantener limpio el baño, comprando incluso los implementos de higiene. Pero hay otros que no tienen los mismos hábitos. "Muchas veces no depende de las autoridades sino de la voluntad de la gente. Si te dan este espacio, y no es tu casa, mantenelo. Nos pasa que viene gente a ducharse y no seca el baño", dice un tanto indignada.

En ese mismo baño se lava la ropa que cuelga en la sala donde está internada su madre. Justamente, ropa tendida en las ventanas interiores es una imagen recurrente en el Maciel.

Como al resto, instalarse un mes en Montevideo le acarreó gastos extras: "La plata se te va como agua. A mí no me importa, sólo pienso en mi madre, pero yo tengo la suerte de tener un marido que me apoya, no así otros", dice.

En cuanto a la comida, Mabel le solicitó apoyo a la nutricionista, quien le explicó que había muchos en lista de espera. "En nuestro caso no es que tengamos la necesidad, pero sí para paliar un poco porque nos estamos quedando sin recursos", explica. Finalmente le fue ofrecido un almuerzo: dos tomates rellenos que, dice, estaban muy bien.

Mabel tiene un mes sin ver a su familia: "No me preguntes por mi hijo que me pongo a llorar", cuenta con ojos llenos de lágrimas. La situación de esa señora no es única. En la sala contigua se apilaban las pertenencias de otros acompañantes que habían salido. Incluso en los pasillos pueden verse personas sentadas en reposeras de playa y rodeadas de bolsos.

La buena noticia es que tanto salas como pasillos del Maciel están limpios y ordenados. El olor a hipoclorito es omnipresente, la estructura general del edificio es buena, y el control de ingreso es estricto.

A pesar de reiteradas gestiones, no fue posible contar con la palabra del director interino, Dr. Oscar Gianneo, para interiorizarse de los planes de contención disponibles en el hospital. A través de ASSE se pudo saber que se está proyectando un convenio con organizaciones sociales de la zona para abrir una casa que dé cabida a los acompañantes del interior del país.

Aunque el alojamiento de los acompañantes no es una tarea inherente de los prestadores de salud, contar con planes de contención es importante porque repercute en la evolución del enfermo y se enmarca dentro de los llamados cuidados socio sanitarios. El trabajo entonces se focaliza en la elaboración de redes de apoyo social por fuera de los centros hospitalarios y en el fortalecimiento de la red de asistencia regional para que sólo lleguen a Montevideo los que realmente lo necesitan, explica Graciela García, doctora de ASSE.

En esa línea está "casi cerrado" un convenio entre BPS, Mides y ASSE para alojar en las instalaciones del ex hogar israelí a los pacientes ambulatorios y acompañantes del recién inaugurado Hospital de Ojos. Algo es algo, pero todavía queda demasiado por hacer. ¿Será?

El Pereira, excepción que confirma la regla

Si se puede hablar de un hospital que contempla algunas necesidades de los acompañantes, el Pereira Rossell ocupa el primer puesto, además de recibir el 20% de los enfermos del interior.

Los familiares (máximo uno por paciente), tienen derechos a las cuatro comidas diarias. Quienes se encuentren a cargo de un niño reciben ropa, jabón, shampoo, toalla y, de ser necesario, dinero para el ómnibus.

La sala para padres cuyos niños están en CTI (ahora en refracción y única prevista para albergar acompañantes del interior), cuenta con área de duchas, camas y servicio de secado de ropa.

"El acompañante del niño tiene que estar en perfecto estado de higiene", explica Nora Novaro de Renau, de la Asociación civil de voluntarios que se encarga de esas y otras tareas, como distribuir dinero para el boleto o brindar alimentos.

Cuando se le da de alta al niño, el hospital se hace cargo del costo de un pasaje y medio. Lo que falte (máximo $400) lo brinda la asociación de voluntarios.

Lamentablemente, el servicio no puede alcanzar a todos. Carlos y su esposa tienen a su hijo en CTI y llevan 20 días en el Pereira. Desde que llegó de Maldonado lleva gastado $2.500 en comida y al momento de la entrevista tenía sólo $2 en el bolsillo. Dice que duerme en el piso sobre cartones y frazadas, que tiene que esconderse de la guardia para que no lo obliguen a levantarse y que la comida del hospital "es una mierda". El aseo personal, el lavado y secado de la ropa lo hace en las instalaciones de los albañiles que están de obra dentro del predio. "Me quiero ir, ya me tiene podrido esto de no tener un colchón o un sillón donde tirarse un rato", dice ofuscado.

Valeria Falco, psicóloga de la Dirección Pediátrica, explica que es posible que se presenten situaciones como esta, pero que siempre se intenta dar una solución estudiando el caso. "En lo que tal vez fallamos es en el tema del asesoramiento y de la conexión de esa persona con las posibilidades del Hospital".

Para la experta, lo primordial es lograr un sistema de relevos entre los padres que no depositen el cuidado de los hijos únicamente en la mujer. "Por ejemplo, le ofrecemos a las madres una conexión con el hogar transitorio San Martín de Porres, donde brindan cama, ducha y desayuno gratuito a mujeres y niños. De ese modo la mamá sale durante el día y descansa allí, mientras el padre resuelve acá el tema de la comida y el baño".

Otras veces se intenta enviar al hombre a un refugio, pero la mayoría prefiere quedarse en el hospital.

Los pacientes que llegan a realizarse tratamientos pero que no requieren internación, son alojados en el Hogar La Campana, que trabaja bajo la órbita de la Fundación Peluffo Giguens.

Las cifras

10% Del total de pacientes ingresados al Hospital Pasteur fueron derivados desde centros hospitalarios del interior del país.

30% Es la proporción de enfermos de otros departamentos que se atienden en el Maciel, que proyecta tener un casa que los albergue.

20% De los niños que asiste el Hospital Pereira Rossell provienen de departamentos del interior. Allí, dormir en el piso es excepcional.

97% Es el porcentaje de ocupación en el Pasteur, que trabaja a régimen de "cama caliente" (sale un paciente y entra otro de inmediato).

Acompañante a sueldo: "Yo, de contrabando"

En el Hospital de Clínicas funciona un espacio denominado "Hotel de Pacientes" en el que se brinda cama, comida y baño a enfermos del interior que deben realizarse tratamientos puntuales que no requieren internación.

El País procuró sin éxito obtener la palabra de la dirección para que explicase detalles del servicio. Se alegó que "la directora está ocupada".

Dos recorridas por el hospital evidenciaron la existencia de personas que, a juzgar por las pertenencias (bolsos, reposeras, colchones), llevaban días instaladas allí.

De todos los casos, el más curioso fue el de Darío, un joven de 22 años oriundo de Canelones, que lleva un mes "viviendo" en uno de los pisos.

Darío llegó al Clínicas contratado por un conocido para cuidar de un familiar internado en el CTI, actividad que le insumía las 24 horas del día. Ese señor fue trasladado a sala, pero el muchacho decidió quedarse. Un trabajo llevó a otro y ahora se gana la vida como cuidador. Por esa tarea cobra una tarifa de $400 (por el día) y $200 (por la noche). "Hay días que no trabajo, que ando en banda y bajo por los pisos a buscar algún paciente conocido de conocido. Pero aunque sea por una hora agarrás trabajo", cuenta.

Darío se alimenta con la comida del hospital y se baña (y afeita) en las duchas del "Hotel de Pacientes". La ropa la manda a un lavadero. Para dormir tira un colchón en el piso.

"Es lo mismo que salgas a la playa, te vas con una carpa y armás campamento. Bueno, yo traje todo menos la carpa", explica. Las ventajas, dice, son que no paga alquiler, ni luz, ni agua, pero "la desventaja es que estás lejos de tu familia".

Su plan es quedarse: "ya me adapté a vivir entre la muerte". Para lograrlo tiene que esquivar a la seguridad. ¿Cómo? Llamando la atención lo menos posible y fingiendo ser familiar. "Estoy de contrabando".

"Este es un trabajo más. Es como estar en una fábrica donde te pasás 12 horas, pero mucho peor porque acá estás las 24 horas", finaliza.

La planta física del Clínicas es muy irregular, tiene áreas que están destruidas (un ala del piso 10 luce abandonada y parece zona de guerra) y otras que están a nuevo, como la Emergencia.

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