De Portada

Ayudantes de cuatro patas

Caballos, perros y gatos como coterapeutas de distintas patologías en Uruguay.

equinoterapia
Foto: Fernando Ponzetto

Estaba sentada en una de las sillas del aeropuerto esperando por su vuelo. Alrededor no había nadie. Por un momento la ansiedad y los nervios tomaron el control de su cuerpo. Se llevó las manos a la cara y empezó a desesperarse. Con su hocico, el perro que estaba a sus pies rompió el muro construido por los brazos de su dueña y llegó a su cara. Ella lo abrazó, le dio besos y lo acarició mientras poco a poco la ansiedad se fue apagando. El perro no era una mascota común, fue entrenado para estar atento e irrumpir cada vez que su dueña sufre un ataque de pánico o de ansiedad. El episodio ocurrió en un aeropuerto de Estados Unidos y su dueña compartió el video para mostrar cómo su fiel amigo la ayuda a superar los momentos de crisis. Parece que solo cuatro patas y una nariz fría son suficientes para tranquilizarla en las peores situaciones. Una caricia e incluso una mirada pueden transmitir la calma, concentración y empatía suficientes para seguir adelante. Pueden ser de gran ayuda para que una persona mejore su capacidad de relacionarse con los demás, controle su ansiedad o encuentre en el animal una herramienta fundamental para superar problemas. Es por esto que en muchas partes del mundo los animales son usados para realizar terapias asistidas y Uruguay no es la excepción.

Cómo puede ayudar un animal

Laura Falco (62) sufrió mucho tiempo de crisis de pánico. Eso la llevó a interesarse en estudiar las fobias y tratar de encontrar las respuestas de por qué nace el miedo, por qué la ansiedad se dispara de cierta manera. En 2004 viajó a España y conoció un centro donde trabajan las fobias a través de perros, caballos, gatos, gallinas, delfines y pájaros.

Si bien un animal puede ser fundamental para contribuir en la terapia de una persona, el rol que cumple siempre es el de coterapeuta. "La terapia formal tiene que estar presente siempre. Hay gente que la llama alternativa, pero no. Es complementaria a las formales. De ninguna manera podés dejar de ir al psiquiatra o al psicólogo", explica Falco, terapeuta especializada en terapias asistidas con animales. "Se llama animalterapia o zooterapia si bien en realidad no necesariamente lo que hacés con los animales son terapias. Muchas veces hacés intervenciones o actividades asistidas con ellos", agrega. En 2005 trajo sus conocimientos a Uruguay y abrió un centro de terapia asistida con animales que llamó TAO, para trabajar diferentes patologías con perros, gatos y caballos.

A diferencia de lo que sucede con los perros, muchas personas no saben que los felinos también pueden ser de ayuda. Falco cuenta que la independencia de estos animales, que en un principio pueden parecer ariscos, es lo que lleva a que la terapia tenga resultado. "El gato percibe la parte emocional, los cambios cíclicos que tiene una persona en el día, cambios de ánimo y humor que la gente no percibe y el animal sí", indica.

"La terapia formal tiene que estar presente siempre. La animalterapia es complementaria a las formales, pero no se puede ejar de ir al psiquiatra o al psicólogo" — Laura Falco, fundadora de TAO, centro de terapia asistida.

La especialista recuerda el caso de una paciente que tiene Síndrome de Down "mosaico", que no es el más conocido y "que puede presentar por ejemplo las patologías de los autistas", explica. Acostumbrada a criarse con perros y caballos, a su paciente le llamó la atención Kena, un gato peludo blanco y negro que se paseaba por la sala sin darle mucha importancia a la invitada. Después de que Falco los presentara, el animal se dejó tocar y tras una dosis de caricias se fue. "Lo que hacemos con este tipo de casos, más que una terapia, es un seguimiento y un mantenimiento de su estabilidad emocional", explica Falco. El gato ayuda a que durante la sesión —que incluye actividades, tareas y charlas— el ambiente se sienta menos hostil y se genere una mayor confianza. "Después de esa amistad con Kena, ella pudo expresar por ejemplo el sentirse triste. Hace menos de un mes lloró, pero lloró con lágrimas, algo que jamás había hecho", asegura la psicóloga, "y eso fue a través del animal, hablando de él".

Cuando su paciente llegó por primera vez al consultorio, no emitía una sola palabra. Kena facilitó que se despertara el sentimiento, la emoción. Ahora cuando la llama por teléfono le pregunta por el felino y afirma: "Ella me quiere". "Esas palabras que parecen ser tontas para cualquier persona significan mucho en su proceso", explica Falco.

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Laura Falco con Kena. Foto: Francisco Flores

Casi sin lenguaje, Diego López (5) llegó al Centro Integral Maranathá (ubicado en el predio de Jacksonville) hace poco más de un año. Maranathá es el nombre que la maestra y grafóloga Virginia Urquizo y la psicomotricista Carolina Fernández eligieron para empezar a trabajar con equinos en marzo de 2015.

Cada vez que Diego —diagnosticado con Trastorno de Espectro Autista (TEA) cuando tenía 3 años— llega a ese predio verde, rodeado de árboles y animales, lleva una zanahoria en una de sus manos. Levanta la cabeza y busca con la mirada a Bizcocho, camina, ve caballos y sigue, hasta que finalmente lo encuentra. Ahí le da la zanahoria, el regalo que siempre le lleva de su casa. Antes de conocerlo, hubiera sido imposible que Diego hiciera todos esos pasos antes de visitar al equino. "Lo quiere como si fuera un amigo, una persona. Le da besos, lo mima", cuenta Verónica Coitiño De Lima (35), su mamá. A Diego no le gustaba ir al supermercado con su madre. Ahora cuando van, le pide a Verónica que lo suba el carrito y, como si estuviera arriba de Bizcocho, toma las riendas en su imaginación y le dice "Izquierda-izquierda" o "derecha-derecha" para pasar de góndola en góndola. "Hace lo mismo que acá (en las clases) pero en el carrito", dice Coitiño De Lima.

Aunque tiene una complexión física muy distinta que el perro y que el gato, el caballo sirve para que el terapeuta pueda trabajar mejor y captar la atención de su paciente. Cuando Diego está arriba de Bizcocho, cambia. Se queda más tranquilo, concentrado, y eso permite que Urquizo pueda agarrar las láminas con dibujos (pictogramas) y hacer más efectivo su trabajo.

"A mí me ha pasado en una sala que con un chiquito con autismo demoro más en que me contacte, que esté en el aquí y ahora. Quizá porque se colgó en la esquina jugando con algo. En cambio acá, como tengo al caballo de intermediario se concentra en él; busco que me mire, que me presente atención", explica Fernández y agrega: "Es el efecto motivador porque vienen a jugar con un animal, vienen a andar a caballito y una vez que está arriba le puedo exigir un montón de cosas que capaz que en una sala me cuesta más lograrlas".

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Una sesión de equinoterapia en Jacksonville. Foto: Fernando Ponzetto

Poner conos en el suelo para que el niño vaya andando en el caballo, cruzando en zigzag entre ellos y luego embocar una pelotita en un arito de básquetbol. Esos juegos que el niño realiza arriba del equino son consignas que los especialistas desarrollan para lograr objetivos determinados. "Trabajamos memoria, concentración, atención", dice Fernández y explica que estas tareas sirven para ver en "cuánto tiempo ese niño pudo entender la consigna o en qué momento perdió conexión y no pudo seguir."

Mientras Diego está con Bizcocho, a metros de ellos está Alejandra Pereira (45). Nació prematura de seis meses y pesaba 1.400 kilogramos. Los médicos le diagnosticaron parálisis cerebral, la operaron de la cadera, de los tendones y le dijeron a su mamá que iba a ser difícil que sobreviviera. Hace dos años que llegó a Maranathá para realizar equinoterapia. "Ella nació con células muertas y no hay nada para esas cosas", cuenta su mamá, Mirtha Modernell (73). "Tengo que estar pendiente, lavarle los dientes, bañarla. Es dependiente total", explica.

Durante los 45 minutos que Alejandra pasa arriba del caballo sus piernas se aflojan, se estiran y ella se relaja. En el lomo, en vez de una montura, el equino lleva una especie de manta ultrafina que se llama mandil. Esa manta permite que el paciente sienta el calor corporal del animal, que es entre uno y dos grados más que el del humano. "Es como si tuviera una estufita entre las piernas", lo que le permite aliviar la contracción muscular. "Ella se sube con las piernas arrolladitas", explica Fernández y montar a Bizcocho le permite "distenderse, alargarse y mejorar su postura", indica.

Para los casos de parálisis cerebral, el caballo es fundamental para transmitir los beneficios el simple hecho caminar.

Cuando Alejandra está en terapia siente los impulsos rítmicos del caballo. "Pasan por la cadera del alumno hasta el sistema nervioso central, y le permite desbloquear la cadera", dice la terapeuta. Para los casos de parálisis cerebral, el caballo es fundamental para trasmitir los beneficios que otorga el simple hecho de caminar: este principio se llama "patrón tridimensional de locomoción". "Como están en sillas de ruedas, lo tienen perdido por completo. Entonces, cada vez que vienen, para ellos y para todo su cuerpo, es como volver a caminar. Se activan un montón de cosas que al estar en reposo o en situación sedentaria no están. Para la memoria corporal, es como si estuvieran caminando, con todos los beneficios que eso da", agrega. Alejandra hacía todo con su mano izquierda, era "zurda cerrada", cuenta su mamá. Ahora "está muy bien del brazo derecho", dice. Además de caminar a través del caballo y sentir los beneficios que le trasmite, la equinoterapia también cambió su vida social.

El primer "extraño a papá"

Ámbar llegó al consultorio del dentista y lo primero que vio fue la pasta y el cepillo de dientes. Después le mostraron la silla donde se tiene que sentar para ser examinada. De a poquito la fueron llevando hacia el salivadero. Una vez ahí, la hicieron tomar agua y después le pusieron el babero. Pero faltaba lo más difícil: sentir el foco la luz en la cara y escuchar la turbina invasiva del aparato que usa la profesional para trabajar en su boca.

Ámbar tiene cuatro años y es la perra de asistencia de Santiago Álvarez, de seis, que fue diagnosticado con TEA a los dos años. Para que Santiago dejara que la dentista trabajase en su boca, primero tuvo que ver todo el proceso en su perra. Cada paso que la dentista hacía en ella luego lo repetía en él. Gracias a su perra pudo ver que todos esos ruidos, luces y aparatos extraños que había en ese cuarto no significaban ningún peligro. Todo el proceso duró ocho visitas a la odontopediatra, cuenta Susana Acevedo (44), mamá de Santiago. Luego de que la dentista pudo pasar la turbina en la boca de Santiago y trabajar, el niño se paró en la silla, con Ámbar siempre a su lado, y con un aire triunfal gritó: "¡Viva yo!".

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Ámbar ayuda a Santiago a conectarse y expresarse. Foto: gentilieza Susana Acevedo

En la primera noche que Ámbar se mudó a su nueva casa, Susana y su esposo le dijeron a Santiago que iban a darle el colchón que usaban cuando él era bebé para que la perra pudiera acostare.

Al rato, Santiago agarró todas sus pinturas y cascolas y construyó un muro al lado del colchón para que Ámbar no pudiera pasar. "Esa fue la primera vez que nos mostró que era capaz de sentir algo que fue el sentido de pertenencia, los celos", cuenta su madre. "Nunca habíamos encontrado una expresión de ese sentimiento", agrega.

"No la quiero" dijo Santiago al otro día, pero esa frase de rechazo hacia la perra desnudó algo mucho más importante. El niño estaba sintiendo y lo estaba pudiendo expresar. Esas palabras que a simple vista estaban vestidas de negación, fueron un disfraz que mostró un avance.

Al otro día con su madre y su perra fueron al parque. Susana estaba sentada al lado de Ámbar y Santiago a unos poquitos metros. Los miró y empezó a correr en dirección a ellos, cuando los alcanzó, abrazó fuerte a su madre y por primera vez le dijo: "Extraño a papá".

Amigo fiel

Llegan y cambian todo el ambiente. Llegan para despertar recuerdos y emociones. Llegan para convertir el silencio en risa y el sueño en emoción. Una vez por semana llegan cinco perros al Hogar Israelita, una casa residencial de ancianos judíos en el barrio Brazo Oriental. Llegan para visitar a 100 personas en el marco de una de las 20 actividades semanales que tiene el hogar para sus residentes.

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Apoyo y alegría animal en la tercera edad

Yoni Kurlener es el coordinador de esta iniciativa que empezó hace dos años; los perros pertenecen al equipo de Intervenciones Asistidas por Perros de Uruguay (IAPUy).

La primera vez que los caninos pisaron el hogar "la reacción de los abuelos fue increíble", cuenta Kurlender. Los perros asisten al lugar con el objetivo de recrear, motivar y transformar el humor de las personas. Algunos los peinan, otros le tiran la pelota para que el perro se las traiga y otros los sacan a pasear por la casa. Pero los caninos no llegan solos. Cada uno viene con su cuidador y se utilizan como un intermediario para acercarse a los ancianos.

"Antes de hacer las actividades tenemos una reunión de equipos con ellos y nuestra área médica. Buscamos potenciar las aptitudes de ellos a nivel motriz y cognitivo. Con cada uno se trabaja de manera distinta", explica Kurlender.

Hay muchas personas dentro del hogar que han tenido mascotas y volver a ver a uno de ellos puede iluminar un recuerdo apagado, despertar una emoción casi olvidada. Con los perros llegan las ganas de conversar, de contar sus propias experiencias, de hablar sobre sus propios perros y avivar otros momentos que vivieron a su lado. "Lo que transmiten a nivel emocional es muy fuerte", dice el coordinador de la actividad.

Los caninos sirven para trabajar en varias áreas. Los juegos que se realizan son en realidad objetivos trazados para mejorar la calidad de vida de los ancianos. "Hay gente que tiene que trabajar más en lo motriz, y lo peinan o le tiran la pelota. Con otros tenemos que trabajar la parte cognitiva, entonces se va mucho al recuerdo, a cómo se llama el perro, si se acordaba de la última vez", explica Kurlender y agrega: "Hay muchas personas, pero cada una es única y tiene sus necesidades".

Con TAO, Laura Falco visitó con sus perros a ocho casas desde Punta Carretas hasta el Centro durante todo 2017. "El anciano cada vez se mete más hacia sí mismo. Muchas veces están desarraigados de todo y cuando llegan los perros pueden reír, llorar, y es liberador", explica la terapeuta. Falco recuerda cuando Kala, una labradora que iba a las casas residenciales, se acercó a una abuela y ella empezó a recordar hasta la mascota que tuvo a los 5 años y las que tuvieron sus hijos. Y cómo después de ver a Kala se entusiasmó y empezó a contarle a sus compañeras sobre sus experiencias. "Los propietarios nos contaban que siguen durante varios días hablando del tema hasta que viene la próxima intervención. Los animales son facilitadores emocionales", cierra Falco.

La otra familia: una ayuda que brinda "mucha paz"

Cuando a Diego López le diagnosticaron TEA, Verónica no sabía bien qué hacer. Lo primero que hizo fue ir a terapias con fonoaudiólogo y psicomotricista. En una corre caminata por el Día Internacional del Autismo se encontró con una madre que llevaba a su hijo a Maranathá y le contó de la equinoterapia en el ese centro. Las clases en Maranathá tienen un costo mensual pero también poseen un sistema de "apadrinamiento", que es gratis para el alumno.
"Como queríamos llegar a gente que no puede acceder propusimos un programa de apadrinamiento. En principio fuimos a las empresas con esta propuesta, pidiéndoles para apadrinar un año de terapia de un chico de bajos recursos", explica Carolina Fernández, psicomotricista.
Mientras buscaban contactos empresariales para que se hagan cargo del tratamiento de los alumnos que no podían acceder se sorprendieron porque empezaron a aparecer familias interesadas en ser padrinos. Además, también surgieron grupos de amigos queriendo apoyar la iniciativa.
Para que Diego pueda tener clase su mamá estuvo en una lista de espera. A los pocos meses se enteró que una familia lo quería apadrinar. Enrique (62), que prefirió mantener su apellido en reserva es uno de los padrinos con los que cuenta Maranathá. Un colega le contó sobre el trabajo que se hace en el lugar y se acercó para ver cómo funcionaba.
"Hace tiempo que quiero hacer beneficencia. La ventaja es que acá es algo palpable, lo ves todas las semanas el trabajo porque sos padrino de la persona", explica.
Enrique empezó hace tres años como padrino de una niña y hace dos decidió apadrinar a otro. Una vez al mes asiste a las clases para poder ver el avance de las personas. "Siento alegría por el progreso, te compran de forma natural de tanto agradecimiento. Es bueno venir y experimentar con ellos", dice.
"A mí me da una alegría enorme. Si yo puedo ayudar en algo a que los niños progresen y puedan conectarse con el mundo, me da paz", agrega. "A veces vengo con mi señora y traigo a mis hijos para inculcarles este tipo de actividades y que puedan seguir ayudando el día que yo no esté", reflexiona Enrique sobre su rol como padrino.

FUNDAPPAS

Perros guías y amigos

perros guía, Fundappas
Foto: Francisco Flores

Ámbar es uno de los 24 perros que lleva entregados Fundappas, la escuela integral de perros de asistencia; 18 son usados como perros guía y 6 como perros de asistencia para niños con TEA.
Alberto Calcagno (72) fue perdiendo la vista de a poco hasta que en el 2003 quedó completamente ciego. A partir de ahí empezó a naufragar en aguas desconocidas: quería crear una escuela de perros guía en Uruguay. Poco a poco fue remando, superando obstáculos y con ayuda de mucha gente lo logró.
En 2011, Alexa Mackern se acercó a Alberto para incluir en su escuela perros de asistencia para familias con niños con TEA y Fundappas pasó a contar con los dos servicios. Mackern se convirtió en la coordinadora general del lugar.
Aparte de los 24 perros que la fundación lleva entregados gratuitamente, en la escuela están entrenando a 7 futuros perros guías y a 4 futuros perros de asistencia.
El 17 de marzo de este año, Mackern falleció de un infarto mientras estaba en Fundappas, en ese lugar rodeada de esos perros que luchó para entrenar y entregar a familias. En su honor, la fundación pasó a llevar su nombre y su sobrina, Lucía Crescionini, junto con la nieta de Alberto, Ximena González, comenzaron con los entrenamientos para convertiste en instructoras de perros de asistencia.
"Ellas se entrenan con la Fundación Bocalán de España", dice Alberto y explica que la preparación consta de visitas que un instructor hace a Uruguay cuatro veces en un año. Las visitas son espaciadas y en cada una el instructor se queda entre 10 y 12 días en el país. "El entrenamiento de los perros de asistencia se está haciendo conjuntamente con la preparación de las futuras instructoras", explica Alberto.
El fundador de la escuela trabajaba haciendo gestiones en la calle para el Banco de Seguros del Estado (BSE). Visitaba gente y tenía varias cuadras a un buen ritmo. Cuando tuvo a Suny, su primera perra guía, empezó a circular a la misma velocidad, sin bastón, sin nada, dejando que la perra sea sus ojos. "Ahí tomás la real dimensión del apoyo que significan estos peludos", dice Alberto. "Llegaba el momento en que paraba y me abrazaba a Suny y alguna lágrima que otra se me caía", indicó.

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