Orígenes de una enemistad

Vargas Llosa antes de la piña que le dio a García Márquez

Tras muchos años se reedita el ensayo escrito por el peruano donde todavía admiraba al colombiano.

GABRIEL GARCIA MARQUEZ Y MARIO VARGAS LLOSA
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, jóvenes e impetuosas celebridades.
(foto Barry Domínguez)

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por Ionatan Was
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En abril de 2014 la muerte de Gabriel García Márquez puso fin a una larga enemistad, una que dio para comentarios de toda índole. Habían pasado casi cuarenta años desde que el colombiano se encontró con Mario Vargas Llosa en un cine de Ciudad de México en 1976, luego de que ambos vieran un documental sobre el milagro de los uruguayos en Los Andes. Este último dato solo concierne a los uruguayos. Pero lo que el mundo recordará por siempre es el feroz puñetazo que lanzó a la salida el escritor de Arequipa, más el ojo morado del genio de Aracataca. Vargas Llosa apareció y mientras García Márquez le abría los brazos para saludarlo con cariño, Vargas Llosa le pegó. El colombiano se hizo sacar una foto para que quedara constancia del estado de su ojo.

Ya por entonces, a mediados de los setenta, ambos eran escritores famosos y se encontraban a la vanguardia de la literatura de habla hispana. Por eso tanta habladuría sobre el incidente. El motivo más aceptado para el enojo de Vargas Llosa es un probable acercamiento, una especie de flirteo que llevó adelante García Márquez hacia quien por entonces era la compañera del peruano, Patricia.

La anécdota descrita poco tiene que ver con el libro que aquí se pretende reseñar. Pero resulta imposible empezar una nota de estos dos premios Nobel sin hacer una mínima mención a los hechos. Al fin y al cabo, aquel golpe puso fin —definitivamente, por si alguien lo dudaba— a una amistad fraternal que empezaría en Caracas, seguiría en Barcelona, para cortarse abruptamente, qué curioso, en la ciudad en que García Márquez había escrito su obra magna.

Un ensayo “sobresaliente”. Ambos escritores se guardaban admiración mutua. Tan así que en 1971 Vargas Llosa decide tomar la obra de su colega como base para una extensísima tesis de doctorado de la Universidad Complutense de Madrid. Todavía no se llamaba Historia de un deicidio, poseía un título menos sugerente, “García Márquez: lengua y estructura de su obra narrativa”. Pero claro, muchos especulan que una tesis tan espectacular, tan brillante, habría catalizado el fin de la amistad. Recién en 2021 se haría una reedición de la misma como García Márquez, Historia de un deicidio, publicada por el sello Alfaguara.

El trabajo fue calificado con la máxima nota, sobresaliente cum laude. Vargas Llosa tenía entonces treinta y cinco años y ya se mostraba no solo como un excelso literato, sino como un lector voraz, un crítico punzante, y más que eso, un intelectual de primera línea.

El ensayo vino pocos años después de que en Buenos Aires apareciera en las librerías esa obra magna llamada Cien años de soledad. Su fama resultó inmediata, igual que la del autor, que se volvió una celebridad mundial. Vargas Llosa, a su manera, ahonda en las claves para tamaña fascinación, descifra los encantos de aquella novela total, icono y paradigma del sentir de América Latina en aquellos años.

 Camino a Macondo. La tesis empieza con una extensa biografía del autor, la historia de la familia y su infancia en Aracataca, donde destaca la casa grande que sirve de inspiración a tantas historias, entre una abuela supersticiosa y un abuelo que en su tiempo había sido coronel de guerra. A los ocho años García Márquez se muda con sus padres para luego pasar a Bogotá a estudiar Derecho, y más tarde mudarse a Barranquilla a vivir en una buhardilla de hotel de paso. Fue allí que conoce a los cuatro del grupo de Barranquilla, replicados fielmente en Cien años de soledad, apadrinados entonces por el sabio catalán. Los cuatro, hombres de letras, aspirantes a escritores, y amantes de las noches largas entre tertulias y borracheras.

Al mismo tiempo, cuenta Vargas Llosa en el libro, entre Bogotá y Barranquilla se publican los primeros cuentos, y años más tarde, a mediados de los cincuenta, la primera novela, La hojarasca. El peruano explica los primeros entramados de ese mundo incipiente que gira en torno a una palabra extraña, Macondo. Ese nombre de paraje que Gabo anotó en un viaje, directa o indirectamente, y que es por donde todo empieza a pasar: la fiebre del banano, la violencia política, los meses de lluvia, el calor eterno, los toques de queda, los pasquines, el gallo de pelea, los almendros, el coronel Aureliano Buendía…

Es cierto que Historia de un deicidio repasa cada cuento y cada libro, y que por momentos se pierde en cuestiones técnicas de la hermenéutica que al lector poco le interesan. No en vano se trata de un libro dirigido a un público restringido: los seguidores de García Márquez en primer lugar, y también los de Vargas Llosa, y en general, escritores con ansias de aprender, además de interesados en la crítica literaria, aunque no gusten de ninguno de los autores. Otra condición para sobrellevar esta larga investigación es conocer la vida de García Márquez, además de haber leído no la mayoría de sus novelas, pero sí al menos Cien años de soledad. De otro modo se estaría pisando un terreno lleno de piedras.

Deicidios y demonios. Ambos conceptos son ampliamente analizados en este ensayo de más de seiscientas páginas. Y existe una relación directa entre ambos, que en García Márquez en particular se exacerba todavía más. Para que haya un deicidio, para sustituir a Dios en su rol de creador de mundo, necesariamente debe haber un demonio detrás: eso que impele, que sacude.

En cierta forma, y sin decir más de lo debido, para García Márquez los demonios podrían ser esos primeros ocho años en Aracataca. Pero también podrían aparecer mucho después, como sugiere de forma velada Cien años de soledad, según cita Vargas Llosa: “El pueblo había llegado a tales extremos de inactividad, que cuando Gabriel ganó el concurso y se fue a París con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las obras completas de Rabelais, tuvo que hacer señas al maquinista para que el tren se detuviera a recogerlo”.

Es un poco el trabajo del escritor: hacer que el pueblo nunca muera. Y por eso mismo, Macondo por siempre vivirá.

GARCÍA MÁRQUEZ: HISTORIA DE UN DEICIDIO, de Mario Vargas Llosa. Penguin Random House, 2021. Barcelona, 636 págs.

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