por László Erdélyi
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Considerado el número dos de la revolución soviética luego de Lenin y asesinado en México por un agente de Stalin (1940), el mito de León Trotsky ha sobrevivido de manera fuerte y paradojal. La imagen que se ha instalado es la del idealista que se oponía a la crueldad y la brutalidad del liderazgo de Stalin, la del intelectual brillante que sedujo y sumó respeto, o la del amante ardoroso de Frida Kahlo, una artista que no para de crecer y cuyo mito también irradia hacia quienes la rodearon. Hay datos de su biografía, sin embargo, que desmienten esta idealización. Trotsky fue un psicópata mayor, un notable organizador y un general amateur durante la revolución —tuvo a su mando a todo el ejército bolchevique en la guerra civil— que no dudó en aplastar revueltas de manera inmisericorde. Cuando la colectivización forzada de la agricultura llevada adelante por Stalin fue crítico con su lentitud, pues entendía que le faltó militarización (o sea, masacrar campesinos a mayor ritmo). Igual el saldo fue de millones de muertos, por ejecuciones o hambre.
Llega ahora la primera edición en castellano de La fuga de Siberia en un trineo de renos de León Trotsky, en una buena traducción de Irina Chernova. El texto es el relato del camino al exilio hacia las colonias penales de Siberia luego de la fallida revolución de 1905, y su inmediata fuga en trineo a través de la helada taiga. Es una narración que atrae como imán y se hace difícil abandonar. Sin embargo hay que advertir al lector de las falacias que plantea uno de los textos introductorios a esta edición, la del novelista cubano Leonardo Padura, autor de la exitosísima novela El hombre que amaba a los perros, donde construye un Trotsky funcional al devenir del comunismo actual en su isla natal, Cuba (donde hay un gobierno dictatorial que encarcela a poetas y homosexuales, entre otros). En las páginas iniciales de esa introducción Padura no solo compite con el propio Trotsky, lo que resulta sorprendente (comienza hablando de los efectos que tuvo su novela, y no de Trotsky, como si ella fuera más grande que todo). Lo peor es el blanqueo que Padura lleva a cabo del revolucionario, destacando su lado “humano” y convirtiéndolo en un idealista, un comunista bueno enfrentado al comunista pragmático y malo (Stalin). Porque, claro, si se puede rescatar de la historia a un comunista bueno, idealista, para reflejarse en él, la revolución cubana todavía se podría salvar.
El problema es que Trotsky fue otro. Los datos históricos desmienten este mito y hablan de un planificador frío, preciso, cruel, y de un orador y polemista en extremo narcisista, alejado de cualquier calor humano que no alimentara su propio ego.
Superado el inefable Padura, vale la pena disfrutar de esta notable crónica siberiana.
Frío, nieve, ventisca. “Parece que uno está en un majestuoso parque antiguo. El silencio es absoluto”. Trotsky avanza por la soledad y la total ausencia de seres humanos. Eligieron este camino, casi no frecuentado, para evitar la captura; a veces pasan 100 kilómetros sin ver ni un ser humano, cree que sus perseguidores no se animarán por semejante territorio, y si lo hacen, lo harán de forma lenta. El otro camino era una ruta muy popular, y eso no era buena idea. Trotsky puso su destino en manos de Nikifor, un ostiako nativo que conducirá el trineo. Se refiere a los ostiakos de manera despectiva, como si fuera una raza en decadencia, se la pasan ebrios, los hombres son muy haraganes y las mujeres hacen toda la tarea laboral y doméstica. “La mujer cargaba todos los utensilios: el hacha, el cuenco, el saco con las provisiones. El hombre solo llevaba un cuchillo en la cintura. Cuando paraban a descansar, la mujer desbrozaba la tierra, recibía de manos del marido el cinto que él se quitaba para aliviarse, después prendía el fuego y servía el té. El hombre se arrellanaba y encendía la pipa...”. Trotsky señala que ellas también beben hasta embriagarse.
El entorno es tan hostil, por el frío, la nieve y la ventisca, que una mala decisión puede conducir a la muerte. Sus vidas dependen en gran medida de quienes arrastran el trineo. “Los renos son unas criaturas fascinantes. No pasan hambre ni padecen cansancio. Cuando emprendimos la odisea, llevaban ya dos días sin alimentarse y va a ser otro día más sin dar un bocado. Según asegura Nikifor, ‘apenas si tomaron carrera’. Corren a buen paso, sin un ápice de fatiga, a unas 8 a 10 verstas por hora”. Una versta equivale aproximadamente a un kilómetro. En cierto momento deben cambiar los renos, vender los que tienen y comprar nuevos. La pereza y los tiempos lentos en la taiga enervan a Trotsky, que teme por la aparición de la partida de policías. Insiste en cerrar el trato por los nuevos renos con un comerciante local, pero no entiende los tiempos, la lentitud (cree que es desidia). Irritado abandona la choza y se esconde en el trineo. “Arropado con las pieles de reno parecía estar en una guarida caliente. Un halo de luz desprendido de la fogata a medio extinguir rodeaba el chum (la choza). Reinaba un silencio absoluto. En lo alto del firmamento pendían las estrellas, inalterables en su resplandor. Los árboles estaban inmóviles. El olor a piel de reno macerada por el viento me sofocaba, pero estaba tan abrigado y la placidez de la noche me hipnotizaba (...). Cuando empezó a clarear el alba, sobre las 5 de la mañana, me metí de puntillas en el chum, encontré a tientas el cuerpo de Nikifor perdido entre otros cuerpos desperdigados y le di una sacudida. Él despertó a todos. Parece que la supervivencia en este clima no pasa sin dejar huellas en los habitantes del chum: una vez despiertos tosieron y gargajearon hasta dejar todo el suelo lleno de escupitajos. No pude soportar semejante escena, y salí. En la entrada del chum un niño de unos 10 años vertía saliva de la boca a sus manos sucias y después se frotaba la cara mugrienta. Al dar por terminada la operación, se secó meticulosamente con un puñado de aserrín”.
Estos relatos pertenecen a la segunda parte del libro, la fuga, que está escrita en modo crónica. La primera parte, el relato de ida, es espistolar —al principio en cartas dirigidas a un destinatario anónimo, pero luego se supo que eran para su esposa, Natalia Sedova. La ida carece del ritmo y la tensión que tiene el texto de retorno, un recorrido de 700 u 800 kilómetros por uno de los territorios más inhóspitos y salvajes que hay en la tierra, la taiga siberiana, y como fugitivo, con la autoridad respirándole en la nuca. Sin llegar a la maestría narrativa de su contemporáneo Jack London, en particular los relatos de hielo y muerte de Once cuentos de Klondike (en la traducción anotada de Jorge Fondebrider, publicada por Eterna Cadencia), Trotsky logra un retrato verosímil de la Rusia pre revolucionaria, sobre todo de las mentalidades y las expectativas de personas de diferentes etnias y estratos sociales, con formaciones disímiles, ante el enorme cambio que casi todos veían venir, pero que solo unos pocos, él, Lenin y Stalin, sabían de verdad la escala de la tormenta que iban a desatar.
LA FUGA DE SIBERIA EN UN TRINEO DE RENOS, de León Trotsky. Siglo XXI, 2022. Buenos Aires, 126 págs. Con textos introductorios de Horacio Tarcus y Leonardo Padura.