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por Karen Parentelli
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Para Victoria Marichal el dolor funcionó como combustible y le permitió moverse del estereotipo de víctima de abuso sexual. Pudo crecer, estudiar y cumplirle el sueño a la niña que fue: escribir un libro. A los 17 años, en plenas vacaciones de verano en Rocha, con el goce a flor de piel y con la alegría de una adolescente que empieza a caminar en el mundo adulto, Victoria fue violada por un varón. Sobrevivió, y esta brutal experiencia que atravesó su carne y saqueó su psiquis está contada en un libro, que sin intención, fue clave en su proceso de sanación.
Por qué ahora es una publicación autogestionada, sin el apoyo de ninguna editorial, que con mezcla de estilos crea un libro para leer y ver, con énfasis en las ilustraciones y el diseño. Allí repasa cómo la justicia uruguaya respondió a su denuncia y de qué manera pudo asumir lo que le había pasado. Un camino largo, pero que no hizo sola sino con amigas, parejas y una familia que siempre la acompañó. Además de atención psicológica.
Una sobreviviente, así se define ella. Es que ese espacio-tiempo detenido en el que se consumó el abuso y donde su cuerpo fue tratado como un objeto, no define a la simpática mujer que es. Una joven que logró recibirse de psicóloga, que está en pareja y que afirma que hay que cambiar las narrativas existentes sobre las víctimas de delitos sexuales.
Su agresor está libre, por ahora, porque la causa sigue. Todo es tan Uruguay pequeño país que a la salida de una de sus declaraciones ante fiscalía, y con medidas perimetrales de restricción, se lo cruzó en Ciudad Vieja. Está el derecho, y sus garantías, pero antes están los hechos y sus realidades. “Es Montevideo, íbamos con mis padres al auto para volver y lo ví. Sé que en el interior es peor.”
Diferentes voces.
—En varios momentos del libro nombras la necesidad de hablar: “Dicen que el tiempo todo lo cura. Sin embargo, yo creo que lo que cura es el grito”. ¿Por qué?
—Es clave para un montón de procesos, hay que darle su tiempo. En los casos de violencia sexual necesitamos también sacar y expresar lo que nos está pasando, de la forma que sea. Romper el silencio no significa ir y contarle a todo el mundo lo que viví, sino buscar la manera para romper ese silencio. El grito tiene que ver con poder sacar para afuera lo que estoy viviendo. Que deje de estar adentro, en el dominio de lo privado y de lo que me pasa solamente a mí. Que se entienda como una problemática social colectiva, pública. Creo que eso es muy sanador. Cuando hablamos de lo que cura es el grito, hay algo de lo colectivo. De las voces de todas nosotras que se juntan a denunciar colectivamente hechos de violencia machista y patriarcal, que han pasado siempre, y que siguen pasando. Pero no hablamos de ellas. Y lo que no se nombra no existe. Entonces si no le ponemos voz no podemos abordar la problemática con la importancia que tiene.
—¿Todas tienen las herramientas para romper ese silencio?
—Es una realidad que para poder romper el silencio y poder hablar de lo que pasó se necesita un montón de cuestiones antes. No todas podemos romper el silencio, ni hablar de lo que vivimos en primera persona en todos los momentos, ni en todos los espacios sociales. Porque eso genera una exposición muy grande, y procesos de revictimización.
—Por qué ahora es una autobiografía y un libro sobre estrés pos traumático escrito por una psicóloga. ¿Cómo integraste esas facetas?
—Al principio estaba muy peleada con esto de las diferentes voces. No sabía cómo hacerlo. Si iba a escribirlo desde la voz de la sobreviviente de violencia sexual, desde una voz más literaria externa al hecho, o desde el lugar de una profesional de salud mental. Ahí en ese proceso me acompañó Mariana Olivera. Fue un ‘amiguémonos con estas voces’, porque estas voces son todas una parte de mí. Implicó decidir poner otras formas de lenguaje en el libro que son tan cotidianas hoy, a las que también les tenemos que dar importancia. Pasó cuando recuperamos los chats de WhatsApp. Fue una tarde que me junté con una amiga que tiene los archivos de toda nuestra vida en WhatsApp, y ella nunca borró los mensajes. Fuimos buscando fecha a fecha y con palabras clave los encontramos. Ahí hay un montón de data, información a partir de la cual yo podría haber escrito textos, pero me parecía que era importante poner literalmente lo que había pasado, lo que estaba viviendo en ese momento.
—Funcionan como paratextos que se integran a la narración, pero también tienen una vida propia. ¿Lo ves como fotos de esos momentos?
—Bueno, eso era lo que estábamos viviendo. Los mensajes son textuales, incluso con faltas de ortografía o mal redactados. Tienen eso de lo momentáneo, de lo que pasó ahí, para conectar con la emoción de lo que se estaba sintiendo en ese momento, alguien de mi familia o yo misma. Es muy valioso. No fue solo haberme sentido apoyada por toda esta red enorme de personas que me estuvieron acompañando durante el proceso de denuncia, sino también durante el proceso de hacer el propio libro. Fue un proceso muy intenso y rápido, que me dio vuelta la vida. Porque no solo me expongo yo, sino que también los involucro a ellos. A mi novia, a mi ex novio, a mis padres, a mi hermana, a mis amigas. Los que estuvieron cuidando qué decirme y cómo.
La psicóloga.
—Al narrar la historia van apareciendo definiciones en otro formato de texto. ¿Leemos en esos tramos la voz de una profesional de la salud?
—En un momento lo había pensado como un capítulo al final, que fuera más mi voz de psicóloga que explica todo esto y después me di cuenta que era imposible de separar. Necesitaba que la gente que estuviera leyendo el libro entendiera aunque sea una pequeña punta de lo que significan determinadas definiciones, porque también para mí el libro siempre tuvo el objetivo de ser una herramienta. Para víctimas de violencia sexual y para quienes estén acompañando desde un lugar de amistad o profesional. Entonces, cuando estoy hablando de que me diagnosticaron estrés postraumático, te voy a explicar qué es. Lo mismo cuando hablo de la disociación. Te explico cómo funciona el cerebro. Los libros narrativos son tremendas herramientas para sanar, pero en este caso quería que tuviera contenido teórico. Entender racionalmente qué me estaba pasando fue súper importante para poder sanar. Todas las personas deberíamos poder acceder a ese tipo de información, y que no sea un privilegio. Las herramientas teóricas permiten saber que lo que se está viendo como víctima de una violación tiene una explicación. De que no es porqué sí, y de que es normal y hasta natural que pasen.
—Manejas el concepto de “mala víctima”. ¿Por qué te parece que es necesario traer este término a la discusión?
—Creo que empezar a hablar de malas víctimas es recontra importante, nos tenemos que correr de los estereotipos. No hay un manual escrito de cómo se debería sentir ser víctima. Usamos las herramientas que tenemos y hacemos lo que podemos en el momento. Por un lado está la hipersexualización, que es una respuesta muy frecuente que se usa todo el tiempo para desestimar o no creer: ‘¿Cómo si fuiste violada vas a tener pareja?’ o peor, ‘¿Cómo seguiste teniendo encuentros sexuales con un montón de personas?’ Hay muchos prejuicios y estigmas. Parece que para ser creíbles tenemos que estar totalmente arruinadas, con la vida destrozada, y deprimidas. Además, por miedo a que otros no nos crean, no se cuenta. O el miedo a que lleguen millones de preguntas, algunas con morbo queriéndome saber todos los detalles, o cuestionando los años que demoraste en hacer la denuncia. La revictimización es constante, creo es lo que nos impide muchas veces hablar, porque también tiene que ver con la culpa, la vergüenza y el estigma. Todo eso nosotras lo vamos aprendiendo culturalmente. Porque nos enseñan de chicas a que ‘yo soy la responsable de cuidarme’. El mundo me dice: vos te tenés que cuidar de que no te violen. Entonces, si te violan, te sentís culpable. Y si es mi culpa, ¿por qué lo voy a decir? Así se da el círculo que sostiene la cultura del silencio y la violación. La cultura de la complicidad patriarcal.
—Decís que no hay víctimas “perfectas”. ¿Es una crítica a esa idea de “está rota” o “le arruinaron la vida”?
—Sí, es que yo creo que ese discurso es muy peligroso. Implanta la idea de que la persona no se va a poder recuperar nunca. No va a poder hacer nada de su vida. Ni tener pareja o hijos. Hay que crear nuevas narrativas. Que cuenten las cosas que nos pasaron, pero también que nos recuperamos. Me encanta pensar en el libro como una herramienta para crear nuevas narrativas feministas, que nos digan que la violencia sexual existe, que es una realidad de todos los días, y que las víctimas hacemos lo que podemos en los tiempos que podemos. Que también nos recuperamos. Que es importante habilitarnos el placer, el goce, el disfrute, la recreación, la felicidad. Eso, o no podremos nunca corrernos del lugar de lo que nos pasó. Trabajo en prevención dando charlas y talleres. Este libro es una herramienta tanto de prevención como de reparación, o al menos ese es el objetivo.
—¿Cómo te surgió el nombre del libro, Por qué ahora? Parece la respuesta justa a la pregunta que muchas veces se le hace a las víctimas.
—Escribí todo el libro y el nombre cayó en un momento cuando estaba escribiendo. Y dije, es esto. Porque ahora es cuando puedo, cuando tengo los recursos, el tiempo histórico que me lo permite, y porque ahora sigue siendo igual de urgente que hablemos de esto, que sigamos rompiendo el silencio. Hay una deuda enorme con las sobrevivientes de violencia sexual, que como sociedad hay que repararla. También ahora tenemos una deuda con la prevención, porque los abusos siguen ocurriendo todos los días. Nos tenemos que ocupar.
POR QUÉ AHORA, de Victoria Marichal. Edición de autor, 2022. Montevideo, 219 págs.