"Soy un matemático mediocre"

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La Nación / GDA

Leila Guerriero (desde Buenos Aires)

EL ANFITEATRO, en el subsuelo de un edificio del centro de la ciudad de Buenos Aires, está repleto. Es lunes, ya de noche, y el silencio es absoluto. Una escenografía de cumpleaños recorre las paredes, se esparce por el piso: tiras de papel con números que parecen azarosos -0.10, 0.25, 0,01-, grandes pelotas de color naranja, cartas gigantes. Hay madres, padres, niños, jubilados, jubiladas, estudiantes universitarios, el Ministro de Educación y el de Salud, un prestigioso profesor de física de la Universidad de Buenos Aires, un juez de la Suprema Corte de Justicia, periodistas económicos, deportivos y políticos, el director del tercer diario de Argentina. Sentados a una mesa -cuatro vasos de agua, cuatro micrófonos- están ellos: un periodista deportivo (Víctor Hugo Morales), un humorista y conductor de televisión (Jorge Guinzburg), un director de cine (Tristán Bauer) y un hombre pequeño que, en el extremo izquierdo de la mesa, guarda silencio y escucha lo que los otros dicen: lo que dicen de él.

-Si Adrián nos provoca tantos momentos de gozo con un libro que lleva la palabra "matemática" en su título, no quiero pensar lo que va a pasar cuando se decida a escribir una versión del Kama Sutra- dice Jorge Guinzburg, y los niños, los padres, los jubilados y jubiladas, el juez de la corte, el profesor y los ministros estallan, ríen, aplauden.

Después, el hombre pequeño tomará el micrófono, dirá que está emocionado y contará lo que cuenta siempre: que es el producto de los estímulos que su madre -Fruma- y su padre -Ernesto- pusieron a su disposición; que cualquiera de esos chicos rotos que limpian vidrios por centavos en la calle podría haber sido, en manos de sus padres, otra cosa. Y una vez plantadas las bases de su filosofía -ponerse del lado de los que no son excepcionales, dejar en claro que acá somos modestos- Adrián Paenza, profesor de matemáticas, autor de un best seller publicado por la editorial Siglo XXI llamado Matemática... ¿estás ahí? cuyo tercer volumen -Matemática... ¿estás ahí? Episodio 3,14- se presenta aquí esta noche, pregunta:

-¿Tienen ganas de pensar algunos problemas matemáticos?

Y todos dicen:

-¡Sííí...........!

Durante la media hora que sigue, usando globos de colores, cartas gigantes o los dedos, Paenza será el maestro de la más improbable ceremonia, y hará que niños, padres, jubilados y jubiladas, el juez de la corte, el profesor y los ministros, levanten la mano, fervorosos, para razonar un problema de matemática.

Dos semanas después, el libro habrá vendido tres ediciones y su autor, ya de regreso en Chicago, la ciudad en la que vive desde 2002, se habrá transformado en un best seller de cuidado: alguien que ha superado la barrera de los 300.000.

VIDA DEL HOMBRE COMÚN. Es viernes, han pasado cinco días de aquella noche y el estudio de televisión de la universidad de periodismo de la UADE (Universidad Argentina de la Empresa) donde Paenza responde las preguntas de un grupo de alumnos está, también, en un subsuelo.

-¿Cómo se lleva la tecnología con las posibilidades de pensamiento? -pregunta un alumno, envarado en su traje, engolado en su gola.

-Muy bien- dice Paenza, camisa a rayas, sin corbata. -Esperabas que te dijera que no. Pero ¿cómo se lleva uno con la plancha? La tecnología no tiene moral. Depende de cómo uno la use.

Los días de Paenza en la Argentina son, siempre, más o menos iguales: entrevistas en la mañana y en la tarde, conferencias, charlas, presentaciones. Y en casi todas partes él repite, con variantes, más o menos lo mismo: cuál es su fórmula matemática favorita -e elevado a la i por Pi más uno es igual a cero-, por qué la gente le tiene miedo a las matemáticas -porque lo que enseñan en el colegio no es matemáticas.

DEMOLIENDO MITOS.

-¿Por qué desde el 2002 vive en Chicago?

-Porque acá estaba hablando mucho, y creo que eso es peligroso. Uno puede caer en la tentación de creer que lo que dice es importante. Allá escucho. Cuando vengo acá hablo todo el tiempo.

-Contanos un episodio que consideres fundamental en tu carrera.

-No sé. Haber nacido. ¿En qué carrera?

Paenza disfruta de muchas cosas -de la música clásica, del básquetbol, de viajar, de estar solo, de estar con amigos- pero la que más le gusta es ejercer su estrategia de demolición de mitos. De su propio mito.

-¿No te trajo problemas estar rodeado siempre de gente más grande, no poder compartir el colegio con gente de tu edad?

-No. O a lo mejor sí, pero no me acuerdo.

Terminó el colegio secundario a los 10 años, el secundario a los 14 y la facultad a los 19. Pero se empeña en no ver, en eso, nada excepcional.

PENSAR, PENSAR. Es un mediodía de diciembre. Paenza, que jamás almuerza, toma una gaseosa en un bar, rodeado de porteños embutiéndose hamburguesas y pizza en una burbuja gélida de aire acondicionado.

-Jamás almorcé. Los demás almuerzan y yo los miro almorzar. Pero de noche ceno bien. Me encanta comer.

-En cinco días más estará viajando hacia Chicago. ¿No extraña nada?

-Si extrañara, volvería. Me llevo bien conmigo mismo. Puedo estar solo mucho tiempo. Hace poco le llevé a un amigo el auto. El vivía en Nashville, y se lo llevé hasta Florida. Viajé 21 horas seguidas, solo, y no encendí la radio. Y disfruté. Tenía varias cosas que quería pensar y me gustó poder pensarlas en ese viaje.

Dice pensar con voz golosa. La que usan quienes mentan sus actividades favoritas: comer, comprar ropa, viajar. Pensar es, en Paenza, un verbo gozoso. Un hijo del entusiasmo.

EL ADELANTADO. Nació en el barrio porteño de Villa Crespo en el año 1949, de la unión de Ernesto Paenza (Buenos Aires, 1920) y de Fruma (Polonia, 1922, llegada a la Argentina en 1934), ateos los dos.

-Lo único que recuerdo que me resultaba raro en la infancia es que yo era ateo. Yo les preguntaba "¿Por qué nosotros no creemos en nada?". Y me decían que yo tenía derecho a creer en lo que quisiera, pero que ellos no creían.

Ernesto, su padre, era importador y exportador, y Fruma un ama de casa curiosa a cargo de dos vástagos -Adrián y Laura- que salpimentaban la infancia con clases de taquigrafía, de inglés, de patinaje sobre hielo, de piano. En ese ambiente estimulado y estimulante, a los cinco años Adrián sabía leer y escribir.

-A mis viejos les debe haber parecido inútil que perdiera un año en el colegio para aprender algo que ya sabía y me hicieron rendir primer grado libre. Y entré al colegio primario en segundo grado, con cinco años. Lo que yo pienso es que no tenía modo de saber que no todos los chicos de cinco años sabían leer y escribir e iban a segundo grado. Para mí sería natural. Qué sé yo. Con mi hermana mis viejos no hicieron lo mismo que hicieron conmigo.

-¿Y qué hicieron con vos?

-Eso de mandarme al colegio adelantado. Pero yo no lo recuerdo como algo traumático.

-¿Les preguntaste por qué lo hicieron?

-Sí. Y me dijeron eso. Que les parecía una pérdida de tiempo que fuera a aprender algo que ya sabía.

-¿Eras un chico obediente?

-¿Obediente? No. No se puede decir que fuera precisamente obediente.

Se pasa las manos por el rostro como quien no sabe si debe recordar las cosas que recuerda, pero, sobre todo, como quien nunca pensó que ese dato -su desobediencia- podía no resultar evidente.

-No. Era lo contrario de un chico obediente y sumiso. Era muy quilombero. No hacía caso de nada. Tenía mucha libertad en mi casa. Me dejaban hacer lo que quería. La única condición era que me fuera bien en los estudios. Pero generaba mucho lío. Traía a todos mis amigos a jugar a la pelota adentro de mi casa y se rompía todo. O jugaba al fútbol en la calle hasta muy tarde y volvía a cualquier hora. Era medio inmanejable. Cuando tenía 12 años estábamos de vacaciones en la costa. Yo agarré el auto de mi viejo, subí a mis dos primas y me fui. Horas. Con doce años. Eso me generó un conflicto importante ese verano. Pero por otra parte, mi viejo me compró un auto cuando yo tenía 15 años y me consiguió un carnet de conductor, nunca supe cómo.

De todos modos, a los 12 años Paenza ya era casi un hombre. Un chico que cursaba el segundo año del colegio secundario y usaba pantalones largos.

-A los 9 años quise preparar el examen de ingreso al colegio secundario. Pero cuando me presenté a rendir me rechazaron porque era muy chico. Entonces volví al primario, pero decidí rendir libre primer año. Así que entré en segundo año -del secundario- con 11 años. Era un alumno promedio. Me iba pésimo en actividades prácticas porque soy muy torpe. Si alguien hiciera una película con las veces que se me cae la comida encima, que tropiezo con la punta de la cama, dirían "este tipo es un estúpido".

Tres años más tarde, con 14 recién cumplidos, rendía el examen de ingreso a la facultad. En sus ratos libres tocaba el piano, tenía un grupo de rock llamado The Hooks, y quería ser, con toda su alma, ingeniero químico.

-Pero en el curso de ingreso teníamos matemática, y los docentes planteaban problemas que decían por ejemplo "Las vacas vuelan, y si a los que vuelan les gusta la Coca Cola, entonces a las vacas les gusta la Coca Cola". Yo pensaba "¿Vacas que vuelan? ¿Cómo esta gente habla así y no se la llevan presa?" Estaba asombrado con ese pensamiento en abstracto. Y yo pensé "Si eso es matemática, yo quiero estudiar eso".

A los 15 cursaba el primer año de la licenciatura en Matemática y era ayudante de cátedra ad honorem del curso de ingreso, dando clases a alumnos que eran, al menos, tres años mayores que él. En 1966, bajo el gobierno de Juan Carlos Onganía, la Universidad de Buenos Aires fue intervenida, y la Facultad de Ciencias Exactas el epicentro del peor de los ataques.

-No se podía rendir exámenes, y yo tenía mucho tiempo libre. A mí el fútbol siempre me había gustado. Tenía dos equipos: el equipo de los chicos del barrio con el que jugaba los viernes, y otro los sábados, con mis compañeros de estudio, que eran más grandes. Jugaba bien, pero sabía que no era brillante. Mi casa quedaba muy cerca de radio Rivadavia, donde José María Muñoz hacía "La oral deportiva". Y él pasaba todos los días por la puerta y yo le decía "¿Por qué no me toma una prueba? Yo quiero ser periodista". Nunca me daba bolilla, hasta que un día llamaron a mi casa para hacerme una prueba. Fui. Entré al estudio y estaba Muñoz. Me senté y me dijo "Cómo te llamás vos?" "Adrián Paenza". Y dijo "Bueno, acá Adrián va a leer los resultados del fútbol de Italia". Me dio un papel y leí los resultados. Y desde ese momento nunca paré. Después, me fui a vivir solo a los 17, porque mis padres me alquilaron un departamento.

Cuando hizo su primer programa deportivo de televisión, La noche del domingo, tenía 21 años, hacía cinco que trabajaba, cuatro que vivía solo y dos que era licenciado en matemáticas. Cuando emprendió, en 1976, el largo camino de su doctorado, había apenas veinte doctores en matemática en todo el país.

-El requisito para doctorarse es resolver un problema que nadie haya resuelto antes. Yo fui el doctorado número veintidós de todo el país. Pero Néstor Bucari, mi compañero de tesis, y yo, tuvimos un director maravilloso. Miguel Herrera. El nos dio el problema y pasó un año hasta que entendimos el enunciado. No era que no entendíamos cómo resolverlo. No entendíamos qué era lo que había que resolver. Y un día yo estaba en un aula vacía, esperando a un amigo y mirando fórmulas escritas en una pizarra, y de repente me di cuenta. Vi algo. Vi la resolución del problema. Y recuerdo perfectamente que en ese momento pensé "Me acabo de doctorar". Demostrar eso fue trabajo de un año. Pero ese momento, el momento en que supe, fue sin duda uno de los grandes momentos de mi vida.

Se doctoró en 1979 con una tesis titulada Propiedades de Corrientes Residuales en el Caso de Intersecciones No Completas y nunca dejó de dar clases. Pero durante la década del ´70, toda la del ´80 y la del ´90 casi entera, Paenza fue una de las caras más conocidas de programas televisivos como "Fútbol de Primera" y "Todos los goles", y la voz de ciclos de radio como "Sport 80" o "Equipo 10". Y nadie, en esos treinta años, imaginó que él había estudiado alguna cosa, que fuera profesor.

Entonces llegó la debacle.

DE MARADONA A LOS CIENTÍFICOS. En 1995 Adrián Paenza, Marcelo Araujo y Enrique Macaya Márquez hacían un "Fútbol de Primera", un gigante producido por Torneos y Competencias, la empresa de un hombre llamado Carlos Ávila, que monopolizaba las transmisiones deportivas. Aquel año, Hueso, un personaje virtual del ciclo, hizo un chiste a propósito de un partido entre Vélez y San Lorenzo: "A los jugadores de San Lorenzo les dicen panchos, porque se venden más que las hamburguesas", cosa que provocó que de inmediato los jugadores de San Lorenzo se presentaran en el estudio para pedir derecho a réplica. Paenza puso una sola condición: que no insultaran. Cumplieron, pero hablaron mal y peor de Ávila, del hijo de Ávila, de Paenza, de Araujo, de Macaya, de TyC. Y aunque la producción le rogaba "¡Cortálo, cortálo!", Paenza no cortó. Siete días después lo despidieron y devino un paria: periodista deportivo en un país donde el deporte era propiedad de la empresa que lo había echado para siempre. La pasó mal y peor, pero se refugió en sus clases de la facultad, en sus alumnos. En 1997 miraba televisión cuando Jorge Lanata, que conducía "Día D" por América, contó que iban a levantar su programa. Paenza no conocía a Lanata, pero marchó al canal, se presentó, y le expresó su solidaridad. Y eso fue todo. Meses después, Lanata lanzó la revista Veintiuno e invitó a Paenza a escribir una columna. Y, cuando Lanata volvió a la televisión con "Detrás de las noticias", Paenza volvió con él. Ya no como periodista deportivo, sino como alguien que hablaba de corrupción y enredos judiciales, que entrevistaba a políticos y economistas.

-Tuve que aprender todo de cero. Era una gran responsabilidad. No es lo mismo decir fulanito metió tantos goles o dos más dos es cuatro, que decir que tal está acusado de enriquecimiento ilícito.

Tiempo después, él y los periodistas Marcelo Zlotogwiazda, Ernesto Tenembaum y el productor Claudio Martínez empezaron a hacer programa propio: "Periodistas". En abril de 2002, decidió irse a Chicago.

-Hacía rato que quería hacer un experiencia afuera. Antes de viajar, Claudio Martínez me preguntó si no me interesaba hacer un programa de ciencia. Y yo le dije que sí, pero que no podía hacer un programa si me iba a vivir afuera. Y me dijo que podíamos grabar unos cuantos cada vez que yo viniera a la Argentina.

Así empezó "Científicos Industria Argentina", donde, emitido por la señal estatal (Canal 7), diversos científicos hablan acerca de su objeto de estudio. Y quedó claro que, rodeado de biólogos, astrónomos y químicos, Paenza se sentía tan cómodo como cuando entrevistaba a futbolistas. Que podía emocionarse hablando sobre la materia oscura tanto como cuando, después de haber sido expulsado del mundial de Estados Unidos en 1994, Diego Maradona le dijo, llorando, la frase que dio la vuelta al mundo: "Adrián, me cortaron las piernas".

MATEMÁTICA, ¿ESTÁS AHÍ?. Paenza llevaba dos años viviendo en Estados Unidos y haciendo su programa de televisión (que en 2003 ganó el Martín Fierro -el máximo galardón de la televisión local- en el rubro cultural y educativo) cuando, en enero de 2005, sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, desde Buenos Aires, Diego Golombek, director de la colección "Ciencia que ladra", de la editorial Siglo XXI, le dijo que quería publicar un libro suyo. Un libro de matemáticas.

-Al final de cada uno de los programas yo contaba una anécdota de la matemática, o dejaba a la gente pensando en un problema. Diego me dijo que bastaba con que pusiera esas cosas por escrito. Yo le dije que eso no le iba a interesar a nadie. Me dijo que no importaba. Saqué la cuenta: si había hecho ya dos años de programas, a cincuenta y dos por año, tenía ciento cuatro historias. Si escribía más o menos dos historias por día, en cincuenta días terminaba.

El libro se llamó Matemática... ¿estás ahí? y bajo las condiciones de Paenza -que se pudiera bajar gratis de las páginas de Internet del Departamento de Matemática de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales- se imprimieron 3000 modestos ejemplares. Lo que siguió fue inesperado: el libro se agotó muy rápido y hubo que reimprimir. Y lo inesperado sucedió una y otra vez: cuatro, nueve, doce ediciones. Un año después, cuando Paenza escribió Matemática... ¿estás ahí? Episodio 2, se imprimieron 40.000 ejemplares y, ahora, Matemática... ¿estás ahí? Episodio 3,14 agotó tres ediciones en un puñado de días.

-Yo no tengo una explicación para lo que pasó. Pero si hubiera sabido que iba a pasar esto, escribía los libros veinte años antes.

Nadie sabe qué hubiera pasado veinte años antes, pero lo que pasa hoy es que esos libros -en los que paradojas, teoremas y ecuaciones son presentados de tal modo que resultan aptos y atractivos para todo público- se venden a ritmo vertiginoso, se leen en el colectivo y en la playa, se regalan, se admiran, se comentan. Niños, adolescentes y adultos que jamás pudieron entender qué cosa es un logaritmo leen con devoción las enseñanzas de ese hombre pequeño y discreto, capaz de contagiar su entusiasmo por el misterio de los números primos.

-El problema con las matemáticas es que los que la enseñamos damos respuestas a preguntas que los alumnos nunca se hicieron. Y eso aburre. Si vos le querés contar a un nene de tres años cómo se hacen los bebés, te va a escuchar dos minutos y después se va a ir, completamente desinteresado. Pero si se lo contás a un chico más grande, no, porque esa pregunta ya se la hizo. Con la matemática sucede lo mismo. Y cuando los alumnos preguntan para qué me sirve esto, la respuesta es absurda: te va a servir más adelante. Y ese "más adelante" nunca llega.

"Toda persona que sepa leer y escribir (y pensar) está en condiciones de enfrentar todas y cada una de las secciones y/o problemas que presenta el libro", escribe Paenza en su último libro. "No importa la edad, no importa la experiencia: sólo hay que tener ganas de pensar (...) yo sólo le voy a dar un consejo: diviértase, disfrútelo, aun cuando alguna propuesta no le salga. El hecho de que no pueda resolver un problema no significa nada. Al contrario: aproveche para tenerlo en la cabeza, para entretenerse cuando tenga tiempo".

-La matemática nos rodea en la vida cotidiana -dice Paenza en la entrevista. -El mozo, cuando te trae el vuelto, está resolviendo una ecuación de primer grado con una incógnita. Pero si el requisito para ser mozo fuera saber resolver ecuaciones de primer grado con una incógnita, no habría mozos. Estarían todos aterrados, pensando que dar el vuelto es una cosa dificilísima. En cambio, así, lo hacen y nadie necesita saber el nombre. Yo quería enseñar que la matemática es otra cosa, que tiene belleza, que se disfruta. Que la matemática que se enseña en el colegio es el equivalente, en música, a las marchas militares. Siempre sentí que como matemático soy un matemático mediocre. Nunca presumí de tener una carrera como un gran pensador, pero me vi con la capacidad de contar, de entusiasmar. Yo quiero que mis alumnos me vean dudar, que puedan entender que hay que pensar y frustrarse y seguir pensando. Y que resolver un problema no nos hace mejores personas. Yo no me siento incluido entre los mejores, pero no por eso me siento peor. Y combato la concepción de que la persona que resuelve más rápido, que salta más alto, es mejor persona.

Los libros no contienen acertijos livianos ni adivinanzas ingeniosas, sino ternas pitagóricas, cribas de Eratóstenes, desafíos que involucran al triángulo de Pascal, curiosidades de los infinitos (y del cuidado que hay que tener con ellos), pero en vez de páginas erizadas de fórmulas, Paenza habla de niñas jugando al ajedrez, monedas y zanahorias, edredones y barras de chocolate.

-La matemática que se enseña en el colegio es una matemática que se enseñaba hace cuatrocientos años. Lo cual no quiere decir que sea falsa, pero es una cosa que atrasa. ¿Cómo puede ser que una ciencia que entre sus especializaciones tiene una que se llama Teoría de juegos no se enseñe en el colegio primario ni en el secundario? La escuela tiene ganado un lugar en el paraíso sólo por enseñar a leer y escribir, pero ¿siete años sólo para eso? ¿No es mucho?

A lo largo y ancho de los tres libros, Paenza intenta demostrar que la matemática es una herramienta, una abstracción que puede aplicarse a las cosas más concretas. En cada frase, en cada logaritmo, su voz de franco entusiasmo brota desde la página diciendo -queriendo decir- lo mismo: miren qué hermosa, miren qué hermosa, miren qué hermosa.

-La verdad es que yo me siento un niño que juega. Yo no veo mucha diferencia entre la matemática y el fútbol. Hay belleza en todas partes. La fórmula de e elevado a la i por Pi mas uno igual a cero, es de las más lindas de la historia de la matemática, porque involucra los cinco números más importantes, pero para poder advertir la belleza de eso, uno tendría que poder darse cuenta de qué es lo no bello, de cuán complicado sería decir esto de otra manera, y ver cómo una fórmula lo resume. Es como la quinta sinfonía de Beethoven. Vos escuchás muchas armonías, pero eso te resulta sobrecogedor. Yo me acuerdo lo que significó para mí poder tocar en el piano, por primera vez, el concierto número uno de Tchaikovsky. Mirá, te lo digo y se me ponen los pelos de punta.

Los pelos de punta. Como aquella tarde frente a la pizarra, cuando la materia confusa de lo que permanecía oculto se zambulló -perfecta como un pez, nítida como una flecha- bajo la deslumbrante luz de la razón.

¡Estoy acá!

Enrique Hetzel

SI SE EMPIEZA a leer el libro de Paenza desde la primera página, después de los créditos, agradecimientos, dedicatorias, índice y prólogo, se llega a la primera de las muchas preguntas que Adrián Paenza desparrama a lo largo del texto: ¿Ya se sabe "todo" en matemática?

La respuesta le lleva cuatro páginas, de la 21 a la 24, y en la última escribe: "¿Quién dijo que se sabía "todo"? El solo hecho de que "aceptemos" esto como posible demuestra qué lejos estamos del contacto con la "matemática real", la que investiga porque no sabe, la que es curiosa y atractiva, la que es seductora y útil. La que hay que mostrar, la que hay que sugerir. Y creo que ya es hora de empezar".

Paenza ya empezó a mostrar el camino hace más de dos años. Este tercer volumen de la serie Matemática ... ¿estás ahí? continúa con la idea básica que el profesor argentino expuso en los dos anteriores: enseñar que la matemática es parte integrante de nuestra vida cotidiana, que es entretenida, que si alguien no la entiende o se aburre es porque está mal explicada y que siempre es beneficioso pensar y disfrutable poner en juego el razonamiento.

Aquí plantea preguntas de toda índole. ¿Cómo construir con seis fósforos iguales cuatro triángulos equiláteros? ¿Cómo hacen cuatro mujeres -bajo ciertas condiciones- para cruzar un puente en un lapso determinado? ¿Es cierto que el producto de dos números negativos da uno positivo? ¿Por qué Juan no visita a sus dos tías con igual asiduidad? ¿Es posible ubicar en un tablero de ajedrez ocho reinas de modo que ninguna de ellas ataque a las restantes? ¿De cuántas maneras diferentes puede ordenarse diez canciones en un CD? ¿Da lo mismo subir que bajar un 40 %?.

Paenza propone razonar sobre las ternas pitagóricas, los números primos, el concepto de infinito, la suma de los primeros números naturales, las paradojas de Bertrand Russell y Tristram Shandy y los problemas de Enrico Fermi, Martin Gardner y otros pensadores.

Sugiere estrategias para ganar el juego del Nim o el de los Tripos, para adivinar el número que ha pensado otra persona y para utilizar números con el fin de enviar un mensaje secreto. Enseña una manera gráfica para multiplicar y demuestra que todos los libros que se han escrito (y que están por escribirse) pueden "ubicarse" en una vara de un metro de largo.

Todas las soluciones a las preguntas y problemas planteados figuran en la última parte del libro, pero Paenza recomienda que cada lector se dé la satisfacción de pensar y razonar primero: "Ahora, lo dejo en compañía de usted mismo (lo mejor que le podría pasar)". Su estilo es preciso, sencillo, coloquial, amistoso y entusiasmante. Como anota Diego Golombek, director de la colección de divulgación "Ciencia que ladra": "Entrar nuevamente en el universo Paenza es un viaje de ida y, además, adictivo. (...) Leer a Adrián es más bien escucharlo, sentir las pausas, las comas, las inflexiones. (...) Es como tener al autor en un café leyéndonos -o, mejor todavía, contándonos, frente a un pizarrón- cada una de las frases, cada uno de los misterios" .

Al terminar, el autor expone sus dudas sobre la educación actual de los jóvenes y no vacila en proponer la reformulación de la enseñanza. Exige tener educación gratuita, bilingüe, con computadoras en todas las escuelas y conexiones vía Internet para que los chicos conozcan y difundan culturas de otras partes y para que se familiaricen con procesadores de texto y programas de diseño gráfico, de video, de fotografía o de música. "Ya no alcanza hoy un taller de lectura y una biblioteca o la sala de música convencionales. No alcanza con cantar el himno, izar la bandera, sentarse en el aula a escuchar pasivamente y esperar ansiosamente el recreo". Son palabras de un gran pedagogo comprometido con el apostolado docente del siglo XXI.

MATEMÁTICA ... ¿ESTÁS AHÍ? - EPISODIO 3,14; de Adrián Paenza. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2007. Distribuye América Latina. 237 págs.

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