Reediciones oportunas

El retorno de Juana de Ibarbourou

Tres libros reeditados de Juana de Ibarbourou renuevan el contacto de la poeta uruguaya con los lectores.

Juana de Ibarbourou
Juana de Ibarbourou, por Ombú

Para empezar a comprender la compleja relación entre los uruguayos y Juana de Ibarbourou (Melo, 1892–Montevideo, 1979) conviene repasar sus aniversarios del 2021. Hará ciento veintinueve años de su nacimiento. Ciento dos de Las lenguas de diamante, su primer libro. Noventa y dos desde que se la declarase “Juana de América”. Sesenta y dos desde su Premio Nacional de Literatura. Cuarenta y seis del otorgamiento, por parte de la dictadura, de la condecoración “Protector de los pueblos libres”, que ella aceptó, según se dice, presionada por su hijo. Cuarenta y dos de su fallecimiento. Por último, pero no menos importante, veinticinco desde que su efigie engalana el billete de mil pesos, al que la voz popular ha bautizado “una Juana”, honor que no le toca a nadie más en nuestro monetario.

Mientras tanto, en la República de la Letras, críticos, poetas e intelectuales discuten aún si su obra merece lectura u olvido. En este panorama, es buena cosa que, en marzo de este año, Estuario haya reeditado las ediciones críticas de Las lenguas de diamante, Jazmín de medianoche y mediodía y Obra final, a cargo de Jorge Arbeleche (Montevideo, 1943) y Andrés Echevarría (Melo, 1964), autores ambos de largos y profundos estudios acerca de esta poeta.

El problema del mito

Tras la excelente recepción de su primer libro, Las lenguas de diamante, no sólo en Uruguay, sino también en toda la América de habla española y en la misma España, se hizo tan popular que en apenas una década mereció ser nombrada “Juana de América”. De poeta, Juana, devino mito.

Que un poeta se haga mito ayuda a preservar su obra para el futuro, pero al precio de propiciar lecturas sesgadas, porque a los mitos se los contempla con asombro reverente o se los tiene por pamplinas. Lo que pide una obra poética es que se la lea con rigor y se la justiprecie. Por eso es un acierto que esta reedición de Las lenguas de diamante venga precedido por cuarenta miradas críticas, de las más variadas generaciones —incluida alguna voz de la Generación del 45, que en su mayoría fuera muy adversa a la poeta de Melo— y que ayudan a enfocar mejor su corpus poético.

Doña Juanita

Así llama a la poeta el crítico Vicente A. Salaverri, en la primera “mirada crítica” previa a Las lenguas de diamante, evocando la mañana en la que la poeta, una joven señora acompañada de su hijo niño, le llevara los originales del libro, pidiendo una opinión. Salaverri fue quien lanzó a la poeta a la fama, pues propuso el libro a una editorial bonaerense que lo publicó con un elogioso prólogo del célebre novelista Manuel Gálvez (1882 -1962).

El éxito y la fama fueron meteóricos. Pero es bueno caer en la cuenta de un hecho: quien llegó a ser una poeta canónica de nuestra literatura, reverenciada acríticamente por unos cuantos, defenestrada con el mismo nivel de acriticismo por otros, estudiada en serio por algunos pocos, e indiferente para esa mayoría de uruguayos que no leen poesía, fue una vez una novel poeta que echaba sus versos al ruedo.

Diamante

Dureza: cualidad del diamante. Duración: lo que distingue a no pocos textos de Juana de Ibarbourou, pese a estar escritos en un lenguaje de otra época, como lo prueba el hecho de que los nuevos lectores reciben su bautismo de experiencia poética con los poemas “La hora”, “Vida – garfio”, “Rebelde” o “Millonarios”.

No todos los poemas de su primer libro pueden ser declarados excelentes —Don Miguel de Unamuno, en la carta en la que agradece y elogia el envío del libro, pone a Juana por todo lo alto, no sin dejar de decirle que su libro es desparejo. Pero de los ochenta y ocho textos del volumen, una veintena larga soporta, a más de un siglo de publicados, la prueba de una lectura exigente. Si un poeta es longevo y de obra copiosa, conviene presentarlo a las nuevas generaciones en antología, que ya tendrán tiempo luego los que aspiren a investigadores literarios de adentrarse en las obras completas, para separar la paja del trigo. Si no se les da a las nuevas generaciones esos cincuenta o cien mejores poemas de Juana de Ibarbourou, se corre el riesgo de un injusto olvido.

Eso sería una pena, porque en Las lenguas de diamante y en su obra posterior hay mucho para descubrir, mucho que se sale de las visiones reduccionistas —críticas o laudatorias en exceso. Vaya como ejemplo el poema “Sombra”: Estrellas recién lavadas/ Motean el cielo negro./ Con la nochecita, baja/ La nostalgia de los cerros.// Causa inquietud el silencio/ Del lugar solo y sombrío./ La pena aquí se hace aguda/ Como un puñal de dos filos.// En este campo no hay árboles,/ No hay agua, no pastan bestias./ Tan sólo los vientos danzan/ Sobre la pelada tierra.// Y cuando el día se duerme/ Por las ventanas ululan, Con un fragor erizante/ Que hace pensar en las brujas.// Estoy con fiebre. Me duele/ el deseo del retorno./ Para acercar lo lejano/ Cierro, obstinada, los ojos.

También la prosa

Las generaciones hoy maduras recuerdan su encuentro con Juana en las aulas escolares. Por ejemplo con El cántaro fresco como libro de lectura, o esos cuentos de Chico Carlo que se daban a leer a los alumnos. Ambos libros poseen algunas páginas valiosas, pero no constituyen lo mejor de la obra de esta escritora. Urge cambiar esto. Aportes como este de Estuario que aquí se comentan son pasos en la buena dirección. Que a un lector común no le guste Juana de Ibarbourou, no es delito ni pecado. Que no le guste o no la conozca por carecer de las adecuadas vías de acceso, no es cosa buena.

Lo que se lee poco de Juana es su obra en prosa, a excepción hecha de El cántaro fresco y Chico Carlo ya mencionadas. En esta nueva edición de Obra final se incluyen las prosas poéticas de Diario de una isleña.

Este cono de sombra sobre la prosa de Juana de Ibarbourou es una pena. Sin ser lo más alto de su obra, son especialmente valiosos dos libros de temática religiosa: Loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia. Esto último es comprensible por el tono secular de la cultura uruguaya, si bien a una persona culta y abierta puede agradarle la buena literatura surgida desde posturas de fe que no comparte. Lo preocupante es que tampoco son muy conocidos estos dos libros entre los lectores católicos. Tal vez alguna editorial cercana a esta congregación recoja el guante que aquí se lanza.

Chismes

Se habla más de la vida de Juana que de su obra, muchas veces en plan chismorreo de barrio. Y hasta cierto punto esto también distrae de su obra. Bueno es saber de su relación pasional con el médico argentino Eduardo De Robertis, dos décadas menor, porque se la siente vibrar en los mejores textos amatorios de Azor, incluido en este volumen de Jazmín de medianoche y mediodía.

Pero centrarse en lo mal esposo que fuera el mayor Lucas Ibarbourou, en cómo su hijo la esquilmara durante toda una vida, en su adicción a la morfina, en el hecho de que los gobiernos de los más variados signos la beneficiaran, homenajearan y utilizaran, o en el horror que le provocaban los espejos cuando llegó a la vejez, no aporta nada. No se pide aquí ocultar las amarguras ni las falencias de la autora, sino ahondar en lo biográfico sólo en la medida en que ayude a una mejor valoración de la obra.

Lo amatorio

Con el correr del siglo XX, la poesía occidental se fue decantando hacia el uso del así llamado verso libre, ese que no basa su musicalidad en la rima ni en las formas métricas y estróficas fijas. En su edad madura, Juana de Ibarbourou siguió apostando a estructuras clásicas, así como también a un lenguaje distanciado del coloquialismo. La poesía de madurez de esta autora no impactó en las generaciones más jóvenes por la novedad de su estilo, temática o lenguaje, algo que sí había logrado. Lo que impactó fue darle voz a lo amatorio desde un punto de vista femenino con Las lenguas de diamante.

No obstante lo anterior hay en Azor, de 1953, y en Oro y tormenta, de 1956, un puñado de poemas de fina musicalidad y rica imaginería. Sirva de ejemplo el siguiente, de Azor: Luna roja en el cielo azur profundo,/ Medalla a fuego, espejo en brujería,/ Cóncava sien sobre la sien, del mundo,/ Inerme a su hechizada cetrería.// Palidez de su sombra entre mis sombra,/ Devorante desvelo en mi cintura./ En mi hombro, su mano, que me nombra/ Y en mi vital aroma, su estatura.// Sólo la luna en cautiverio rojo,/ Unicornio febril, agudo cuerno/ Redondo toro en campos de despojo,// Salamandra entre lascas del Infierno/ Rojo de tirio, púrpura de arrojo/ Entre las criaturas y lo eterno.// Y la inmensa, la blanca melodía:/ seis gracias en dos bocas de agonía. (Seis gracias en dos bocas de agonía)

Desolación

Hacen bien Arbeleche y Echevarría en abrir el volumen de la Obra final con Perdida, de 1950, que por la mera cronología correspondería al volumen titulado Jazmín de medianoche y mediodía. Por la cronología, tal vez, pero no por el tono, que anticipa la angustia ante la vejez y la muerte que aflorarán en los libros que Juana de Ibarbourou iba a publicar en los años 60. Quien lea los tres volúmenes aquí reseñados, recordará, a partir de Perdida, cierta objeción que Don Miguel de Unamuno le hiciera a la joven poeta en su elogiosa carta de respuesta al envío de su primer libro: “La nota triste descorazonada y pesimista no le sale a usted bien. Me parece que se imagina, más que siente el desengaño. La debe tener a usted muy presa la vida. Y que esto le dure mucho”.

Tres décadas después, la tristeza y el desencanto, lo mismo que la inminencia de la vejez y la muerte, son cosa cierta y sentida, que redunda en hondura poética, aunque en lo formal los textos sean menos suntuosos. Tras el paréntesis que significó su relación amorosa con el Dr. De Robertis, y los efectos que esa pasión tuvo en su poesía, la voz se abisma, como puede verse por ejemplo en este texto de La pasajera: Para reír como el agua/ preciso es volver atrás,/ joven, mansa, enamorada,/ sin rezo ni soledad.// Ser la ninfa de otros tiempos,/ pie descalzo, veste azul,/ y sueños sin alfileres/ ni helados vientos del sur.// Dios que hace rodar los años/ tal milagro negará/ a la mujer sin sonrisa,/ ya más que terrena, astral.// Todo se ha vuelto presente/ no hay futuro, no hay ayer./ Se me terminó el verano/ con su cenit y su sed.// Y en el hueco de la mano/ una manzana de hiel. (“Tiempo presente”).

La violencia

La política no fue uno de los principales temas en su vida. Juana de Ibarbourou envejeció y publicó sus últimos libros en un Uruguay cada vez más polarizado y violento en términos políticos. Esa radicalización la afectó mucho. El segundo texto de La pasajera, (“Juventud armada”), revela su horror ante el hecho de que algunos sectores de la juventud tomasen la vía de la violencia política. Pero el texto revela otra cosa: la poeta no capta la complejidad política del fenómeno. La insurgencia juvenil fue un error y un horror, pero fue en respuesta a lo que esos jóvenes sentían como una injusticia social, algo que el texto no menciona ni enjuicia. De modo simétrico, muchos lectores jóvenes de esa generación no supieron captar la valía de esta poeta.

Respecto a los prologuistas de estas tres ediciones, son claros y didácticos, aportan perspectivas útiles, y son generosos al mostrar lo que otros críticos han aportado sobre Juana de Ibarbourou. Debe prestarse atención al énfasis que Arbeleche hace sobre la rebeldía a lo largo de la obra de esta autora. Echevarría es exhaustivo en la exposición del itinerario vital de Juana, y echa interesante luz incluso sobre los libros de la poeta no incluidos en estos volúmenes.

El diseño gráfico de los tres libros es sobrio y elegante, cosa que siempre hay que agradecer.

LAS LENGUAS DE DIAMANTE, de Juana de Ibarbourou. Estuario Editora, 2021. Montevideo, 180 págs.
JAZMÍN DE MEDIANOCHE Y MEDIODÍA, de Juana de Ibarbourou. Estuario Editora, 2021. Montevideo, 144 págs.
OBRA FINAL, de Juana de Ibarbourou. Estuario Editora, 2021. Montevideo, 156 págs.

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