Novela

Mercedes Araujo sobre mujeres que avanzan en el proscenio

Historias antiguas y contemporáneas en un libro luminoso

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Mercedes Araujo

por Laura Chalar
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"Una familia, una suma de vivos y muertos: gente que se recibe y se despide. Un día te estás riendo y al siguiente, te toca abrochar los botones sobre el cuerpo helado. Acomodar la ropa de la despedida, elegir la mejor”. En esta bella novela de Mercedes Araujo, las mujeres avanzan hacia el proscenio; los hombres, en general, se mueren antes o fuera de escena y sus retratos —afectuosos o irónicos— se pintan con una paleta más tenue que los de las errabundas, jardineras, esclavas o viñateras cuyo linaje se teje a través de casi dos siglos. Con el cuidado de un copista inclinado sobre una inicial fantástica, Araujo delinea historias de antiguas y contemporáneas, unidas en torno a ese fuero de atracción que es la casa solariega. En las habitaciones y jardines de La Silenciada, bajo un cielo a menudo inclemente y la amenaza latente de los terremotos —la novela tiene una lista de diez, cada uno con su respectiva magnitud en la escala de Mercalli—, las muertas y las vivas sueñan y escriben, cocinan, plantan, peinan para la escuela o el ataúd y ponen en práctica el consejo de una de ellas a su hija: “usted váyase si quiere pero no olvide que puede quedarse y brillar también”. Aun en los paisajes distantes de Kenia o Egipto, donde el lugar de la infancia nada significa, La Silenciada, con su galería en damero, con su bosque de frutales anegado, imanta el corazón de las mujeres de la casa.

Antonia, en 2016, no sabe que, en 1861, su antepasada María perdió a una hija en el temblor de tierra que hizo de su pueblo un infierno de polvo, fuego y cascote. María, hija y nieta de libertas, viuda de un hombre cuya familia la desprecia, ha querido educar a sus niñas. Horas antes del terremoto, “las puso a leer. Ustedes no están para bordar y tejer, les dijo como cada día”. De las dos, la que la hecatombe se tragó era la que entendía, la cercana a su corazón. Antonia, buscando hacer inventario de sus propios vacíos, nada sabe de su ancestra negra, que alzó una casa donde no había nada, sola con la memoria de su hija perdida y la de sus antecesoras: “Cada madera y adobe de la casa, cada puerta, cada árbol, mío de mí misma, para nosotras las libertas, abuela”.

Antonia no sabe, pero es justo esta continuidad —vida tras vida, generación tras generación— la que, parece decir Araujo en este libro luminoso, mantiene en pie a la casa, a ese “sagrado inviolable” que, contra el embate del tiempo, aguarda y cobija.

BOTÁNICA SENTIMENTAL, de Mercedes Araujo. Lumen, 2022. Buenos Aires, 234 páginas.

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