Ópera via streaming en Nueva York

Marnie, o la violación que puso al Met en la polémica

Una ópera nueva sobre un clásico que Hitchcock llevó al cine, y que pone una cruda violación en escena.

Marnie
Marnie vía streaming, desde el Metropolitan Opera de Nueva York (foto Juana Libedinsky)

Unos años atrás, cuando la gente todavía se juntaba para grandes eventos culturales, la Royal Opera House de Londres estrenó una producción de Guillermo Tell en la que el público abucheó desenfrenado, porque se introdujo una escena en la que una mujer desnuda es atacada sexualmente. Si bien ante las críticas el director del teatro, Kasper Holten, señaló que en Guillermo Tell se menciona un intento de violación de una mujer al comienzo del libreto, la audiencia lo consideró ofensivo y gratuito. The Guardian lo calificó de “espantoso” y dijo que fue “puramente voyeurístico”.

El tema de las violaciones en la ópera tiene una larga tradición —incluso está La violación de Lucrecia, de Benjamin Britten, que lo lleva en el título. Pero el intento de introducir una violación en Guillermo Tell resultó un movimiento arriesgado que no funcionó. Mucho más arriesgado debería ser, entonces, introducir el abuso sexual de una mujer en una ópera nueva.
Eso es, sin embargo, lo que hizo la Metropolitan Opera House de Nueva York (el Met), al encargar al joven compositor Nico Muhly’s una versión de Marnie, a cuyo preestreno en el Lincoln Center asistí en 2018 invitada por una distinguidísima amiga inglesa que toma el té con la reina, y a quien le pareció un horror.

Durante esta pandemia, alertada por mi tío Carlitos de que la estaban pasando en vivo y en forma gratuita como parte del programa especial para la cuarentena de retransmisiones del Met, la volví a ver. En piyama, refugiados de la Gran Manzana en el balneario de Southampton, con mi hija haciéndome bailes de Tik-Tok encima y con mi familia en Buenos Aires y en Punta del Este lista para dar opiniones —dentro de lo posible, dado que mi prima Luciana tuvo problemas de conectividad, y a un tío se le amotinaron en su casa y le apagaron la TV cuando el tema se arrastró hasta tarde.

Culpa de Hitchcock

No es que discutamos ópera regularmente. Pero Marnie es una novela de 1961 de Winston Graham (también autor de Poldark, ahora una exitosa serie de TV) que fue llevada al cine por Hitchcock con Tippy Hedren y Sean Connery en los protagónicos. Venía, entonces, con una carga importante de escándalo y cultura popular.

La historia de Marnie trata sobre una ladrona frígida a quien una de sus víctimas chantajea para que se case con él e intenta violarla —y luego la manda al psicólogo (“solución bien porteña” coincidimos todos los parientes). Cuando se estrenó en el Met hubo mucha expectativa sobre cómo abordarían un tema tan delicado. Porque la escena del abuso sexual siempre fue a tal punto el centro de la historia de Marnie que los afiches para la publicidad internacional de la película de Hitchcock, cuando su estreno en 1964, llevaban como ilustración a Connery arrancándole la ropa a Hedren contra su voluntad.

Pero aún entonces, tantos años antes del #MeToo, ésto fue demasiado. Según Donald Spoto en su libro The Dark Side of Genius: The Life of Alfred Hitchcock, al guionista original del film, Evan Hunter, le daba tal desagrado la escena que argumentó a Hitchcock que destruiría toda la simpatía que el público podía tener por el personaje de Connery. Hunter fue inmediatamente reemplazado.
Tim Robey, crítico de The Telegraph sostuvo que “los biógrafos aman aferrarse a Marnie como evidencia de la perversidad de Hitchcock”, y se suele presentar al personaje de Sean Connery como un “mellizo espiritual” del director, quien insistió en que la escena no se modificase. Luego se supo, además, del acoso en la vida real de Hitchcock hacia Hedren.

Con todo esto de fondo, resulta aún más sorprendente que el Met se haya decidido por encargar Marnie en formato de ópera y que luego se haya insistido con ella para amenizar las cuarentenas en el mundo entero. Sin embargo pasó y nadie puso en duda la importancia de mostrar la escena de la violación. (“Eran dos enfermos y el tema llega con más profundidad que en Hitchcock”, dijo, por ejemplo, mi tío Riqui. Muy lejos de escandalizarse, subrayó que “con todo, en colores complementarios, la obra en su totalidad es una delicia a la mirada”).

A mi hermano Gaspar lo que le llamó la atención fueron los zapatos Prada del vestuario. “Desde hace años que, encauzados por el arquitecto holandés Rem Koolhaas, están siendo pioneros en salir de los espacios comerciales tradicionales para una marca”.

Lejos de un debate cerrado

En las reseñas de los medios, el hecho de que se introdujera una violación tampoco causó incomodidad. Cabe preguntarse qué es lo que cambió desde Guillermo Tell hasta ahora. Quizá el movimiento #MeToo, el cual logró que mostrar la violencia cruda contra la mujer se volviera no sólo algo aceptado sino, para algunos, un símbolo de nuestros tiempos.
De hecho, el compositor dijo que escribió la ópera con el juicio a Harvey Weinstein y las acusaciones a Donald Trump de fondo. “El acoso, la coerción sexual y las fronteras de los consentimientos son debates calientes en todas partes”, escribió Mohuly. Vaya como prueba que, cuando Marnie fue transmitida este año por primera vez en el programa gratuito del Met, los únicos titulares en los medios que no hacían referencia al Coronavirus trataban sobre la acusación de abuso sexual contra Joe Biden, el candidato Demócrata a la presidencia.

Claro que ya aún antes del #MeToo hubo voces que sostenían que la violencia sexual contra las mujeres no tenía por qué ser ocultada, sino todo lo contrario.

Respecto a Guillermo Tell escribió Sarah Lee en The Guardian que el público que la abucheó podría haber tenido razón, pero que “quizá la obra simplemente le estaba pidiendo a la audiencia que pensara sobre algo de lo que preferiría no pensar —la realidad de las mujeres abusadas, en vez de la visión romántica y triste de las mujeres abusadas que la ópera adora mostrar”.

Está lejos de ser un debate cerrado. Como mencionó un lector norteamericano, que algo pase en la realidad no necesariamente debe representarse en la lírica (“¿qué viene después, una ópera basada en el reporte anual de Microsoft?”). Pero en el estreno del teatro, cuando al caer el telón una diminuta pero espléndida Tippi Hedren —que pocos sabían que estaba en la audiencia— subió a saludar con el elenco, todas las polémicas quedaron a un lado y fue una pura celebración de un género que sigue vibrante, pase lo que pase en el mundo exterior.

En el otro extremo del continente americano, dos años después y en la privacidad de su cuarto, mi prima Luciana también disfrutó. “Es raro saltearse la ceremonia que acompaña este tipo de veladas y traer la ópera a la cama. Es un tipo de intimidad nueva, no necesariamente inferior: uno siente que los actores están en tu casa”, dijo. Se quedó con ganas de verla sin problemas de audio y video, claro, pero —¡oh momento de gloria en la era del Covid19!— acaba de llegarle un nuevo módem, así que ya está lista para la próxima retransmisión.

Marnie
Marnie, en el Metropolitan Opera

NOTA: Las óperas gratuitas del Met pueden verse en https://metoperafree.brightcove.services/?videoId=6150532910001. Los títulos se anuncian con pocos días de anticipación y van rotando, pero Marnie puede también verse en cualquier momento en el programa de transmisión paga del Met (https://www.metopera.org/season/on-demand/)

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