Retratos, fetichismos y confesiones

Mariana Enriquez, una fan que quiere entender el mundo

La recopilación de sus textos de no ficción, editada por Leila Guerriero, permite ver el otro lado de la narradora argentina.

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Mariana Enriquez
(foto Nora Lezano)

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por László Erdélyi
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No soy fan de Mariana Enriquez. Debo romper la regla de estilo del Cultural, la de evitar la primera persona, para decir que empecé por los cuentos de Los peligros de fumar en la cama hace años (disfruté de sus climas, lo siniestro e inexplicable en lo cotidiano), hasta llegar ahora a la recopilación de su obra periodística y textos de no ficción, El otro lado, Retratos, fetichismos y confesiones, publicados en el suplemento Radar de Página/12 de Buenos Aires y Freeway de Uruguay, entre otras, como también conferencias y aportes a festivales literarios. Me creía inmune a la condición de fan hasta que leí este libro, el libro de una fan, Mariana Enriquez, que expone su condición y la funde con su tarea periodística y, lo más importante, toma de él su energía y la lleva a los textos con rigor, disciplina, profesionalismo y respeto por el lector. El libro provoca lo más profundo, le permite al lector descubrir cosas. La pasión propia, por ejemplo, esa que hace vivir intensamente, o perseguir algo de forma obsesiva, eufórica, y a veces febril. No soy fan de Mariana Enriquez pero leerla me da una gran alegría por la forma en que sus textos se nutren de una condición íntima —una que los profesionales del periodismo suelen ocultar, pues ‘no-queda-bien’— para llevarla a sus artículos, tan rigurosos y honestos como implacables, y que buscan lo que todos quieren:_entender el mundo.

Eso, además, se hace evidente a lo largo de las 814 páginas del libro gracias a la tarea de edición llevada a cabo por Leila Guerriero, que un día tuvo en sus manos, antes de la pandemia, numerosas cajas con la obra periodística de Enriquez en recortes papel y otros formatos. Reunirlos implicaba ordenarlos y adaptarlos a una nueva época, a otro medio, a una narrativa que debía justificarse por sí misma y olvidar su vida previa, para cobrar después vida propia en la cabeza de los lectores, más allá de todo control.

Obsesiones adolescentes. El volumen se divide en capítulos con artículos de rock, literatura, cine, intercalados por otros titulados “Mundo privado”, con piezas más íntimas, donde Enriquez es la protagonista, y el tono es personal, a veces crudo. Cuenta en la introducción que “tenía que escribir mis obsesiones porque eran una necesidad física” y “me daba igual que me leyeran. Había escrito para mí”.

Siempre frontal, enumera sus obsesiones adolescentes, muy parecidas a las que sustentan su condición actual de fan: “el vampirismo, el sexo entre hombres, la turbia belleza baudelairiana, la belleza injuriada de Rimbaud, la literatura fantástica y de horror, los subterráneos, los demonios, River Phoenix y Keanu Reeves, Lestat y Louis”, pero hay más en este libro rico, riquísimo en historias que siempre parecen alimentadas por una energía rara, potente, una que le estalla en la cara al lector. Confiesa haber leído muchísimo de chica a Onetti, Donoso, Capote, Blasco Ibáñez, y hasta algo de Fogwill. Que escribió su primera novela porque no encontraba nada ni a nadie que contara lo que le pasaba, y no porque quisiera ser escritora. Se desmarca, su vez, de los gustos mayoritarios. “No me gusta Virus, no me gusta Charly (García), no me gusta GIT, no me gusta Soda (Stereo), no me gusta Depeche Mode, no me gusta Pet Shop Boys (...). Me gustó E.T.”  De Soda Stereo y “sus canciones tontas” cita parte de la letra de “Juego de seducción”: “Voy a ser tu mayordomo/ Y vos harás el rol de señora de bien”. Dice Enriquez: “¿Me explican por qué esto no es un papelón del que no se vuelve?”

Cada pieza es puro disfrute, y hay para todos los gustos, pero este cronista gozó más con aquellas que tienen a la autora como protagonista, por ejemplo cuando su banda británica favorita, Manic Street Preachers, tocó en Cuba en al teatro Karl Marx de La Habana y “junté todos mis ahorros, pedí prestado (...) mi diario no pagó los gastos, tampoco les pedí que lo hicieran”, y allá fue y vivió de forma intensa como fan y periodista, estuvo muy cerca de la banda y del concierto en sí (solo por invitación, casi todos miembros de la juventud comunista). Plasmó el viaje en dos textos, uno corto para Freeway y otro largo para el suplemento Radar. Es uno de los abordajes más reveladores de Enriquez, intenso, pasional y riguroso, mientras persigue al letrista y bajista Nicky Wire hasta entrevistarlo, o se codea con los rockeros de La Habana.

Hay historias, a su vez, que bordean lo inexplicable (¿paranormal?), como la que cuenta en “Cicatrices” cuando fue invitada al PEN America, un festival de literatura en la ciudad de Nueva York. Entre otras actividades debía leer uno de sus textos en el apartamento de la fotógrafa argentina Patricia Dillon, que realizaba de forma habitual este tipo de eventos a pocos metros del apartamento donde se suicidó la fotógrafa Diane Arbus. Luego que el público se retiró Dillon se le pone a llorar y le contó su historia, su padre asesinado en Argentina, que la violaron los militares, el exilio en 1976. “No sé si es cierta la historia de Patricia. No sé si su padre fue asesinado. No quiero investigarla. Bueno, es mentira: hice una búsqueda rápida de Google pero los resultados me dieron miedo. La primera Patricia Dillon de la búsqueda es una mujer secuestrada en 1976 cuyos restos fueron identificados en 2009. Esa Patricia Dillon fue enterrada en el cementerio de Berisso. En las fotos de juventud se parecen: los ojos grandes, el pelo lacio. No seguí adelante”.

Otro texto es “Carne argentina” donde a partir de un Mundial de Asado que se hizo en Gotemburgo, Suecia, donde el equipo argentino salió último y el ganador fue el equipo inglés, desnuda las paradojas del comportamiento del asador rioplatense, siempre varón, cuyo “conocimiento esotérico de la parrilla es una forma de poder”. La historia luego sigue con un accidente en una carretera de Quilmes, al sur de Buenos Aires, donde un camión cargado de vacas se accidentó y casi todas murieron, y los habitantes de las casas precarias cercanas carnearon las vacas y todo fue un festín popular y generalizado de asados y achuras, una algarabía en la cual ella y el fotógrafo del diario fueron testigos. El lugar del accidente era dantesco, la calle cubierta de sangre, el olor de las heces de vaca, el calor furioso del mediodía y “las cabezas de vaca abandonadas con los ojos vacíos: era bíblico”. Esta pieza termina con otro asado que desató otra polémica. Un grupo de funcionarios de Derechos Humanos hizo un asado en un predio emblemático de la represión, la ex-ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), hoy Museo Sitio de Memoria, y donde los represores hicieron famosa la mesa de torturas conocida como “la parrilla”. Fue una profanación. Enriquez cierra el texto hablando sobre el lugar del escritor y los hechos políticos recientes en la Argentina. “Suelen preguntarme si un escritor argentino se ve obligado a hablar de la dictadura y de la violencia política en su literatura. Yo creo que no. Pero lo cierto es que la realidad ofrece tramas, escenas y metáforas que remiten a esos años todo el tiempo y todos los días”.

De la fan a la anti-fan hay un camino corto, como lo hay del amor al odio. Los editores de su revista (Rolling Stone) sabían que no era fan de Charly García y le pidieron que le hiciera una entrevista, tarea que le terminó provocando el dolor de cabeza “más tenebroso de toda mi vida, una migraña enviada desde el infierno: esa fue la consecuencia física inmediata de la primera parte de la entrevista con Charly García que hice en 2007”, de horas y horas, y que tendría una segunda parte, tras muchas horas también soportando divagues, desplantes, largos silencios o miradas inquisidoras. El relato del ingreso al apartamento se asemeja a una crónica de guerra, como forzando el ingreso a un territorio post apocalíptico, clima que recuerda la entrevista que Leila Guerriero le hizo a Fogwill para El País Cultural (“Pensar al sol”, 2009). Enriquez confiesa que con Charly “tuvimos cierta conexión durante algunas horas pero era imposible permanecer enchufada a la corriente García por demasiado tiempo: su dolor airado lo obligaba a atacar”.

A su vez se queja de aquellos que idealizan la tarea del periodista cultural. Sufre a contracorriente y se defiende expresando sus propias fobias. Cuenta un caso propio: “tengo que ayudar en la edición de una nota sobre el nuevo disco de Paul McCartney.
Ah, pero qué divino, me dirán.
Pues no. Porque todo es relativo, casi siempre. Yo odio a los Beatles. No estoy diciendo que no me gustan, o que prefiero a otros grupos, o que los escucho poco. Digo claramente que odio a los Beatles”.
Entonces dice una gran verdad: “A los escasos periodistas culturales no se nos permite el lamento”.

Lo inexplicable. El lector se sentirá atraído por aquellos textos que refieren a sus propios gustos. Este cronista por “El eco nombra aún”, sobre el famoso rapero Tupac, su tragedia, su música —el hip hop político— y cómo esa cultura llegó al mundo, otro producto masivo de la cultura norteamericana que aterrizó en cada rincón del planeta. Si bien Enriquez confiesa que el mundo del hip hop, sus códigos y subcultura, son casi inexpugnables, el “casi” le resultó un estímulo. Escribe sobre Eminem, el rapero blanco: “el rap negro define enemigos; el rap de Eminem ataca todo”, o “el imaginario de Eminem está atravesado por esa dicotomía tan norteamericana, incomprensible y tediosa para el resto de la humanidad, de ganadores y perdedores”. El último párrafo de la segunda nota (son dos) es una lúcida reseña crítica de la película sobre Eminem 8 Mile (2002, dir. Curtis Hanson), lo cual también revela la maestría de Enriquez para resolver en crítica cinematográfica.

La nota corta dedicada a Werner Herzog no tiene desperdicio, como tampoco “La ley de la frontera” sobre el escritor norteamericano Cormac McCarthy, en particular sobre La carretera y su despliegue conmovedor de un mundo post apocalíptico. Pero sin perder la mirada crítica, pues considera “floja” la traducción al castellano publicada por Mondadori en 2007.

En el texto “De corazón salvaje”, inédito, sobre el juicio al productor Harvey Weinstein, marca un matiz con el movimiento del hashtag #metoo: “los abusos sexuales de estos tipos superpoderosos que además son unos cerdos aprovechadores deben ser denunciados. Pero el #metoo de las actrices (denunciantes) tiene esa incómoda posición de privilegio mezclada con exagerada visibilidad. Es correcto lo que hacen pero yo prefiero un feminismo más cerca de la empleada doméstica que no puede decirle que no al patrón”.

Otros textos son “Los turistas y los viajeros” (“El viajero es arrogante. El turista sabe que no sabe nada”), “Aflojen con las tetas”, sobre la obsesión del hombre porteño con las mamas femeninas, ante todo en verano, cuando aparecen las blusas (“Hace calor y tengo que andar con guardaespaldas (...) no puedo caminar sin que se me arrojen —el verbo no es exagerado— encima hombres babeantes e idiotizados”), o la colección de catástrofes en el texto sobre el artista norteamericano Daniel Johnston, autor de culto, rockero indie, artista plástico, compositor y psiquiátrico, con episodios psicóticos graves. El padre de Johnston tiene un gran protagonismo en el relato. Es consciente tanto de la genialidad de su hijo como de los peligros a los que se expone por su dolencia. El relato del vuelo de ambos en avioneta, luego de un exitoso concierto de Daniel en Austin, Texas, donde fue ovacionado, es puro vértigo, pues en pleno vuelo Daniel tuvo un brote psicótico y quiso abrir la puerta de la avioneta y lanzarse en paracaídas, igual que Gasparín en un cómic que acababa de leer. Trabado en lucha con su padre, que piloteaba, terminó sacándole la llave de ignición y tirándola por la ventana, mientras el padre apenas pudo aterrizar sobre unos árboles y salvarlos, ilesos, mientras Daniel seguía festejando la ocurrencia. El toque local de este texto lo da el recuerdo del paso de Daniel Johnston por Uruguay, que siempre tocaba acompañado por músicos locales, y en este caso por Eté & Los problems de Ernesto Tabárez, un 10 de marzo de 2013.

Es un libro casi infinito. Dejar constancia de todos los textos que dejan marca es inútil, hay que leerlo todo. Lo intuía Leila Guerriero cuando tuvo todo el material para leer, ordenar y editar. En una charla reciente que mantuvo con este cronista recordó que “la idea de publicar una recopilación de textos de no ficción de Mariana yo la tenía hacía mucho tiempo, lo hablamos con Matías Rivas, editor de la Universidad Diego Portales. Cuando le comenté a ella me dijo que sí de inmediato, y comenzó a mandarme archivos primero en Word, y luego me ofreció cajas y cajas con todo lo que había publicado en papel desde sus inicios en periodismo. Me fui hasta su casa a buscarlas con dos valijas enormes. Fue un placer trabajar con ella, por su profesionalismo. Encontrar la esencia del libro tomó su tiempo hasta que entendí cómo podía eso mostrarse como una constelación que reflejaba de verdad su trabajo. Terminé en febrero del 2020, días antes del encierro por la pandemia. Fui a su casa a devolverle el material, con las valijas, y además sumé una maleta chiquita, como que el material de Mariana se había reproducido”. Otro aspecto más en el universo de Enriquez que bordea lo inexplicable.

EL OTRO LADO, de Mariana Enriquez. Anagrama, 2022. Edición de Leila Guerriero. Barcelona, 814 págs. Primera edición en Ediciones UDP, 2020.

Nota: Mariana Enriquez es narradora, docente y periodista. Ha publicado las novelas Bajar es lo peor y Nuestra parte de noche (Premio Herralde de Novela). También las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama y Las cosas que perdimos en el fuego, y el perfil de Silvina Ocampo La hermana menor.

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