Misterios de la Segunda Guerra Mundial

Lo que todos los alemanes sabían, pero callaban

Nicholas Stargardt explora por qué el alemán común luchó con ahínco sin tener expectativas de evitar la derrota.

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Nicholas Stargardt
(foto Rory Carnegie)

por Juan de Marsilio
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La intención de este libro es ayudar a entender por qué el pueblo alemán, incluidos los millones que no eran nazis, fue capaz de luchar con empecinamiento en la Segunda Guerra Mundial, pero sin expectativas razonables de evitar la derrota. Para eso su autor, Nicholas Stargardt, recurre a documentos oficiales, como también a cartas y diarios de gente común.

Fue para los alemanes una guerra existencial. La derrota era percibida como la muerte de su cultura e ideal de vida. Aun así muchos alemanes decentes siguieron leyendo a Hölderlin y a Goethe, salvaron a judíos y, a la vez, y combatieron con ahínco por la victoria. Tal el caso de Wilm Hosenfeld, el oficial alemán que ayudó —entre otros— al pianista judío polaco Władysław Szpilman, lo que no lo salvaría de morir luego prisionero en la URSS años más tarde, en 1952.

Descontento. No eran pocos, desde el principio, los alemanes descontentos con la guerra. Fuera por la escasez de alimentos, el riesgo de muerte de seres queridos en combate, los bombardeos, la venalidad de los jerarcas nazis y otra larga lista de factores, los informes periódicos del Servicio del Seguridad del Reich daban cuenta de reiterados brotes de descontento, que ni la propaganda ni el terror aplacaron del todo.

Pero el gran patriotismo alemán y el eficaz trabajo nazi en la destrucción de partidos y organizaciones populares de izquierda impidieron que el descontento cuajara en acción masiva. Pocos alemanes no judíos comprendieron que lo menos malo era que Alemania fuese derrotada. Por eso la conspiración contra Hitler no tuvo pueblo detrás y, en sus aspiraciones fallidas, sólo buscaba sustituirlo por una dictadura militar que pactara la paz con Occidente y siguiese la guerra contra Rusia.

El libro deja claro que la mayoría de los alemanes sabían del exterminio de los judíos. Pero lo justificaron, en base a lo que ellos supuestamente les habían hecho primero: plutócratas o bolcheviques, alemanes o extranjeros, los judíos eran los responsables de la humillación alemana en la Primera Guerra Mundial y la miseria del país en los años 20. Asimismo, para justificar la matanza de polacos por hambre o por ejecuciones, se usó de excusa del asesinato de alemanes étnicos por parte de los polacos, pero multiplicando el número real de muertes por diez.

Todo se entendió como represalia por algo anterior. Los bombardeos aliados eran represalias “por lo que le hicimos a los judíos”, y se especuló que serían proporcionales a la crueldad de cada ciudad para con ellos. Cuando llegaron los rusos, los alemanes, y en especial las mujeres, supieron lo que era sufrir “represalias”.

Stargardt estudia la dimensión religiosa del conflicto, tanto entre los alemanes de a pie como entre las jerarquías religiosas. A excepción de la Iglesia Evangélica Alemana, que se alineó con el régimen y justificó el mal trato a los conversos de origen judío, tanto entre los protestantes disidentes de la Iglesia Confesante como en la Iglesia Católica hubo luces y sombras. Los mismos obispos católicos alemanes que habían protestado por la eutanasia de enfermos psiquiátricos aplaudieron, en 1941, la “cruzada contra el bolchevismo judío”.

Muchos católicos y protestantes del común de la gente supieron ser luz en esa oscuridad. Sus pastores, no siempre.

Amor y sexo. Es revelador el estudio sobre el aspecto más íntimo de la vida alemana. Sobre fidelidades y bigamia, liberación sexual y mojigatería. Sobre leyes de pureza racial y amores prohibidos entre alemanas y prisioneros. Y en algunos casos, la valentía de los alemanes “arios” casados con judíos, que al no divorciarse, muchas veces salvaron a sus cónyuges.

Stargardt estudia un par de ilusiones que muchos alemanes mantuvieron hasta el final de la guerra, ayudando a prolongarla y aumentando la muerte y la destrucción. Se trataba de la fe en las armas secretas, de un poder mágico, y la convicción de que ingleses y norteamericanos se unirían a Alemania contra el comunismo.

Las armas llegaron pero muy tarde. Ni los aviones no tripulados V1 y los cohetes V2, ni los cazas a reacción o con motor cohete pudieron darles la victoria. Ya no tenían acero, ni carbón ni petróleo. La alianza contra el bolchevismo se dio, pero más tarde, con una Alemania ya derrotada. En la Guerra Fría, Alemania Federal sería una pieza fundamental de la alianza militar del Atlántico Norte, conocida como OTAN.

Victimismo. En el epílogo se aborda con lucidez un tema de crucial importancia política: el modo en que, tanto occidentales como soviéticos, para llevar adelante sus intereses, permitieron que en la Alemania ocupada prosperase la idea de que el pueblo alemán no tenía responsabilidad colectiva alguna respecto a la guerra y a las atrocidades perpetradas. Que todo había sido culpa de los líderes nazis y los SS. Esta idea condujo a que la gran mayoría de los alemanes se sintiesen víctimas (de los bombardeos, de los vejámenes de los rusos) y no culpables. Esto, junto al mito de que los soldados de la Wehrmacht siempre habían sido honorables, ayudó a muchos criminales a eludir su castigo y a prosperar en las “dos Alemanias”.

Rigor y documentación. El estilo de Stargardt es claro, preciso, ameno y contundente. En algunos pasajes es imposible leer sin emocionarse, lo que ayuda a una mayor comprensión, aunque siempre es una mirada incompleta, porque es imposible dar una verdadera dimensión de los horrores de la mayor guerra de la historia. Aun así, por la documentación, el rigor y la capacidad del autor para elegir historias personales significativas, da por resultado un libro de gran valor.

Son un buen aporte las pocas pero atinadas notas de la traductora Ángeles Caso. Sin embargo algunos descuidos de edición —erratas ortográficas, palabras equivocadas— afean algo el volumen.

Nicholas Stargardt (Melbourne, 1962), hijo de un judío alemán y una australiana, enseña Historia Europea Moderna en el Magdalen College de Oxford. Ha publicado, además del libro que aquí se comenta, otro sobre la Segunda Guerra Mundial, Testigos de la guerra: la vida de los niños bajo los nazis, aun sin traducir.

LA GUERRA ALEMANA: UNA NACIÓN EN ARMAS (1939 –1945), de Nicholas Stargardt. Galaxia Gutenberg, 2020. Barcelona, 800 págs. Traducción de Ángeles Caso.

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