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Un hecho histórico que aun marca

La Revolución Francesa no fue de los burgueses: una mirada diferente que renueva la historia

El historiador Jeremy Popkin sostiene una novedosa tesis basada en datos concretos

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"Toma de la Bastilla", acuarela de Jean Pierre Houel, 1789
(Colección Biblioteca Nacional de Francia)

por Juan de Marsilio
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El autor de El nacimiento de un nuevo mundo, Jeremy D. Popkin, es catedrático de Historia en la Universidad de Kentucky y lleva cuatro décadas estudiando la Revolución Francesa. En este volumen hace un relato claro, detallado y ameno de un hecho histórico que aún nos marca.

En ese sentido, cabe prestar atención a los los acápites y epílogos, textos que el lector a menudo desatiende, aunque suelen ser claves para entender los objetivos del autor. La distancia conservadora para con la Revolución que algún lector pudiese tener, provocada por el exceso de guillotina —y no sólo por parte de Robespierre— se mitiga desde el acápite de Louis Antoine de Saint Just (1767–1794), uno de los principales impulsores del Terror jacobino, que terminó guillotinado: “La fuerza de los acontecimientos nos ha llevado, quizá, a hacer cosas que no habíamos previsto.” En el epílogo Popkin deja clara su intención autoral: “dar vida a los actores y a las ideas de la Revolución francesa para los lectores de hoy”. Y el sentido de leer setecientas páginas sobre sucesos de hace más de doscientos treinta años radica en que la Revolución Francesa “fue el laboratorio en que se probaron por primera vez todas las posibilidades de la política moderna, tanto las positivas como las negativas”.

Dos hombres. El primer acierto del autor es comparar la vida de un vidriero del siglo XVIII, Jacques Louis Ménétra (1738–1803), que dejó una autobiografía, y la de Luis XVI (1754–1793), primero Rey constitucional y luego monarca decapitado por la Revolución. Mediante este cotejo, Popkin explica la enorme dificultad que el Rey tuvo para comprender la realidad que lo rodeaba, los padecimientos de los campesinos y los sans-culottes —trabajadores urbanos que no usaban calzones y medias de seda, sino pantalones— y las demandas económicas de la burguesía.

Las guerras de Francia bajo Luis XV, los privilegios de la nobleza, las malas cosechas y las peores teorías económicas pusieron al Reino al borde de la bancarrota. Ministros como Turgot, Necker o Calonne manejaron el déficit en base a préstamos, pero la necesidad de más impuestos, resistidos por los nobles —que no querían perder privilegios fiscales— y por los “parlamentos”, tribunales de las distintas provincias que no estaban sujetas a un régimen impositivo uniforme, hizo necesario obtener algún apoyo por parte de la nación, que se buscó primero en una “Asamblea de Notables” y luego, en 1789, convocando a los “Estados Generales”, es decir, a delegados electos por la Nobleza, el Clero y el Tercer Estado (burgueses, campesinos y trabajadores). Al decidir el Tercer Estado sesionar aparte, los representantes de los tres Estados, con la aprobación —a regañadientes— de Luis XVI, pasaron a ser una Asamblea Nacional Constituyente. La Revolución había comenzado.

Popkin afirma, contra la gran mayoría de los historiadores, que la de 1789 no fue una Revolución burguesa. Su primer argumento: en los Estados Generales la mayoría de los representantes del Tercer Estado eran abogados e intelectuales, no empresarios. El segundo: hasta la reacción de 1794, buena parte de las decisiones políticas se tomaron bajo presión de los más pobres: el campesinado y los sans-culottes parisinos, en especial las mujeres, angustiadas por la falta de alimentos y el precio del pan. No obstante, de la propia exposición de Popkin se deduce que, concluido el ciclo revolucionario, los burgueses fueron el único sector social que ganó algo.

Y Luis XVI, por más que aceptara ser Rey constitucional, siempre conspiró con los nobles emigrados y otros reinos europeos para volver al absolutismo, lo que a la postre le costó la cabeza. Pero el autor se detiene a estudiar cuánto tuvo de católico y popular el alzamiento monárquico en la región de la Vendée, donde los tributos feudales a los campesinos habían sido más benignos y la población se resistió armas en mano a los cambios que la Revolución introdujo en la práctica del catolicismo, para anular el poder del Papa sobre el clero.

Moderación y radicalismo. Popkin explica con método y claridad que ambos conceptos son relativos. Así, por ejemplo, a la hora de decidir el Terror revolucionario de 1793 a 1794, Danton y Robespierre fueron igual de radicales, pero el segundo promovió el juicio y la condena de Danton, por considerar que se había vuelto moderado, y que eso favorecía a la contrarrevolución. No obstante, Robespierre reprimió a sectores más radicalizados, como los Cordeleros y los Rabiosos, que al agitar a las masas más empobrecidas, dificultaban gobernar. Asimismo, él, que promovió un culto oficial del Ser Supremo, criticó el rigor con el que algunos revolucionarios combatieron a los católicos, por considerarlo contraproducente. En una situación tan dinámica, en la que el terror espontáneo de las masas y el terror metódico del Estado se combinaban con la contrarrevolución y la guerra en las fronteras, es difícil juzgar a los líderes del período en términos de blanco o negro.

El Terror jacobino trajo la reacción de 1794 y el Directorio, que de golpe en golpe de Estado vio crecer al joven General Bonaparte, también vio cómo el 18 de brumario del Año VIII (9 de noviembre de 1799), Bonaparte dio su propio golpe y estableció el Consulado, que duró hasta 1804, y al que Popkin llama “La muerte lenta de la República”. No sólo porque Napoleón trabajó para convertirse en emperador, sino también por la reducción de la base electoral, la escasa representatividad y poder de decisión de los órganos legislativos, la casi nula libertad de prensa, la represión de la disidencia, intelectual o popular, la restauración de la esclavitud en las colonias y la pérdida de derechos para las mujeres. Por ejemplo no podían administrar sus bienes ni divorciarse.

Con todo algunos valores y símbolos revolucionarios sobrevivieron: Napoleón nunca se proclamó emperador por gracia divina, sino por voluntad de los franceses; su ejército peleó bajo bandera tricolor (para volver a cantar “La marsellesa” hubo que esperar).

El nacimiento de un mundo nuevo es un libro valioso para entender un poco mejor cómo llegamos al sistema democrático y liberal en el que vivimos. No obstante, son de lamentar unos cuantos descuidos en la traducción —a cargo de Ana Bustelo Tortella— o en la corrección final del texto. Aunque no impiden la comprensión, son desagradables para el lector atento.

EL NACIMIENTO DE UN MUNDO NUEVO (Historia de la Revolución Francesa), de Jeremy D. Popkin. Galaxia Gutenberg, 2021. Barcelona, 720 págs. Traducción de Ana Bustelo Tortella.

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