Último libro del autor judío guatemalteco

La narrativa de Eduardo Halfon, o cómo ser honesto en la Era de la Identidad

Se titula "Un hijo cualquiera". Trata del nacimiento de su propio hijo y el proceso mutuo de crecimiento.

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Eduardo Halfon
(foto Adriana Bianchedi)

por Ioram Melcer, desde Jerusalén
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Si hay un tema que destaca en la literatura de las últimas décadas, es el de la identidad. De la identidad como una construcción conformada por las partes del individuo, siendo este individuo una persona biográfica o un grupo definido o auto-definido. Si esas partes encajan bien o mal, si son más o menos reconocidas por el “yo” consciente, si algunas más ocultas pasan a un plano más visible, si se producen choques internos o externos —esos son los materiales que nutren la creación literaria. Lo mismo es válido para las otras artes, y también en el campo de lo político. Es sensato, por no decir axiomático, afirmar que vivimos en la Era de la Identidad.

Es en ese marco que aparece la obra de Eduardo Halfon. Los componentes de su identidad están a la vista, expuestos en cualquier contratapa de libro producida en estos tiempos de mercadotecnia a medida. Guatemalteco, latinoamericano en los EE.UU., y judío, que además como lo anuncia su apellido es de origen oriental, o sea mediterráneo-levantino. De hecho su nueva colección de relatos, Un hijo cualquiera, cumple con los requisitos actuales. Responde a todos los elementos de su identidad anunciada. Una lectura superficial se quedaría ahí, con ese checklist completo y con el cliente-lector satisfecho. Está todo lo prometido, es decir lo guatemalteco, lo latinoamericano en el país del Uncle Sam, lo judío, lo judeo-libanés, además de lo masculino y lo referente a la paternidad en estos tiempos de súper elevada consciencia metrosexual.

Este sería el caso si el autor se adhiriese al concepto de identidad tal como está de moda. Pero no. Halfon entiende la identidad de manera más sutil y más exigente en términos éticos. Halfon propone la identidad no solo por lo que somos de nacimiento —biología, padres, patria, lengua y legado—, o por lo que nos dicen que somos o se supone que debemos ser, sino también como una suma de todo lo que nos toca, lo que se refleja en nosotros, nos marca, nos emociona y nos hace reaccionar. Es una posición tan necesaria como honesta.

Ese es el nervio central que atraviesa estos relatos. Para los lectores naturales de Halfon, es decir los que son hispanoparlantes, es fácil verlo a través de los elementos guatemaltecos. La horrenda y brutal realidad de la Guatemala de la cual se exiliaron los padres de Eduardo Halfon está representada de manera ineludible, no como narración periodística que lo podría colocar en el estante mundial de las crónicas, ya sobrecargado de tantas historias no menos terribles. Se trata de una realidad sentida y una memoria, una crónica local-familiar y un legado con secuelas muy actuales, cuyas repercusiones el narrador vive y los lectores sienten.

Realidades indígenas. Gradual y delicadamente, el idioma español de Guatemala va dejando sus huellas, y más cuanto se avanza en la lectura. Pero Guatemala no es solo hispanoparlante, y de hecho el lector es introducido a realidades indígenas donde la lengua es el kaqchikel, y el contacto lingüístico y cultural aparece como elemento narrativo. Indudable como realidad, y no menos para quien no sabe la lengua. Eduardo Halfon no “se apropia” de lenguas que no sabe, infracción que le valdría el oprobio de los bien-pensantes progresistas y de sus censuras inquisitoriales. Igual, el hecho de ser judío y no conocer ni el rito ni los idiomas en que se celebra, el Hebreo y el Arameo, ni dominar el texto del Antiguo Testamento, son elementos de la identidad del narrador que influyen en su ser y en lo que le sucede. No puede no ser guatemalteco, hispanoparlante y descendiente de judíos libaneses. Tampoco puede no ser El Judío en un contexto cotidiano alemán, donde todo judío es el Pueblo Judío en quien se refleja el Holocausto.

Lo es todo, de manera natural, y siempre repleto de dudas y cuestionamientos. No hay contradicción, porque no puede haberla donde rige la honestidad. Todo lo que le sucede al narrador es parte de lo que es. Vivir es ser y viceversa. Tener recuerdos formativos, llenos de dolor y silencios, como los del lago de su infancia guatemalteca, no desplaza los siglos y milenios de pasado local indígena que a su manera marca a toda persona que se permite sentir la realidad que le ha tocado compartir, por la pura casualidad de haber nacido ahí, o hasta por solo haber vivido años formativos en una tierra que es o no suya, y que puede ser de otros. Todo esto es más humano, más sutil y más honesto que hablar de migraciones, de destierros, de exilios y añoranzas ya obligatorias, de cualquier pago o terruño geográfico, lingüístico, étnico, mitológico o emocional.

Circuncisión. Somos arrojados a este mundo, de igual forma que se arroja la bolilla en la rueda del casino, para ser un poco lo que dice la casilla donde cae la bolilla. Sin manual de usuario descubrimos lo que se nos impuso, y rápidamente vamos acumulando las vivencias, lo sentido, lo que nos mancha al ser tocados por los dedos del mundo y los habitantes con quien nos cruzamos. Los judíos lo saben quizás un poco más, o por lo menos tienen cómo saberlo. Nace un varón judío, y por lo general —así dicta la tradición, la costumbre, el legado— es circuncidado. Marcado de por vida, aunque hoy en día muchos optan por no circuncidar, y muchos hombres no judíos optan por la pequeña operación (que cabe recordar que también se practica entre musulmanes desde hace muchos siglos). De todos modos, de ahí vienen los cuentos que nos cuentan, los recuerdos que llevamos en el camino de la vida, lo que sentimos.

Claro, inciden en nuestra vida la familia, las relaciones que formamos, a menudo también un estado político, sea por una ley de servicio militar o por el deber de gestionar un pasaporte o pagar impuestos. Vamos siendo formados, modelados, heridos, y somos todo eso. Todos nuestros “estares” se funden en el ser que somos.

Si bien todo esto puede parecer filosófico, y Halfon es un autor con alta sensibilidad existencial-filosófica —además de una sensibilidad a flor de piel—, se trata de una realidad muy presente. O por lo menos una realidad que se hace presente, se nos hace presente cuando nos transformamos en padres. Ese es otro hilo importante en estos relatos, que encuentran su lugar bajo el título significativo que lleva el libro, “Un hijo cualquiera”. El narrador ve nacer a su hijo, y el proceso de mutuo crecimiento es un elemento importante. Ese hijo será igual a su padre y totalmente diferente. Igual, porque nacido sin manual, será heredero de algunas historias, de un par de fantasmas, de un lago en Guatemala, de palabras en kaqchikel, y asumirá también todo cuanto le suceda. Como todos, como todos nosotros, pues todos somos un hijo o una hija cualquiera, únicos y genéricos a la vez, vaya misterio de la efímera existencia.

UN HIJO CUALQUIERA, de Eduardo Halfon. Libros del Asteroide, 2022. Barcelona, 142 págs.

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